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VÉRTIGO: Glass, cuarto largometraje de M. Night Shyamalan
El filme no tiene una vuelta de tuerca inesperada sino, en realidad, dos, y todo por el precio de uno
Ernesto Diezmartínez Guzmán
22/01/2019
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Al inicio de El protegido (2000), cuarto largometraje de M. Night Shyamalan, una preocupada madre le dice a su enfermizo hijo, al regalarle un cómic, que la historia que va leer tiene un final inesperado. Esta advertencia podría acompañar cada uno de los afiches de todas las películas que ha realizado el cineasta indio-americano desde su temprana e insuperada obra mayor, El sexto sentido (1999). Y, por supuesto, con esa línea podría anunciarse su más reciente largometraje, Glass (Ídem, EU, 2019), tercera y -esperemos- última parte de la trilogía que inició con la meritoria El protegido y continuó muchos años después con la fallida Fragmentado (2016). Con el añadido que Glass no tiene una vuelta de tuerca inesperada sino, en realidad, dos, y todo por el precio de uno.

Ya hacia el desenlace de Fragmentado se anunciaba que habría otra cinta que uniera a los protagonistas de este filme y de El protegido. Y, en efecto, en los primeros minutos de Glass queda claro el rumbo de la historia: el invulnerable e "irrompible" David Dunn (Bruce Willis, sin tacha alguna) sigue vigilando las calles de Filadelfia enfundado en su impermeable oscuro, dando cuenta de malandros de todo tipo. Ya es dueño de su propio negocio de seguridad, ha enviudado, pero su hijo Joseph (Spencer Treat Clark, ya crecidito) sigue junto a él, ayudándolo en su tarea de brindar protección y ayuda sin esperar nada a cambio, como buen súper-héroe que es.

Mientras tanto, el trastornado Kevin (esforzadísimo James McAvoy) y sus restantes 23 personalidades que conocimos en Fragmentado -la llamada "horda"-, sigue libre y acaba de secuestrar a cuatro porristas a las que mantiene encadenadas en alguna fábrica de ladrillos abandonada. Por supuesto, si anda suelto un villano de esta naturaleza, es obvio que más temprano que tarde "el Centinela" -así ha bautizado la prensa al anónimo héroe que se oculta tras el impermeable- lo buscará y enfrentará para salvar a las cuatro muchachitas.

El encuentro entre estos dos personajes es apenas el inicio de la historia. Después de que la policía interrumpa el enfrentamiento entre ellos, los dos terminarán en un hospital psiquiátrico, bajo la tutela de la Dra. Staple (Sarah Paulson), quien tiene la tarea de curarlos en tres días (¿por qué en tres días?: sepa la bola), es decir, tiene que convencerlos de que sufren un extraño padecimiento mental que los hace creer que tienen súper-poderes. En el mismo hospital, permanece prisionero desde hace muchos años Elija (Samuel L. Jackson), el desquiciado criminal de huesos frágiles que en El protegido mató a decenas de personas buscando a su alter-ego, el "irrompible" David Dunn.

La premisa es interesante pero es casi lo único valioso del filme. El guion, escrito por el propio Shyamalan, se entretiene demasiado en mandarle guiños nada sutiles al espectador acerca de las características de los súper-héroes, los súper-villanos, las vueltas de tuerca inevitables ("Ah, es ahora cuando el villano y el héroe muestran intereses comunes") y hasta las características de la propia película que estamos viendo ("No, no es una historia de enfrentamiento final, sino de la presentación de los personajes"). 

Todos estos juegos meta-narrativos terminan por agotar, aunque debo admitir que, hacia el desenlace, cuando el psicopático nerd y lector de cómics Elijah hace todos estos comentarios y otros más en voz alta, es posible detectar (o así lo percibí yo, en todo caso) un dejo de muy saludable autoparodia de parte de Shyamalan. En esas escenas del enfrentamiento climático hay una línea muy delgada entre la convicción y la parodia, y tengo la sensación que Shyamalan cruza varias veces esa línea en direcciones encontradas.

El problema, de todas formas, sigue siendo el mismo de todo el cine de Shyamalan desde El protegido. Descubierta la vuelta de tuerca del final -que, en este caso, insisto, resulta que son dos-, la película no tiene hacia dónde ir. El final no es abrupto, pero sí algo peor, pues deja la puerta abierta para el probable desarrollo de una cuarta parte. A estas alturas del juego, es la única forma en la que Shyamalan puede producir miedo. 

 

 

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