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Se acostumbran a nueva normalidad del turismo rural, entre el miedo y la carencia
En Imala, el balneario de aguas termales, su principal atractivo, aún está cerrado, pero dos de sus principales restaurantes ya abren sábado y domingo desde hace 15 días
José Abraham Sanz
01/07/2020
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Foto: Alejandro Escobar

El corredor Imala-Sanalona poco a poco parece reponerse de tres meses de un descanso obligatorio por las medidas sanitarias contra la pandemia ocasionada por el virus Covid-19 en Sinaloa.

Los mayores receptores del turismo rural en el centro del estado, hoy caminan cojeando, pero avanzan. En Imala, el balneario de aguas termales, su principal atractivo, aún está cerrado, pero dos de sus principales restaurantes ya abren sábado y domingo desde hace 15 días.

En Sanalona, ya se puede acudir a comer pescado frito y ceviche en El Templete, pero temen que pueda ocurrir lo mismo que pasó en Altata el fin de semana pasado, con los visitantes fuera de control y el peligro latente de que el Covid-19 llegue tras haber tomado a alguno de ellos como huésped.

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Además del miedo al virus, no hay a quien venderle

Loreto lleva unos minutos sentada frente a cuatro máquinas tragamonedas que ha instalado en el porche con piso de tierra. Se asoma cuando escuchar llegar algún vehículo, porque tiene frente a su casa un pequeño cubo de lámina que acondicionó como estanquillo. Puso un refrigerador que sobresale por sus luces led.

Ella y su panadería son de las primeras en dar la bienvenida a los visitantes a Imala, después de pasar el arco.

“Las albercas están cerradas, no hay gente a quién venderle”, reniega cuando se le pregunta si tiene pan para vender. A unos metros detrás suyo está el viejo horno de adobe para hacer cocinar y está tapado con charolas en las que solía meter la harina endulzada y amasada con huevo y levadura para hornear.

“Vinieron dos domingos, dieron tantita chancita como que se había bajado un poco esto, pero no hay consumo”.

El descontrol de la gente en Altata asusta a restauranteros en nueva normalidad

Loreto Zazueta León tiene 72 años y ya había dejado de hacer pan, sus hijas se encargaron de mantener la tradición de una de las panaderías que existen en Imala. Recientemente estuvo hospitalizada porque tenía problemas en su vesícula y el hígado, pero fue dada de alta antes de que el virus pudiera atraparla.

El abarrote, lamenta, no da para vivir bien.

“De los refresquitos no vive uno, es muy apenas”, expresa.

Los fines de semana buenos, que completaban el ingreso con el pan de mujer, las empanadas de filadelfia, calabaza, piloncillo o cajeta, o coricos, vendía hasta cinco kilos.

Después de la experiencia en el hospital y escuchar lo agresivo que puede resultar el virus para alguien de su edad, prefiere guardar distancia con cualquiera, por eso no se acerca a menos de dos metros.

A la espera de la pandemia que pase pronto

En Imala, la síndica Maria Luisa Alvarado Tizoc, quien llegó a cargo a apenas a finales de marzo, esperan con ansias la manera de reactivar la vida productiva de este pueblo que es famoso en el centro del estado por la arquitectura de su iglesia construida en el siglo 19, las aguas termales de su balneario y la gastronomía, además de estar enclavado en una zona serrana del municipio que recibe con frescura en tiempos de mucho calor.

La mayor derrama llega de los siete restaurantes de comida típica culichi rural, hasta hace un par de semanas, cerrados por la pandemia; el balneario sigue cerrado y los visitantes prefieren no ir a tomarse la foto en la iglesia o pasear por plazuela para evitar las aglomeraciones por la pandemia.

“Fíjense que estamos platicando desde hace unos días, las personas que trabajan y yo, que me dijeron: investigue cuándo comenzamos a trabajar, porque nosotros vivimos de esto, la hemos pasado muy mal, tenemos hijos que mantener y todo, entonces ¿cómo le hacemos?”, dijo María Luisa, “a mí me gustaría abrir ya, aunque no nos den permisos, yo creo que ya abriremos, porque necesitamos mantener a nuestras familias”.

La propuesta no sólo es de los restauranteros, sino también de personas que venden de manera ambulante raspados, cocos, artesanías y otros antojos para los visitantes.

“La verdad sí no s ha ido muy mal, nos ha ido muy mal con lo de la pandemia, porque las personas viven del turismo, de la gente que visita acá a la sindicatura, entonces pues Dios quiera que esto pase pronto. Yo me imagino que ya pronto, ya se está abriendo todo”, agrega.

