"BARROTES ROSADOS | Mirna, un árido viaje"

"Detenida cuando cruzaba el desierto de Sonora con un paquete de cocaína en su espalda, desde hace ocho años soporta la prisión con la sonrisa que le brota cada vez que piensa en volver a estar con sus hijos"
09/11/2015 10:54

    Tercera y última parte

    Mirna duerme ocultando un paquete con cocaína en su espalda. Le falta superar la prueba máxima: el retén del Ejército, ubicado en Sonoyta, Sonora. El peligro parece remoto.
    El autobús en el que viaja ha recorrido alrededor de mil 118 kilómetros de carretera durante las últimas 15 horas, cruzando sin problema el retén El Desengaño en Ahome.
    El vehículo se detiene a sólo 297 kilómetros de su destino, Mexicali, Baja California. Está en territorio militar.
    Dos uniformados suben y se dirigen directamente hacia Mirna. Uno de ellos sujeta su hombro y la llama para que despierte. Se espabila con un súbito movimiento.
    Le instruyen a que los siga a paso inmediato. Sus sentidos se petrifican, tardan en responder.
    Se levanta lentamente de su asiento, olvida su pequeña maleta por girar su cabeza alrededor ante la inquietud que le genera ser la única a quien le exigen bajar.
    Sigue a los militares, temiendo que sus cómplices la hayan traicionado informándoles que trata de trasladar droga a la frontera.
    Considerada sólo como una "mula" por el narcotráfico, se vuelve más contundente el supuesto que mientras ella era retenida, un cargamento con más volumen de droga cruza el desierto sin problema hacia Estados Unidos.

    El cruce desértico

    Un automóvil nuevo y 10 mil pesos son la recompensa. En una de las tantas visitas al taller para reparar su "carcacha", se lo propuso Gilberto, su mecánico.
    "Cada vez que se me descomponía (el carro) pues iba al taller, y pues tú vas a un taller y conoces a personas… y como me miraban seguido, con la misma falla. (El mecánico le decía) 'Estás sufriendo porque quieres, y mira que tienes agallas; puedes hacer esto y hacer el otro…'".
    "Y yo ¿cómo? En ese momento piensas en si hacerlo y no hacerlo".
    En un principio, la mujer rechaza la oferta por temor a ser atrapada. Pero la necesidad es imperante cuando se es empleada en un comercio con un sueldo precario para sostener a tres niños en edad escolar.
    Y cada día es más difícil negar a esos tres paladares de sus pequeños el antojo de un caramelo o chocolate, más cuando a alrededor de los seis años de edad no se comprenden razones.
    Por eso, se anima a tomar un autobús y cruzar el desierto de Sonora, uno de los más grandes del mundo con un área de 311 mil kilómetros cuadrados, donde en un día de verano la temperatura supera los 50 grados centígrados y en una noche de invierno cae hasta los menos cinco.
    "Me animé un día, en un desespero porque no tenía pa'las inscripciones pa'la escuela de los niños y de mis hermanos. Ver la carencia que había en mi casa, entonces dices tú: 'A ver, oiga, ¿me voy ahorita y mañana vengo?'".
    Ese domingo Mirna se decide a transportar droga. Es la última vez que pisa su casa. Eso se remonta a ocho años atrás.
    Sale de su hogar cargando un paquete con droga, sujeto a su espalda con cinta canela que se camufla con su tez del mismo color. La cocaína se disimula bajo su suéter, el cual se ajusta aún más a su figura curvilínea.
    A sus padres e hijos les dice que estará con una amiga en la venta de ropa importada. Ellos lo creen.
    Después de viajar aproximadamente mil 118 kilómetros en 15 horas, llega al punto de revisión ubicado en Sonoyta.
    "Iba dormida, cuando desperté era porque ya tenía a los soldados en el autobús, y me dijeron: '¡Bájese!', y pues dije: 'Me voy a bajar'".
    Mirna siente un aire frío que recorre su cuerpo, un viento gélido que avanza poco a poco congelando sus movimientos.
    A paso lento camina a un cuarto de las fuerzas castrenses. Ahí un militar se coloca frente a ella y se pone en cuclillas. Extiende sus brazos y comienza a revisarla. Desliza sus palmas sobre sus piernas y continúa hasta su espalda.
    Detecta un paquete, le instruye que se quite el suéter y levante la blusa. El militar ve la cinta canela y de un movimiento la quita. Toma entre sus manos aquel paquete.
    La cuestiona cómo consiguió el estupefaciente. Mirna se niega a responder. Sostiene que es su primera vez en el transporte de droga y que desconoce los nombres de las personas que la reclutaron.
    Niega también tener información sobre las rutas y tratos de compra-venta de droga. Eso enfurece a los oficiales.
    Ante la negativa, los cuestionamientos suben de tono, se tornan agresivos: "Usted sabía, usted conocía, cuántas veces lo ha hecho… No es la primera vez que lo hace, la hemos visto pasar".
    "Un temor horrible se siente, una cosa muy fea, más que el soldado te esté atacando", expresa.
    El militar le exige que confiese. Insiste: ¿Cómo conseguiste la droga? ¿Quiénes son tus cómplices? ¿Cuál es tu destino? ¿Quiénes son los compradores?
    Después de horas de interrogatorio, los uniformados cambian su táctica, convencen a Mirna de que su misión era distraerlos, ser un señuelo para que sus cómplices ganaran tiempo para traspasar un cargamento voluminoso de droga.
    La mente de la joven ata cabos, lo cree y se declara culpable. Esa conjetura no ha sido confirmada, pero tampoco desechada. No ha logrado establecer comunicación con su mecánico.

