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COLUMNA
Vértigo: Roma
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Ernesto Diezmartínez Guzmán
08/12/2018
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Foto: Cortesía

Varios colegas han escrito que Roma (México, 2018), octavo largometraje de Alfonso Cuarón, es una suerte de secuela de Y tu mamá también (2001). En realidad, se trata no tanto una derivación o una continuación de aquella cinta, sino una suerte de auto-corrección moral, pues el personaje central de la película no es la atribulada madre de familia (Marina de Tavira) abandonada por el infiel marido médico ni, tampoco, ninguno de los cuatro chamacos de la familia, sino la indígena oaxaqueña Cleo (Yalitza Aparicio), la joven criada/nana de todos ellos.

 El guión escrito por el propio cineasta nos muestra, desde el inicio y hasta el final –¡esa última línea tan casualmente devastadora!, ¡esa última toma en contrapicado mirando hacia las nubes!- lo que significa Cleo para esta familia de clase media alta que vive en la colonia Roma: alguien que es genuinamente querida, cuidada y hasta protegida pero que, al final de cuentas, no nos hagamos ilusiones, sigue siendo una empleada.

 La criada a la que se le reprocha no recoger la mierda que deja regada cierto perrazo llamado muy adecuadamente “el Borras”, la criada a la que se le gritonea para desahogarse cuando ya no se puede más, la criada a la que se le pide que deje de ver Ensalada de Locos para traer algo de la cocina y, al mismo tiempo, la criada con la que se solidariza la generosa señora de la casa, la criada a la que se acompaña al hospital en un momento clave, la criada a la que abrazan con genuino amor todos los chamacos.

 Equidistante tanto de la regocijante veta satírica de La nana (Silva, 2009) como de la capciosa crítica social de Una segunda madre (Muylaert, 2015) –dos de las mejores cintas latinoamericanas recientes que tienen como personaje central a una criada-, Roma es una suerte de espectacular épica neo-realista y proustiana. El humanismo más empático y la memoria recobrada son el par de motores que impulsan una virtuosa puesta en imágenes, si no la mejor en la carrera de Alfonso Cuarón, sí la más eficazmente emotiva.

 Ubicada en la Ciudad de México de 1970-1971 –cuando el cineasta tenía 10 años de edad-, el diseño de producción de Eugenio Caballero, el vestuario de Anna Terrazas, la supervisión musical de Lynn Fainchtein y el meticuloso diseño sonoro, nos trasladan a una ciudad que se ve, se escucha y se siente auténtica.

 Esta impresionante reconstrucción de la Ciudad de México de los 70, sus calles, sus casas y sus ruidos, se empata con una puesta en imágenes que privilegia las tomas extendidas, sea en serenos paneos a lo Mizoguchi, sea en exultantes travellings laterales. La cámara en blanco y negro dirigida por el propio Cuarón sigue con tranquilidad los trajines cotidianos de Cleo y Adela (Nancy García García), la otra criada del hogar.

 Así pues, a través de un simple paneo vemos a las dos muchachas tender las camas, recoger la ropa, ir de un sitio a otro de la casa. Pero luego ese mismo panning, también en toma extendida, nos muestra el interior de un quirófano, en una de las escenas más desgarradoras de la película y, a través de otro paneo, veremos, desde el piso superior de una mueblería, la matanza del Jueves de Corpus.

 Estas coreografiadas tomas extendidas, esos paneos y travellings ejecutados a la perfección, no están ahí como meros alardes estilísticos. La puesta en imágenes fluye de tal forma que Cuarón no necesita subrayar lo obvio: el manejo del encuadre y de los actores dentro de él se siente natural. Por lo mismo, cuando llegamos a los dos momentos claves del filme –en un atestado hospital, en una playa veracruzana- la fuerza dramática es tan inesperada y de tal magnitud que el espectador se encuentra inerme ante ella.

 Cuarón ha declarado que Roma no es exactamente una cinta autobiográfica, pues los recuerdos no son todos suyos, sino de su nana, Libo Rodríguez, a quien está dedicada la película. A través de esta ¿expiación? memoriosa, Cuarón ha creado el retrato de una mujer indígena común y corriente a la que ve a la altura de los ojos, sin romantizarla ni infantilizarla. Es la mujer que, de alguna manera, lo crio. Y a la que encargaba, como no queriendo la cosa, un licuado de plátano.

 

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