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COLUMNA
VÉRTIGO: Rocketman
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Ernesto Diezmartínez Guzmán
08/06/2019
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Foto: Cortesía

¿Qué tan recomendable es que a uno le guste la música de un cantante y/o compositor cinematográficamente biografiado? Pregunta retórica: es muy recomendable. De otra manera, uno se aburriría como ostra, viendo los ires y venires, las altas y las bajas, que existen en la vida de cualquier gran artista o, en este caso, músico. Si un servidor se quedó viendo, hasta el final, Bohemian Rhapsody, la historia de Freddy Mercury (Singer, 2018) fue porque la última media hora estuvo dedicada al célebre concierto Live Aid de 1985, con todo y las irresistibles canciones de Queen y la desatada reacción del público que cantaba, saltaba y aplaudía al unísono de Freddy Mercury. Por lo demás, la cinta dirigida parcialmente por Bryan Singer no podía haber sido más previsible y convencional.

Uno podría decir algo similar de Rocketman (Ídem, EU-GB, 2019), que comparte varios elementos con la biopic de Freddy Mercury: se trata de la biografía de otro ídolo global del rock/pop británico de los años 67/70/80 (esta vez, Elton John), tiene una estructura dramática muy similar y, además, la película es dirigida por el mismo cineasta, no Bryan Singer, por supuesto, sino Dexter Fletcher, quien fue el que terminó Bohemian Rhapsody… después de que Singer fue despedido.

Hay, sin embargo, un par de diferencias nada desdeñables que hacen a Rocketman una mejor película. Por un lado, no estamos ante una biopic tan convencional como parece, pues el guion de Lee Hall ordena la vida de Elton John a través de una suerte de antología del cine musical, pues hay escenas que parecen provenir de las comedias musicales de los años 50, otras que toman las propias canciones de Elton John/Bernie Taupin para que los personajes expresen sus ideas más íntimas y otras en donde la música sirve como pretexto para desatadas explosiones de lirismo narrativo y visual.

Hay otro elemento que no deja también de ser interesante: a diferencia de lo que vemos en la citada biopic de Freddy Mercury, la vida sexual de Elton John es tratada en Rocketman con un alto grado de franqueza, tomando en cuenta que estamos ante una película del mainstreamhollywoodense. Por ejemplo, el flechazo amoroso y sexual con su representante, explotador y amante John Reid (Richard Madden, más frío que el hielo) es resulto en la cama con todo y febril coito que la pudorosa cámara no termina de captar porque se eleva oportunamente, y hay por ahí, en otro momento, una felación sugerida a plena luz del día.

Supuestamente, el propio Elton John y su pareja, David Furnish, les dieron toda la libertad necesaria a Fletcher y a Hall para realizar la cinta como ellos quisieran, sin restricciones de ninguna especie. Será el sereno: por más que el Elton John interpretado por Taron Egerton sí se comporta como un ojete con quienes lo quieren (como con su amigo y compañero creativo Bernie Taupin, encarnado por Jamie Bell) o un patético niño rico que no puede amar ni dejar ser amado porque no ha aceptado su propia homosexualidad, la verdad es que la película funciona, también, como una edificante sesión de terapia pública al servicio de la propia figura de Elton John. 

Es decir, lo que vemos a lo largo de las dos horas de duración de la cinta es el proceso catártico en el que Elton John llega a una sesión de alcohólicos anónimos para confesar todas sus adicciones (al alcohol, la cocaína, la mota, las pastillas, el sexo... y hasta las compras), todas sus frustraciones existenciales y amorosas, y todos sus resentimientos familiares que no lo han dejado quererse como es. Rocketman es una confesión urbi et orbi que se quiere ejemplar, sin dejar de ser, como suelen ser las confesiones públicas, algo narcisista.

Eso sí, con la veintena de canciones de la dupla John/Taupin usadas en el filme, más el inventivo montaje de algunos números –la infelicidad de toda la familia del niño Reggie Dwight al ritmo de “I Want Love”, el éxito inmediato con el público con “Crocodile Rock”, el camino hacia la soledad con “Goodbye Yellow Brick Road”, el desafiante canto a la recuperación con “I’m Still Standing”-, estamos ante una confesión pública, terapéutica y musical muy disfrutable.

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