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COLUMNA
Vértigo: Las niñas bien
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Ernesto Diezmartínez Guzmán
10/04/2019 | 12:57 AM
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Foto: Cortesía

No digas provechito”, le dice desde su alto pedestal fracturado la niña bien venida a menos Sofía (Ilse Salas, soberbia) a la campechana, nueva rica y nacarribista Ana Paula (Paulina Gaitán), en cierto momento clave de Las niñas bien (México, 2018), tercer largometraje de AlejandraMárquez Abella. Se trata de la enésima vez en la que la morena y alegre Ana Paula es ninguneada por la delgada, blanca y aristocrática Sofía. Es la enésima vez, también, en la que Sofía pierde la oportunidad de ganarse la simpatía del espectador. No se preocupe: nunca se la ganará.

Debo confesar que durante la primera parte de Las niñas bien, no entendía por qué deberían interesarme los problemas económicos de esta atractiva parásita que no tiene otras preocupaciones que reinar sobre las apariencias que le brinda su fortuna. ¿Para qué contar su historia? ¿De qué me sirve a mí saber de ella en este momento? ¿Para qué gastar tiempo y dinero en la crónica del desastre económico de una mujer tan detestable? Sin embargo, he aquí que, hacia la mitad del filme, poco a poco, sin notarlo, el naufragio de Sofía, de su matrimonio, de su estilo de vida, se empieza a volver compulsivamente visible. No diría que provoca solidaridad –por lo menos no en mi caso- pero sí comprensión.

Estamos en 1982, aquel lejano otoño de nuestro descontento, en las postrimerías del sexenio de José López Portillo, cuando abundaban los sacadólares, se anunciaban defensas perrunas del peso mexicano y el presidente lloraba, cual Lagrimitas Lili-Ledy y en cadena nacional. Sofía vive en las Lomas, está casada con el junior bueno-para-nada de Fernando (Flavio Medina), tiene tres hijos a los que no pela y un círculo de amigas arpías (Cassandra Cianguerotti, Johanna Murillo, Jimena Guerra et al ) que fungen como una suerte de intercambiables satélites personales. 

La cinta inicia con la voz en off de Sofía, preparando su fiesta de cumpleaños, cual si fuera la Señora Dalloway Región 4 que nos merecemos, la única a la que este país podría aspirar. Después de ese momento de apoteosis social, en las que amigos, familiares y socios se han reunido para festejar a nuestra repelente anti-heroína, el mundo de privilegios en el que se ha sido criada esta mujer, desde su sacadólares cuna, se empezará a derrumbar. El Gran Marquis color champaña que le ha regalado el marido será el último objeto de valía que ella pueda presumir de ahí en adelante. Lo que le quedará a Sofía es su pose, su mirada, su sonrisa desdeñosa, sus privilegios de clase, que, eso sí, ni en las peores circunstancias, ni cuando se tenga que bañar a jicarazos, perderá. 

Basado en el bestseller homónimo ochentero escrito por Guadalupe Loaeza, Márquez Abella y su equipo han creado una absorbente crónica de un desastre existencial anunciado. No el del dinero perdido, no el de la posición económica arrebatada, no el de las pequeñas y grandes humillaciones recibidas, sino el de la triste constatación de que ha perdido todo porque, desde el inicio, no se tenía nada: un nombre, una posición, una casota, una familia, un apellido. En sentido estricto, nada de nada.

El colega y amigo Mauricio González Lara ha hecho mención, con respecto a Las niñas bien, del “ensueño narcótico” logrado por la realizadora y su equipo (espléndido montaje de Miguel Schverdfinger, virtuosa cámara circular woodyalleniana de Dariela Ludlow) al contar la historia de Sofía. En efecto, lo más perturbador de esta película es que, al comienzo, el tedio te atrapa, aunque no lo quieras: la rutina vacía de la protagonista envuelve, aburre, aplasta.

Por eso, cuando vemos el inicio del fin de la vida (dizque) perfecta de Sofía, cuando empezamos a entender –antes que ella, de hecho- que su palacio de cristal está a punto de derrumbarse, es cuando empieza a resultar fascinante el personaje. Las enérgicas palmadas de la partitura de Tomás Barreiero nos sacan, de improviso, del sopor: he aquí un desastre anunciado y en cámara lenta. Y no podemos dejar de mirar el naufragio, y menos cuando llegan los exaltados ladridos finales.

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