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Pista de hielo, sueño de un cronista centenario
Dentro de un siglo, alguien mirará las imágenes de la pista de hielo en el Zócalo con la misma curiosidad con que hoy vemos las fotografías de cuando el tranvía eléctrico llegó a la plaza
01/01/2008 | 00:00 AM
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MÉXICO (UNIV)._ Salvador Novo afirmaba que habitar una ciudad es ejercerla. Condenado a las marchas, las arengas, los gritos, los plantones, nadie había ejercido el Zócalo en mucho tiempo.
Pero se abrió de pronto la pista de hielo, y miles de capitalinos se agolpan diariamente en la plaza. Las evoluciones de los patinadores no son nada raudas, nada airosas.
Desde las tribunas, los espectadores califican a gritos las continuas caídas, en posturas paganas, de los practicantes. Pasar una hora en la pista de hielo es confirmar que, en las Olimpiadas de Invierno, los habitantes de esta urbe no obtendremos jamás una medalla de oro.
El sol reverbera con fuerza e incontables ciudadanos toman fotos de la pista. Dentro de un siglo, alguien mirará esas imágenes con la misma curiosidad con que hoy vemos las fotografías, en color sepia, de cuando el tranvía eléctrico llegó al Zócalo; alguien las contemplará con el mismo azoro con que analizamos la litografía que nos recuerda esa tarde escalofriante de 1847, en la que un soldado del Ejército estadounidense izó, en Palacio Nacional, la bandera de las barras y las estrellas.
Hoy suena una música ponchis ponchis, y la plaza es un hormiguero que rabia bajo los focos decembrinos, porque existen modas que cada tanto tiempo vuelan sobre la ciudad. Un cronista porfiriano cuenta que, en 1892, después del saludo, la gente pronunciaba esta frase: "¿Patina usted?".
Y es que el patinaje, en esos años, arrebataba más que la esgrima, la natación, el boxeo y el automovilismo.
En 1895, la pasión por el patinaje se trasladó a la pista gigantesca del Eliseo, en uno de los costados de la Alameda.
Se dice que medio México perdió el equilibrio en esa pista. Fueron tantas las señoritas que cayeron al suelo en posturas impropias, que un tal padre Larra prohibió que las mujeres patinaran en lo sucesivo. La fiebre regresó, sin embargo, en 1907, una de las discusiones favoritas consistía en dilucidar si era pertinente que las casadas patinaran.
Releo esa crónica publicada hace exactamente un siglo. Ángel de Campo, en las páginas de El Imparcial, parece describir una tarde de 2007 en la pista de hielo del Zócalo. Todo pasa, pero nada cambia. Le cedo la palabra, sorprendido:
"Hay acróbatas que quieren darle lecciones a todo el mundo; hay taciturnos que parecen patinar por prescripción facultativa, serios, devotos, tiesos, con un pañuelo empapado entre cuello de camisa y piel sudorosa. Hay nerviosos que gastan su energía en no guardar el equilibrio, sino en apretar los dientes, pujar a cada fracaso, asirse con garra de halcones a la barandilla o al codo del que pasa, y en protestar todo acercamiento que pueda mandarlos, de un envión, fuera de la cancha".
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