Sin embargo, la síndica asegura que todavía no tiene noticias de la administración municipal, y los 2 mil visitantes que llegaban al pueblo antes de la pandemia, ahora se redujo a un 20 por ciento.

Sigue la tradición desde la cocina, pero con temor

Concepción Félix cima los granos de elote en una tina; es el primer paso para elaborar tamales de elote.

Ella es propietaria de uno de los restaurantes más famosos del lugar, en el que lleva ya 17 años al frente.

Cuando la pandemia llegó a Sinaloa y obligó a las autoridades a tomar medidas y a todos a meterse a casa, ella tuvo que detener la única actividad que le permitía ganarse la vida.

Pero tuvo que hacer ajustes: comenzó a elaborar tamales de elote y de puerco para ofrecer, machaca, chorizo, queso, requesón que elabora su propia familia, y poco tiempo después, comenzar a elaborar los platillos con que se hizo famoso su restorán, pero sólo para ordenar y recoger.

De atender hasta mil 500 personas de viernes a domingo, el restorán de don León, como era conocido su padre, ahora sólo reciben 400 en estos últimos sábados y domingos.

De darle trabajo a 22 personas, ahora sólo laboran entre seis y siete.

Hoy da la bienvenida con un galón de gel antibacterial, y las chicas que le ayudan como meseras, deben tener cubrebocas, guantes y careta.

“Y pues, sí trabaja uno con un poquito de recelo, por el contagio, de que uno... mira, la gente viene y no sabe con quién estuvo, en dónde anduvo, cómo andan”, admite.

“Estos dos fines de semana ha estado muy bien, sí ha venido gente, nada más que tuvimos que quitar bancas, para que la gente no tuviera en espera; lo que les indicamos es tener su número de teléfono, se van un ratito a la plazuela, abajo de los árboles, tratamos de atender pronto, la gente que está aquí atenderla rápido, y si se quieren esperar un ratito se esperan, ellos mismos dicen 'saben que ya comimos, hay que levantarnos nosotros para que entren los demás', y se van a pasear”.

El cierre se extendió por casi cuatro meses.

La nueva normalidad también viene con miedo

La semana pasada Gilberto Campos, de 57 años, pudo reabrir su restorán en El Templete, conocido por ofrecer pescado frito recién sacado de la presa Sanalona y un bello paisaje desde lo alto de la cresta.

“Se abrió el miércoles, pero está todo muy tranquilo”, se queja.

Acomoda su mascarilla y luego los gogles. Se mueve despacio, con desespero, está incómodo.

Este negocio, que administra hace 34 años, es muy concurrido los fines de semana, porque ofrece, además de los platillos recién preparados, presentación en vivo de grupos norteños o banda, y una brisa fresca que pasa sin candados entre los barandales que tiene como ventanas.

La vista la complementan el vaso de la presa, el cielo y un corredor de la imponente Sierra Madre Occidental.

Gilberto recuerda que tenía más de dos meses cerrado, pero le dieron la oportunidad de cumplir con las medidas sanitarias para reabrir el negocio.

“De aquí somos varias personas las que dependemos, pues, económicamente, pero pues sin trabajo no comen”, recalca. “Estuvimos esperando a que reabriéramos, y aguantándonos la necesidad, así estábamos todos”.

La reapertura también ha hecho reflexionar a Gilberto, pues aunque es el primer interesado en que todo vuelva a la normalidad, con cientos de personas durante un fin de semana, ahora recibe sólo recibió un medio centenar.

El otro factor es su miedo a ser contagiado.

“Esta cosa no lo deja a uno hacer algo grande, porque la gente todavía tiene temor, todavía tiene miedo; ya ve, nosotros cómo andamos... Yo nunca jamás me había puesto esto y ahora en realidad tenemos que ponernos esto, más bien porque es para la clientela y para uno también, para andar uno seguro”, opina.

“Ahora sí, no está ni al 30 ni al 40 (por ciento) de lo que venía antes, fue muy baja el fin de semana, antes... serían unas 50, 60 personas las que vinieron el fin de semana, ahorita entre semana está solo, hay muy poca gente, todavía tiene el temor a venir”.

Como Concepción, Gilberto tuvo que hacer recortes de su planta laboral, de unos 15 empleados en promedio, sólo se quedó con media docena.

“Falta la mitad casi, porque estamos esperando que pase esto, para ver si se requiera más gente... pero mire, ya va a ser la una y todavía no ha llegado nadie”.

La síndica Maria Luisa Alvarado Tizoc.

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