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COLUMNA
VÉRTIGO EN LÍNEA: PSYCHOKINESIS
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Ernesto Diezmartínez Guzmán
18/05/2018 | 11:26 AM
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Foto: Internet

Al momento de escribir estas líneas no he visto Deadpool 2 (Leitch, 2018), pero he padecido Avengers: Infinity War (Hermanos Russo, 2018) y como soy bastante escéptico –no tengo grandes esperanzas de Ant-Man: el hombre hormiga (Reed, 2015)- me atrevo a afirmar que la mejor y más original película de súper-héroes del año será Psychokinesis (Yeom-lyeok, Corea del Sur, 2018), quinto largometraje del ascendente cineasta sudcoreano Sang-ho Yeon (cintas animadas El rey de los cerdos/2011 y Estación Zombie: Seúl/2016, filme de acción viva Estación Zombie: Tren a Busán/2016), película disponible desde hace unas semanas en Netflix.

    El planteamiento es muy similar a cualquier cinta hollywoodense de súper-héroes. De hecho, el guion –escrito por el propio Yeon- parece una suerte de versión corregida de los orígenes del Hombre Araña. Vea si no: al igual que Peter Parker, el protagonista de Pyschokinesis, el mediocre vigilante bancario Seok-hyeon Shin (Seung-ryong Ryu), recibe sus extraordinarios poderes por accidente –en este caso, al beber agua de un manantial contaminado por cierto meteorito que cae en la Tierra-, no tiene en qué caerse muerto ni manera de mejorar su precaria situación económica y, en algún momento de la película, descubrirá que “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”.

    No estoy diciendo que Psychokinesis es un mero pastiche genérico. Al contrario, la convencional premisa ya descrita le sirve a Yeon para explorar un tema muy caro a sus intereses y ya visto en sus dos magníficas películas de zombis: las difíciles relaciones paterno-filiales. Así pues, el centro dramático de la cinta tiene que ver con la complicada relación que tiene Shin con su hija Ru-mi (Eun-kyung Shim), a quien había abandonado diez años atrás. Ante la repentina muerte de su exmujer y madre de Ru-mi, asesinada por una banda de matones que buscaban desalojarla de su exitoso changarro de pollos fritos, Shin se acerca a su resentida hija, que no quiere saber nada de él. Sin embargo, con sus nuevos poderes recién descubiertos –la posibilidad de mover cualquier objeto a su antojo usando la psicoquinesis del título (que debería ser, más bien, telequinesis)-, Shin se empieza a ganar el respeto de la muchacha y, sobre todo, del resto de los amigos de ella, quienes enfrentan la amenaza de ser desalojados a la mala de cierto popular mercadito.

    El villano del filme no podría ser más prosaico: una poderosa compañía constructora dirigida por una implacable ejecutiva (Yu-mi Jung robándose la película en un par de escenas) que contrata a un malandrín de copete peñanietista (Min-jae Kim) y a su grupo de matones para que desalojen a los honestos dueños de los pequeños changarros de cierta galería comercial. Como se imaginará, Yeon toma una posición claramente populista: de un lado esa empresa rapaz y sin rostro; del otro, los luchones clasemedieros sudcoreanos con su Super-Barrio psicoquinético.

    Yeon se mueve ágilmente entre el melodrama –la relación padre/hija-, la comedia –el asombro inicial del propio Shin ante sus poderes, el retrato de la villanesca ejecutiva, la reacción de un policía cuando le enseñan un video de Shin- y el cine de acción –la última parte del filme, cuando Shin se enfrenta a malandrines y cuicos cual Supermán populachero.

    Hacia el final, Yeon da un último irónico giro de tuerca: el triunfo o fracaso depende menos de la buena voluntad de nuestros héroes –Shin, Ru-mi y los demás- que de la maldad sin rostro pero devastadora que se esconde tras el más rapaz capitalismo. Y es que cuando la perra corrupta y neoliberal es brava, hasta a los de la casa muerde.

Comentarios: en la página web www.ernestodiezmartinez.com, en la cuenta de twitter @Diezmartinez y en el correo electrónico ernesto.diezmartinez@gmail.com

 

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