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Día de las Madres
Una mirada antes y después de Lupita
Como una mamá especial se describe Rosa Angélica García Ochoa, al frente de Una luz Hacia el Mundo para Ciegos y Débiles Visuales
Susana Guevara
08/05/2018
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Foto: Daniel Santana

El nacimiento de su cuarta hija, Lupita, quien fue diagnosticada con ceguera total, cambió la vida de la familia Orduño García.

En la búsqueda de apoyo para su hija, Rosa Angélica García Ochoa llegó a la fundación Una Luz Hacia el Mundo para Ciegos y Débiles Visuales, deshecha interiormente, encontró la rehabilitación adecuada para su hija y la fortaleza para salir adelante.

“Un médico que venía de la Ciudad de México me dijo, ‘no hay nada qué hacer por su niña. Lo que tiene que hacer es trabajar con ella y buscar opciones para su rehabilitación, enseñarle lo que requiere una persona con discapacidad visual’”, recuerda.

“Ella tenía 11 meses; aquí fue donde toqué fondo. Para mí era algo muy difícil ver cómo iba enseñar a mi hija, qué iba a hacer. Me ayudaron bastante y hasta la fecha, me siento contenta de transmitir a otras personas lo que he aprendido”.

Al año y medio de ser parte, la fundadora y directora en ese momento de la institución, Esthela Camorlinga, tuvo que cambiar de residencia por cuestiones del trabajo de su esposo y se dio a la búsqueda de alguien que pudiera ayudar en su ausencia.

Rosy, como la llaman, fue convocada por Esthela para estar al frente por un tiempo, tiempo que se ha prolongado hasta ahora.

“La doctora me llamó y me dijo, ‘Rosy, necesitamos que nos eche la mano aquí mientras. Me tengo que ir. ¿Qué le parece si en tres meses le mando a la persona que tiene que estar al frente?’”, cita.

“Y yo de creída, ahí voy y acepté, y esos tres meses se convirtieron en 15 años, que son los que estoy al frente de la institución, también como voluntaria”.

 

Lo más difícil se vuelve fácil

De una de las memorias de Rosy, se desprende cuando renegó con Dios y frente a su hija mayor, Tannia, Angélica le dijo, “¿qué voy hacer con una niña ciega?”

La respuesta de una jovencita de 22 años fue simple y desde su corazón le expresó que ellas no le iban a enseñar, si no que su hermanita era quien las iba a enseñar.

“En su momento, nos cayó como baldazo de agua fría, pero si lo aceptamos con mucho amor, se vuelve más fácil; uno se encarga de enfrentar la situación y el cargar la cruz se hace mas liviano”, considera.

“Desde que dije, ‘Señor, acepto lo que me mandaste, el ser una madre especial’, lo represento con la frente en alto. Soy muy creyente y eso me ha ayudado bastante en este camino”.

En pleno Siglo 21, la falta de cultura de aceptar a personas con discapacidad entristece a Rosy, quien asegura que se revela ante esta situación.

“Es difícil ver cómo en la sociedad existe ese rechazo, es en el círculo familiar donde los niños deben tener esos valores y tristemente no es así, nos falta esa cultura”, señala.

“A veces mi hija llega y me dice, ‘mami, me dijeron esto’, y como mamá me quedo, ‘Señor, ayúdale’, y la enseño a que se enfrente a ese mundo y nada la tumbe, le transmito confianza en sí misma y eso lo tiene bien digerido”.

Esto se ha convertido en parte de su vida, por lo que cada que llega una mamá a la fundación, comparte todo lo que ha aprendido y juntas salen adelante.

 

Una mirada antes y después de Lupita

Rosy confiesa que es una persona antes y después de Lupita, ya que ella la enseñó a ver las cosas tal cual son y su fe se fortaleció.

“El tener una hija con discapacidad visual, aprendí a valorar a mis otras tres hijas. Antes, daban sus primeros pasos y decía, ‘qué bien’, pero cuando lo hizo Lupita, fue lo máximo.

“Decía, ‘Dios mío, ¿cómo me lo perdí?’ Vi cómo una madre, por andar en sus rollos, se pierde de los detalles de sus hijos ‘normales’ y eso nos unió más como familia, como matrimonio; me cambió totalmente el ser una madre especial”.

No todos los casos son como el de Rosy, pues en la institución se ha topado con situaciones contrarias, como la separación de los padres o el que tomen decisiones “más fáciles”, como hacer algo que se adapte a ellos y no a los hijos.

 

Facetas ocultas descubiertas

Durante sus 15 años en Una Luz Hacia el Mundo, Rosy ha descubierto facetas de las que no sabía que era capaz de hacer, como tocar puertas y buscar apoyos para los niños de la fundación.

“Cuando llegue aquí dije, ‘¿qué hago?’ y me dijeron, ‘no te preocupes. Hay un patronato que trae el dinero y hasta la fecha estoy esperando el patronato”.

“No sabía que tenía que pedir y lo que pido me da mucha satisfacción porque es para alguien más: los niños que están aquí”.

En su andar se ha topado con piedras y piedrotas en el camino, como ella describe, con personas que así como la han apoyado y tienen un gran corazón, hay otras que no.

“Me he topado con piedrotas en el camino, personas que me han metido el pie, me han tumbado, pero me he sabido levantar sola y con ayuda, con altas y bajas aquí estamos”, platica.

“Mi vida cambió para bien, aprendí a ver las cosas tal cual son y a conocer el lado humano de las personas. Esto no solo es mi trabajo, conmigo hay un equipo que no me deja, mi familia, mi asistente, las otras mamás; sin ellos, no hubiera podido salir adelante”.

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