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Colaboración especial
Saber Vivir: Claudia y los que se vistieron de blanco
Espacio para refkexionar sobre la vida
Octavio Robledo, Psicólogo clínico y tanatólogo
22/06/2019 | 10:58 AM
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A principios de 1990, yo era catedrático de las asignaturas de orientación vocacional, desarrollo de habilidades del pensamiento y del Programa del Emprendedor en el Tec de Monterrey, aquí en Mazatlán. Me tocó, en ese entonces, el nuevo edificio que estaba allá por El Conch, al fondo. Casi no había colonias como en la actualidad. Al principio, en aquellos tiempos era una odisea llegar allá de tan lejos que estaba. Había tramos de pavimento y otros casi de terracería; cuando llovía se hacían unas grandes lagunas con peligro que el carro se quedara ahí, al campus llegaban vacas y burros a pastar, animales que vivían alrededor. Era algo cómico porque hubo veces que entraban hasta al salón de clases.

En las primeras semanas que inicié en el Tec, me pasó el siguiente suceso: un día terminé mis clases y me dirigí al estacionamiento por mi carro y cuál fue mi sorpresa que estaba totalmente tapizado por papelitos de colores que decían “te amo”. Realmente soy muy tímido y estaba muerto de vergüenza, pues se oían las risotadas de varios estudiantes que se encontraban en el segundo piso, se podía decir en el área VIP para ver mi cara de sorpresa. Entre ellos, había una flacucha alta que no se reía abiertamente, más bien era una sonrisa de “cierta maldad”; ella sobresalía (tiene una personalidad única y genuina) entre el grupo de alumnos. Se me quedó grabado su rostro, pero lo que más me importaba era quitar todos los miles de papelitos del carro y poderme ir inmediatamente.

Al otro día, me avisaron que por favor, al terminar de impartir mis clases, pasara con el director a su oficina; me dio curiosidad pues había tenido pocas pláticas con él, que en ese entonces era Teófilo Ugalde. Así lo hice. Ya me estaba esperando y en cuanto entre me dijo: “ya te dio la bienvenida Claudia Osuna”. Yo no supe qué decir y continuó: #ella fue la de la travesura de los papelitos de colores en tu carro. Todo lo que pasa en este campus, Octavio, tiene un nombre y es Claudia Osuna. Tenle paciencia, no es mala persona, es inteligente y buena estudiante, pero es muy inquieta.

Con el tiempo, me di cuenta que era muy popular entre los estudiantes, ponía a dudar a los maestros con sus intervenciones en clase, siempre sin filtros, pero con fundamentos, tiene una mente brillante y la boca muy suelta (diría mi abuela), solidaria con sus amigos y otras veces solitaria, es distraída pero cuando algo le interesa, se disciplina, que es una de las grandes virtudes que tiene hasta la fecha.

Con el tiempo, lo que nunca imaginé es que nos hicimos muy amigos. He compartido con ella muchos momentos de su vida; me sorprende su entrega, su disciplina, su energía; es una guerrera que ni el divorció la venció, muy trabajadora, su pasión por lo saludable es muy neta como dice ella, pero lo que más le admiro es el amor a sus hijos, pues luchó hasta educarlos en una forma original, libres de perjuicios sociales y religiosos.

Afortunadamente, ahora tiene a su lado como pareja a un gran ser humano, que es José Luis Ordóñez, que le costó mucho enamorarla y poder entender a esa mujer inquieta que no se deja de nada y es una gran crítica de las creencias religiosas, sobre todo grita y condena cualquier acto en contra de los derechos humanos. Es una mujer justa y una gran lectora. Cuando ella emite un juicio es porque trae un sustento científico; no habla por hablar.

El día de las votaciones del matrimonio igualitario, me mandó varios mensajes, que se sentía muy triste y enojada por la votación en contra, “es inhumano, es como cuando a los negros les negaban el derecho a votar o de tener una cuenta en el banco ¡solo por el hecho de haber nacido negro! Lo peor son siempre los políticos religiosos, que anteponen su creencia a los derechos humanos. Se debe de legislar por el derecho a ser iguales, los mismos derechos y obligaciones que tenemos merecen los demás, se visten de blanco para ir a manifestar su odio y rechazo por otro ser humano en nombre de su Dios. Los homofóbicos deberían de estar agradecidos porque los gays buscan igualdad de derechos y no venganza. Seguimos atrapados en una sociedad con doble moral”.

En la actualidad, tiempo de tanta tecnología y frialdad o indiferencia para los demás, se necesita gente como Claudia, que no se callan y solo buscan la igualdad y la justicia de todos los seres humanos, de cualquier edad, sexo , estado civil y estrato socioeconómico. Me enorgullece su amistad con toda su familia y les adelanto, Claudia es una gran narradora y estamos trabajando en un libro que tratará de los mejores y de los peores casos que me ha tocado en 30 años de dar consulta tanatológica. Sé que será un éxito porque así como es ella de genuina, así escribe.

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