Entre hospitales te veas
Así como nosotros pedimos y buscamos al mejor médico, supongo que igual los médicos aspiran a recibir buenos pacientes. Personas que sigan las indicaciones, que no hagan desarreglos y que colaboren con su buena disposición. Hace unas semanas tuvimos la experiencia hospitalaria en el IMSS, todo superó la expectativa; entramos con un mal y salimos con buen reparo. Una semana fue suficiente para observar ambas partes: la de los pacientes y la de la Institución, al menos la de esa unidad.
Lo primero que puedo decir es: hay que ayudar. Hay que cuidar la salud para que cuando caigamos en desgracia, nuestro cuerpo, esa masa física, se preste a ser manipulada en todas las formas necesarias. Había un paciente hospitalizado al que le hacían una dolorosa curación por infección —no entraré en detalles de qué tipo— y en el pasillo su familiar vociferaba con alguien más por el celular, charoleando sin el menor recato, y renegando por el supuesto mal procedimiento que recibía su enfermo. Fui testigo de que recibía buena atención.
Hubo otro vecino de sala, de lo más amable, bien portado y lindo con todos, al que su abuela le pasaba de contrabando un envoltorio de tacos y quesadillas que, obvio, tenía prohibida en su dieta. ¿Quién se perjudica?, ¿para quién es el daño?, ¿a quién culpamos si el tratamiento no da resultado? Si en el vivir diario nos engañamos: “no pasa nada, luego voy al médico, que tanto es tantito, mañana empiezo...” llegado el momento hay que ser igual de estoicos para recibir el diagnóstico y el tratamiento indicado.
Esta ha sido mi primera vez en el servicio público de seguridad social, y puedo decir que superó en mucho mis expectativas. En lo personal, he estado hospitalizada en dos ocasiones en el servicio privado —cuando mi trabajo me permitía servicio de gastos médicos mayores— y a la hora de hacer las cuentas, de revisar la lista del servicio recibido y material utilizado, no puedes creer que hasta las torundas y sanitas cuatriplican su costo. Ya en la recuperación y con la asesoría experta de un agente de seguros, descubres que no hay dinero que alcance para pagar por ese deambular médico al que acabas de entrar. Te queda bien claro que vale el tiempo invertido en la alimentación, en el ejercicio, en el reposo, en las buenas compañías y en evitar a toda costa cualquier tóxico químico o humano que pueda descomponer lo logrado.
Quiero agradecer, y ojalá llegue a sus oídos, al personal del Hospital 28 IMSS Sinaloa | HGZMF | Costa Rica, por el tratamiento, la esmerada cirugía y la atención que recibimos por parte de TODO el personal del hospital; ver a enfermeros y camilleros tan jóvenes y entregados a su quehacer te regresa la esperanza y te recuerda que no todo está perdido. Otra muestra ejemplar es el Voluntariado del IMSS; un grupo de personas, señoras en su mayoría, que ofrecen desayuno gratuito, caliente, limpio y casero, dos veces a la semana. Una labor que integran 14 personas locales, en la que llevan ya 34 años.
También quiero agradecer el tiempo permitido como familiar, pues dentro de la incertidumbre y la vulnerabilidad, mis días se acompañaron de pasajes poéticos. No pude más que revivir ese poemario que escribió la joven poeta sinaloense cuando igual su mamá estuvo hospitalizada en una instalación similar en pleno tiempo de Covid; al igual que la mía, la de ella salió victoriosa. Su poemario Admito que estoy triste incluye ‘La cama 33’ que fue la que ocupó su mamá. Les dejo la liga que escribí en su momento: https://www.noroeste.com.mx/entretenimiento/cultura/admito-que-estoy-triste-IX2189749. Quizá, cuando todo regrese a la normalidad, escriba algo sobre La cama 329, en la que confiada estuvo mi madre.
Siempre el mejor lugar es aquel que tiene alma y corazón. ¡Gracias al doctor José Luis Oleta Rendón, a los residentes y al IMSS en general.
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