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COLUMNA
VÉRTIGO: Buscando justicia
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Ernesto Diezmartínez Guzmán
29/02/2020
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Foto: Cortesía

Terminé de ver Buscando justicia (Just Mercy, EU, 2019), cuarto largometraje de Destin Daniel Cretton, con sentimientos encontrados: el enojo provocado por la convicción de que la historia vista en pantalla había sido desperdiciada por una ejecución apenas funcional se cruzaba con el infinito respeto hacia un sólido grupo de actores que habían hecho maravillas con un puñado de personajes unidimensionales.

La historia escrita por el propio cineasta en colaboración con Andrew Lanham está basada en la autobiografía de Bryan Stevenson, un abogado afroamericano egresado de Harvard que llega a Monroeville, Alabama, para fundar la Iniciativa de Justicia Igualitaria, un bufete encargado de revisar el estatus de los condenados a muerte en Alabama para, según el caso, retrasar, evitar y hasta anular la ejecución de los condenados a la pena máxima en ese estado cuya mayoría estaba (¿está?) formada por negros pobres o blancos sin educación.

Stevenson (Michael B. Jordan) llega a Monroeville, pues, en 1989, dos años después de que un negro apodado Johnny D. (Jamie Foxx) fue detenido, juzgado y condenado a la pena de muerte, acusado del asesinato de una jovencita blanca de 18 años. En cuanto el abogado revisa el expediente, se da cuenta que el caso no tiene pies ni cabeza: todo descansa en la declaración de un testigo acusado de otro asesinato -y que al declarar en contra de Johnny D. logró una reducción de su condena-, no hay pruebas forenses de ningún tipo y abundan los testigos que afirman que el hombre a ser ejecutado estuvo todo el día en otra parte con otra gente. El caso de Johnny D. no es el único, pero sí el más escandaloso: hay otro condenado (Rob Morgan) que sí cometió el asesinato del que se le acusa, pero no recibió la debida consejería legal y otro más (O'Shea Jackson Jr.) que fue detenido, juzgado y condenado porque al sheriff le pareció, al ver su foto, que tenía cara de ser culpable. Así nada más.

La cinta está centrada en el primer caso, en el de Johnny D., tal vez porque resulta ser el más claro, dramáticamente hablando, de todos: el racismo institucional que hace culpable a todo negro al nacer, la justicia amañada desde la raíz que no deja salida alguna al acusado, la lucha a contracorriente por buscar la justicia sin romper un ápice los procedimientos legales debidos, el triunfo y el fracaso entendidos como una serie de batallas encadenadas dirigidas a ganar una guerra que, en los años 80 ya era difícil y que ahora, en pleno Siglo 21, no parece haber mejorado. El discurso ideológico del filme es necesario, impecable e inapelable. Lástima que, cinematográficamente hablando, la cinta no funcione al mismo nivel: se resbala continuamente en la amelcochada música de Joel P. West y los encuadres de Brett Pawlak santifican a su protagonista a tal grado que, hacia el final, la luz que llega desde la ventana de la sala de juzgado crea un halo en su cabeza, cual heroína griffithiana de hace un siglo.

De todas formas, sea porque Cretton es un buen director de actores o sea porque los propios intérpretes se entusiasmaron con sus personajes, lo cierto es que la película se sostiene, en gran medida por la convicción de todos ellos: la terquedad santificada del Stevenson de Jordan, el enojo apenas controlado del Johnny D. de Foxx, la conciencia adormecida representada por el joven fiscal sureño interpretado por Rafe Spall y un Tim Blake Nelson robándose la película cada vez que aparece como un amasijo de tics, sonrisas chuecas y miradas huidizas que es un espectáculo en sí mismo.

Todos ellos, insisto, merecían una mejor película y ni se digan los protagonistas de carne y hueso que vivieron y sufrieron lo visto en pantalla. Pero no importa: Buscando justicia no es una gran cinta, pero sí es una historia que es necesario revisar y más en los canallas tiempos que vivimos. Un solo dato, nada más: la estadística mostrada en los créditos finales, que nos informa que, de nueve condenados a muerte en Estados Unidos, uno ha resultado ser inocente. ¿Se imagina el porcentaje de bateo de la justicia mexicana si existiera la pena máxima en nuestro país como proponen algunos?

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