"Firmas"

"¿Barbarismos?"
15/11/2015 07:41

    ¿Quién hace la lengua? ¿Quién dicta su estructura gramatical, sintáctica, morfológica? ¿Quién se arroga el derecho de establecer qué es lo que está bien o mal dicho en una lengua? ¿Es el español, el castellano, una lengua cuya precisión instrumental debe emanar de la llamada Madre Patria? ¿Cuál es el tribunal desde el cual se decreta la pertinencia o no de una palabra, de una frase, de una grafía?
    Desde que somos pequeños escuchamos cómo es que los adultos lo corrigen a uno cuando emitíamos expresiones que se pasaban al otro lado del dique del bien-decir.
    No sin cierta o, de plano, abundante sorna, algunos compañeros de juegos o de escuela en la infancia, incluso, dejaban destilar su presunta sabiondez (¿o será sabihondez?), corrigiéndolo a uno, pero al precio de dejar también una estela de humillación en quienes se hacían acreedores de su "conocimiento".
    La serie se extiende sin mucha dificultad: nuestros padres, nuestros tíos, abuelos, los amigos, nuestros hermanos, los vecinos, el tendero, los maestros, la novia, el novio, los suegros… Una amplia gama de personajes desfila en nuestra memoria decretando a diestra y siniestra cómo es que las palabras deben de decirse para que no pierdan su semblante de normalidad, cómo es que se debe de hablar. ¿Pero es que hay un amo en el lenguaje?
    "No se dice 'diferencia', se dice diferencia', 'no es 'haiga' es haya", y el profesor: "¿cómo dijiste? ¿'ocupo' un lápiz? ¡Pues no! Se dice 'necesito' un lápiz". O el compañero de secundaria: "¿Ya oíste cómo dice fulanito? ¡Rejúntalo! (risas)". "Es que a mí me gusta jugar a la 'conea'… ¿Conea? ¿No será 'con ella'?" "No se dice copéalo, se dice cópialo". Y no se digan los "dijistes, llegastes, venistes" tan ridiculizados por el esnobismo televisivo: la hilaridad que provocan entre los chavos pulveriza a cualquiera.
    Se puede ser víctima o victimario: la vida siempre se encarga de darnos la dicha de poder corregir al otro. Porque lo peor es que quien se ha visto ridiculizado alguna vez por su forma de hablar, jamás perderá la oportunidad de tomar revancha: en cuanto se pueda, habrá que aplastar al otro pertrechado en la coartada del "deber de enseñar" a quien lo necesite, derecho que nos otorga quién sabe quién.
    ¿Pero es que no se ve claro aquello de lo que se trata? ¿No es acaso un tanto siniestramente extraño que la burla o la reprimenda se encuentren siempre al lado de este tipo de actos dignos de la pedantería más odiosa? Los seres humanos, no cabe la menor duda, siempre nos las arreglamos para hacer funcionar eso que se llama intolerancia hasta en las zonas más inimaginables. Pues bien, habría que preguntarnos si no es la lengua ese lugar que se nos revela como el último reducto de nuestra capacidad para no tolerar al otro.
    Aprendí de Don Antonio Alatorre que el idioma tiene vida porque no deja de transformarse. Todo lo que tiene movimiento tiene vida, decía Alatorre. Aprendí de él, también, que la lengua la hacen los hablantes, los usuarios. Que una palabra, por más mal que nos suene, tiene plena legitimidad si una amplia comunidad lingüística la pone a circular. El respaldo que un acento o melodía que se le imprime a la forma de decir nuestro idioma, una frase, un rasgo fonético, una estructura sintáctica, tienen, les viene de quienes han construido sin proponérselo la lengua que habitan y que los habita.
    Así que si en Sinaloa decimos "ocupar" como sinónimo de "necesitar" es perfectamente legítimo. Si Sabines hubiera nacido en Argentina, no habría escrito "se dice, se 'rumora'", sino, 'se dice se 'rumorea'". En Zavala, Concordia, el pueblo de mis padres, aquellos que no habían nacido ahí eran "frastreros" y no "forasteros".
    Para decir que alguien no tardaba en llegar, decían, "no hay 'lata' en venir" (en lugar de "no 'dilata' en venir"). Murciélago, siempre lo digo, era antiguamente, "murciégalo", es decir, murcia ciega…
    Ahí donde nuestra intolerancia se inflama cuando escuchamos a los dominicanos decir, por ejemplo, "aquí estoy en la 'puelta' de tu casa", ahí es donde quizá tendríamos que encontrarle el placer a la diferencia. Porque es eso: la absoluta indisposición anímica que exhibimos para disfrutar de aquello que nos hace diferentes y que le imprime a la existencia en general su rostro más entrañable, más vivaz, más colorido.
    Freud decía que cuando cedíamos en las palabras, terminábamos cediendo en los hechos: nuestra intolerancia lingüística se nos puede escapar y se nos puede derramar en la vida de todos los días. Y para odio, ya tenemos bastante.


    orpinela74@hotmail.com