"Firmas"

"Los otros, los olvidados: el lado B de Octubre Rosa..."
16/11/2015 12:17

    Cuando mi madre escuchaba su nombre en los labios de mi padre, volaba. Era cuestión de que José Orpinela Brito gritara "¡Conchita!" para que mi madre suspendiera aquello que estuviera haciendo, viendo, escuchando u observando y acudiera en su auxilio. Que si le faltaba sal a la comida, que si ya se había terminado de bañar, que si ya estaba hecho el desayuno, que si ya me había encargado las tortillas, que si le podía subir más al volumen de la televisión, que si ya me había dicho a mí que un amigo me buscaba, que si ya le tenía lista la ropa que se iba a poner, que si ésas eran las pastillas que le tocaban y no otras. En fin. Mi padre siempre estaba poniendo a prueba la paciencia y la eficiencia de mi madre.

    Y no es que mi padre fuera uno de tantos maridos tiranos cuyo machismo se desbordara por los poros de su piel. O tal vez sí lo era un poco, aunque en este caso su dependencia hacia mi madre ante mis ojos se justificaba absolutamente. El motivo por el cual mi padre pasaba las horas del día con el nombre de mi madre a flor de grito no era tampoco precisamente el del amor -aunque la adoraba-. No. Si mi padre solicitaba el apoyo permanente de mi madre en cada una de las labores que le eran posibles llevar a cabo durante el día, era porque estaba enfermo. Muy enfermo. Prematura y lastimosamente enfermo.

    Mi padre padecía diabetes -o diabetis, como se decía en aquella época en la que no existían tantas campañas para prevenir esta enfermedad- desde los cuarenta o cuarenta y cinco años. Su páncreas dejó de funcionar como debería desde esa edad aproximadamente y poco a poco el cuerpo se le fue volviendo, en cuanto a enfermedades agregadas, arroz de todos los moles. Mi padre tenía, por ejemplo, glaucoma (una enfermedad ocular que consiste en desarrollar presión en los ojos) que a la postre lo dejaría completamente ciego. Sufrió un par de derrames cerebrales, conocidos por el común de los mortales como embolias, que le dejaron secuelas difíciles de superar. Luego tuvo una caída y se fracturó la pierna y el fémur se le "salió" de la pelvis.

    Así las cosas, mi padre, cuando yo era todavía un niño de diez o doce años, era principalmente ciego, diabético y caminaba con muchas dificultades. Además, la oscuridad en la que se le iban las horas hacían de él un hombre callado, para quien, sin embargo, siempre había buenos pretextos para conversar. Yo le preguntaba cosas acerca de las tareas que me dejaban en la escuela y mi padre, raudo y veloz, sacaba de su chistera las más inverosímiles respuestas que tejía una a una para regalarme, siempre, información de gran calidad aderezada con datos curiosos de los cuales mis compañeros siempre carecían. No había Google, pero estaba mi padre con su prodigiosa memoria. Recuerdo a mi madre diciéndome: "pregúntale a tu papá, a mí eso ya se me olvidó".

    Pero lo que mi madre no olvidaba nunca era justamente la atención de lujo que le brindaba a mi padre, sin la cual, seguramente, su dignidad de padre de familia, de hombre, de ser humano, de simple mortal, habría sido seriamente mancillada por el cruel paso del destino. Mi madre, insisto, no se olvidaba nunca de prodigarle a mi padre los más amorosos cuidados, porque aunque en ocasiones se quejara, siempre estaba al pie del cañón con él para lo que la necesitara. Literalmente: para lo que la necesitara.

    Es cierto, mi papá no tenía cáncer, pero padecía otras enfermedades que lo confinaban a vivir una vida por demás desprovista de algunos de los más hermosos placeres. Una vida en la que para conducirse dentro de ella necesitaba, en buena medida, de alguien más. Bueno pues, en esa penumbra en la que vivió los últimos años de su vida adquiere primordial importancia la figura relevante de mi madre, esa columna inquebrantable en la que mi padre se apoyó hasta el último suspiro.

    Mi madre fue para mi padre sus ojos, su pierna para siempre lastimada, su páncreas disfuncional, sus manos en la oscuridad, su esposa, su amiga, su confidente, su secretaria personal, su porrista oficial, su bastón, su enfermera personal, y, finalmente, su propia madre cuando las cosas con su salud ya fueron muy mal y su cuerpo comenzó a deteriorarse en serio.

    Es cierto, mi padre no tenía cáncer, pero el sacrificio que yo vi en el rostro de mi madre para aliviar el sufrimiento constante de mi padre se parece mucho al de esos ángeles que junto a la cama de un enfermo oncológico, su enfermo, derrochan generosidad y desprendimiento con tal de que el lamento de una noche convulsa no se prolongue más allá de lo humanamente posible.

    Pues bien, este texto va dirigido a esos olvidados actores secundarios en los que muchas veces descansa el destino de un enfermo oncológico o no. Las células cancerígenas se apoderan del cuerpo de quien de un momento a otro empieza a desarrollar un tumor, pero no cuentan con la astucia -como decía El Chapulín Colorado- de esos otros que, sin ofrecerle siquiera un hombro al cáncer, terminan siendo incondicionales de aquellos a quienes desafortunadamente el cangrejo ha tomado en su malignidad.

    Esos otros, los vigías, los olvidados de esta historia, edifican fortificaciones en cuyas cornisas colocan el letrero solemne de que "dos son siempre más fuertes que uno". Esos familiares que dedican día a día buena parte de su vida para cuidar de su enfermo, espantan con su tierna mirada el acecho incesante de los buitres, de los zopilotes que planean encima de quien intenta afirmarse a la vida sin más fuerzas que las que su golpeado cuerpo les ha dejado.

    Que octubre no sólo sea para recordarnos que debemos anticiparnos a la malignidad que representan los tumores cancerígenos, sino que también nos sirva para homenajear a todos esos seres de luz que se mantienen fuera de los reflectores, y que con sus lágrimas son capaces de limpiar las heridas de guerra de sus amados enfermos.

    A esos ángeles, a esos seres que viven discretamente en el lado B de esta historia, a ellos va dedicado este humilde manojo de letras. A la memoria de mi madre. A Edna Butchart. A Luz María Chombo. Y sobre todo, a mi esposa Elizabeth Villalva Castro. Guerreras todas ellas, también, incansables.


    orpinela74@hotmail.com