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Tropos
Parece un cuento, pero no lo es...
Adrián García Cortés
03/01/2008 | 00:00 AM
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La novia iba vestida en raso, que en su seda lustrosa resaltaba más el cuerpo que el tafetán; su diseño español, confeccionado en Venezuela, era sensual y clásico, como corresponde a una dama joven de largo abolengo. Para su maquillaje fue traído un experto desde México, porque en todo el contorno no hubo uno que le satisficiera.
Iba radiante con dos ramos de orquídeas, uno de color verde manzana que hacía juego con sus expresivos ojos también verdes, para su lucimiento en el paseíllo central de la Catedral; y otro de pétalos blancos que daban el toque necesario al perlado de su traje, pero éste destinado a posarlo junto a la peana de la virgen. Ambos ramos estaban envueltos en cintas, también de raso café para la combinación de novia, vestido y flor, como debían ser las vírgenes que se ofrecían al Dios del Amor.
“Virgen de Media Noche” pues, de Pedro Galindo que en ese día de la boda, ¡qué hubiera dado el novio porque se la cantara el Trío Caribe!: Vírgen de Media noche, eso eres tú para adorarte toda… mírame arrodillado junto a tu corazón… cubre tu desnudez y baja de las estrellas para ponerlas a tus pies.. y hacerte un rezo de amor”. Una vestal, en suma, que desde su templo redondo en el forum romano guardaba el honor de la ciudad a la vez que mantenía encendidas las llamas eternas del amor.
El largo pasillo central de la Catedral dedicada, para no desentonar con esa noche de estrellas y fulgores, a la Inmaculada Concepción, estaba adornado con jarrones color tinto con varas de bambú y plumas de avestruz blancas, cafés y negras. Y el altar, que esa noche lucía con más esplendor por las luces que lo bañaban para destacar sus marmóreas esculturas, no era menos con arreglos de casablanca con follaje de nube y hojas de palma de Brasil.
El novio tampoco podía quedarse en simple consorte. Otra orquídea engalanaba la solapa del jaqué, chalequín de fantasía y sonrisa angelical como la del señor De la vega de la novela “Destilando Amor”, corbata común: ¿qué pasó con la corbata de moño anudada a mano? Seguramente, por el nerviosismo de la boda se le olvidó.
Los jóvenes de la compañía todos trajeados, impecables, corbatas estriadas en trazos diagonales, rojas, azules, cafés, amarillas en combinaciones que lucían con las telas de su vestimenta. Y las damas de la corte principesca coloreadas de azul cielo, blanco perla, café avestruz, crema pera y rojo anaranjado envuelto en una mantilla blanca de muchos hilos; tres rubias y dos morenas todas con frondosos y abiertos pectorales para desafiar la fría brisa marina e inspirar a los jóvenes a otras bodas de ensueño. Los padrinos no podían faltar, abundantes como suelen ser las bodas de clase: de matrimonio, de velación, de lazo, de anillos, de arras, de ramos, y para no minimizar el culto religioso, de Biblia y de rosario.
Alguna vez los curiosos y críticos que siempre forman el marco popular y expectante se habrán cuestionado: ¿y habrá quienes de esas bodas de ensueño hayan leído la Biblia o rezado un rosario?
La fiesta: ¡ah, la fiesta! Siguiendo a Darío con que “está linda la mar”, tuvo que ser en La Estrella del Mar, donde “el viento lleva esencia sutil de azahar”. La disposición del salón fue con mesas redondas en cuyos centros más orquídeas había, pero eran de los géneros dendrobium blancas, antonium verdes, maracas amarillas, colocadas sobre laja de piedra con velas en color rosa. En la mesa de los novios más y más, ahora cymbidium. Extraordinaria genealogía floral, digna, como debía ser, de una fiesta de exaltación orquideana. Otra pregunta obligada: ¿habrán quedado orquídeas en el Parque Nacional de Antioquía en Colombia?
Lo bueno es que para conocimiento común, en el mundo existen más de 15 mil especies de orquídeas, por lo que hemos de tranquilizarnos para otras bodas como esta.
Para cerrar con broche de oro tan espectacular boda, los novios decidieron ir a lo desconocido, a lo misterioso para su viaje de luna de miel: la Polinesia francesa, donde el lecho nupcial se cubre de canto, luz, amor y todo lo demás. Por supuesto, ninguno conocía la tal Polinesia; pero los turisteros que nunca faltan, así se lo recomendaron. Porque, ha de saberse que todo esto ocurrió en Mazatlán, en este diciembre tenebroso; lo publicó Noroeste y lo describió Karina Domínguez, una excelente narradora que bien vale una misa.

Comentarios: adriáng@live.com.mx
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