    El precio de la libertad

    Mirna es trasladada al Ministerio Público federal de Puerto Peñasco. En el trayecto de 100 kilómetros, los soldados le proponen conceder su libertad a cambio de un pago por 450 mil pesos en un periodo de 72 horas.
    "Me llevan al Ministerio Público ahí en Puerto Peñasco, y de ahí no paro de llorar, lloro toda la noche, toda la noche. Lloré, lloré y lloré…".
    "Me pedían 450 mil pesos para soltarme de ahí del Ministerio Público", expone, "y yo: ¿de dónde? Si no tengo ni mil (pesos). Los soldados me dieron 72 horas para que les juntara el dinero".
    Anhela conseguir esa suma para regresar a casa con su familia. A ese cálido hogar donde sus tres bebés ignoran su paradero. El mismo donde sus padres desconocen que está sometida a la justicia mexicana.
    Ahora en una celda del Ministerio Público espera a ser remitida a la prisión de Nogales, lugar donde la justicia mexicana la encuentra culpable y la sentencian a 16 años con ocho meses en la cárcel. En una apelación logra una reducción a 10 años.
    Encerrada en la cárcel fronteriza comienza una nueva vida.
    Así transcurren cuatro años, negándose a vivir sin sentir el roce de la piel de sus bebés en cada abrazo. Por eso, pide su traslado al Cecjude Culiacán para estar más cerca de los suyos.

    '… mi meta es aprender, aprender y aprender'

    Encerradas, alejadas de los suyos y compartiendo el sueño con unas personas más peligrosas que otras, se genera depresión en la mayoría de las reclusas, pero Mirna es más astuta. Desde el primer día se convence que para sobrevivir a ese cautiverio debe enfrentarse a su mayor enemigo: la soledad.
    "Hay un reto de decir: me voy a deprimir y no voy a levantarme, y no quiero saber de nada", dice, "a mí no. A mí me dio para estar arriba. A mí me dio para decir: mi meta es aprender, aprender y aprender; y enseñarme lo que no pude hacer afuera".
    Durante sus primeros cuatro años cumplidos en la prisión sonorense, y cuatro más en el Centro de Ejecución de las Consecuencias Jurídicas del Delito en Culiacán tras su petición de cambio, se desempeña como encargada de los departamentos de plomería, electricidad, mantenimiento y cierta asesoría legal.
    A pesar de sus logros, su estancia no es nada fácil, pues siempre trabaja para solventar los gastos de alimentación y educación de sus hijos, que ahora cursan la primaria y la secundaria.
    Al principio limpiaba los cuartos de otras reos por tan sólo 15 pesos cada aseo.
    "Quince pesos (cobraba) y te hacía seis, siete aseos diarios, ya me ganaba 100 pesos diarios. Y había veces que te lavaba y planchaba ajeno al otro día, ropa de los mismos celadores, y ya ganaba otra feriecita más".
    También se exige más allá de sus fuerzas, algo que le permita resistir esos olores fétidos que se desprenden al limpiar una y otra vez los retretes.
    "Cuando yo metía mi cabeza a una letrina decía: 'Señor, todo esto tengo que hacer, porque tengo que madurar, tengo que dejar de ser menos infantil en este lugar'", cuenta, "dame todo lo que tú quieres y yo lo merezco. Me metía y abría las tapaderas de los drenajes".
    Mirna se diferencia de las 93 reclusas vinculadas por un delito de narcotráfico al interior del Cecjude por ser autora y actriz de tres obras teatrales. Le satisface dibujar sonrisas en el rostro de sus compañeras, aunque sea por unos escasos minutos.
    Ella es una sonrisa que sobresale en un mundo de prisioneras con sentimientos revueltos: entre tristezas infinitas y alegrías efímeras.

    "Me animé un día (a trasladar cocaína), en un desespero porque no tenía pa'las inscripciones pa'la escuela de los niños y de mis hermanos. Ver la carencia que había en mi casa, entonces dices tú: 'A ver, oiga, ¿me voy ahorita y mañana vengo?'"


    Mirna
    Presa por delito de narcotráfico