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COLUMNA
Las alas de Titika: Tres funesto
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María Julia Hidalgo
09/06/2019
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Foto: Cortesía

Llega junio y no puede evitarlo. Piensa en el día tres y se paraliza, se queda muda como invadida por un falso sosiego; como si el tiempo tuviera más relevancia empaquetado en semanas, meses, años, décadas; como si cada hora de ausencia no sumara ese

algo infinito que transcurre y que pasa; como si después de una pregunta no viniera otra sin agotar los porqués… Abandona la absurda retórica académica de querer explicarlo todo. Entra en ese soliloquio interminable de lo que hubiera pasado si: todo hubiera transcurrido con unos segundos de diferencia; si en vez de eso hubiera pasado lo otro; si todo se hubiera retrasado, apenas unos instantes… quizá ella no estaría encendiendo una vela este 3 de junio por la mañana.

Lo último que tuvo de él fue un abrazo por la espalda, un abrazo apresurado, de esos que se dan con la certeza de que todo continuará. Si hubiera sabido, piensa, se habría levantado y lo habría apretado muy fuerte, y lo habría besado, y le habría tocado su rostro y le habría dicho lo hermoso que era y la pureza que siempre vio en su alma. Él era su otro niño de alma blanca, se lo había dicho muchas veces, pero ese día se lo hubiera dicho más y más. Encendía la vela, y en eso pensaba. Miró su fotografía y sonrió; la besó como si eso sirviera de algo.

Con la vela alumbrando, empezó su día y recibió una llamada: “David murió”. Un cáncer de piel que le detectaron, hacía apenas tres meses. David tenía 63 años. Él apenas 29. David alcanzó una operación: le quitaron los ganglios, no tenía metástasis, le dieron radioterapia y cuando iba a empezar la quimio le dijeron que ya no era candidato. Lo internaron de emergencia a los dos

días murió. En cambio a él nadie le anunció nada. Estaba sano. Un accidente al volante; un choque lo acabó en un instante.

Cómo entenderlo, cómo cambiar su estado, así, de choque. Se dijo que así pasa; que así como el día la noche, que así como las horas los días, que así como la vida la muerte.

El día avanzaba y el periódico le recordó que también un 3 de junio Kafka había muerto. El escritor se despertó una mañana vomitando sangre; apenas tenía 41 años. Hoy, a los 95 de su muerte, el mundo literario le rinde homenaje a quien ha sido uno de los grandes autores de todos los tiempos. El mismo Franz Kafka no supo lo grande que era, nadie se lo dijo. Murió sintiéndose el hombre más inseguro, culpando a su padre de haber hecho de él un hombre desconfiado hasta de su propia vocación. Así ha quedado escrito en Carta al padre, misma que nunca le envió.

Su día fue un cruce de voces y de tiempos. Llegó la noche con ella la música, lo que él más disfrutaba. Se acabó el día. Le cantó un arrullo, el Arrullo de Tacvba… “Llegó la hora de la despedida. Espero que cruces sin dolor, y en paz nos dejes atrás. Te quiero y deseo que tu alma vuelva allá, a ser una estrella. Ya llegó la nave que te llevará, cruzaste ya el valle de lágrimas el mar. Cuántas veces tú me cruzaste y el sueño me arropó. Hoy quiero acompañarte hoy te arrullaré yo…”, Felizardo, niño de alma blanca.

Comentarios: majuliahl@gmail.com

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