La cultura occidental ha hecho del rosa un color eminentemente femenino.
El matrimonio que espera su bebé con ansiedad desmedida no ve la hora en la que el ginecólogo les defina de una vez por todas si van a tener niño o niña, entre otras cosas, por la sencilla razón de que esa noticia les permitirá iniciar la adquisición de los enseres correspondientes. Si es varón, la familia le iluminará de azul los primeros años de su vida; si es una pequeña damita, el rosa será el color que sature los primeros momentos de su estancia en este mundo.
El rosa es un tono suave, delicado, que ha sido asociado desde hace años al género femenino, en la medida, supongo, en que representa las características de las mujeres en relación y en oposición a las de los hombres, que, se dice, son más dados, por ejemplo, a la rudeza síntesis de la virilidad. "El hombre debe tener las tres 'efes'", decían las abuelas: "feo, fuerte y formal".
Más allá de la carga evidentemente ideológica que estas expresiones vehiculizan, el rosa y el azul han terminado por consolidarse como los dos colores que, al menos en occidente, simbolizan la llegada de una niña, por un lado, y de un niño, por el otro, a la existencia. Independientemente de que, después, tanto ese niño como esa niña asuman quizá un género distinto al de su sexo, en primera instancia serán recibidos por estos dos tonos que al principio intentarán representarlos como dos chicos de opuestas características psico-socio-sexuales.
Hoy en día, sin embargo, ese tono suave, delicado, honesto y tierno que es el color rosa, ha sido elegido para encarnar el símbolo de una lucha: aquella que se libra desde hace muchos años en contra de un determinado tipo de cáncer: el de mama. Un cáncer muy femenino, pero que en la evolución que ha marcado el combate sin tregua que se ha gestado en contra de él, podemos rastrear las trazas de una paradoja que al menos de entrada nos pone a los varones frente a mujeres que de pasivas y de suavecitas tal vez no tengan mucho. El rosa se vuelve duro, agresivo, un grito de guerra que concibe batallas épicas en contra de la oscuridad mortífera del cáncer.
Octubre ha sido elegido también como el mes de la información sobre el cáncer de mama. Como el periodo en el que la luz debe entrar en los hogares de todos para sembrar la semilla de la cultura de la prevención. Y aunque quizás el cáncer no puede ser prevenido como tal, la que sí puede ser prevenida en buena medida es la muerte cuando ha pagado su boleto como pasajera del tren de esta maligna enfermedad.
La anticipación es la única posibilidad que existe para salir victorioso de una batalla en la que está de por medio la vida. Como ya lo mencioné en la entrega anterior, en la medida en que esta enfermedad pueda ser diagnosticada en una etapa inicial, la probabilidad del éxito del tratamiento será mayor. El listón rosa deberá ser el aguijón que nos impulse a tomar las precauciones necesarias para detectar a tiempo un cáncer que de otra manera nos puede enviar al territorio de la fatalidad.
Nunca será suficiente la insistencia que uno haga para que las mujeres exploren su región mamaria; nunca será suficiente insistir en que los varones acudan con su médico en cuanto perciban en su región testicular algún tipo de molestia que sea persistente y particularmente dolorosa; nunca será suficiente insistir en que las autoridades sanitarias de nuestro País promuevan con mayor tenacidad una cultura del cáncer que le permita a los ciudadanos tener las herramientas adecuadas para acudir al médico en cuanto perciban que su cuerpo les grita que algo del orden de la tumoración maligna se está gestando en algún lugar de su territorio.
Una mujer no se convierte en una guerrera sólo porque el cáncer haya tocado alevosamente a su puerta. No. El cáncer no la hace una luchadora incansable nada más porque sí: lo que la transforma en una mujer que ha elegido no dejarse marchitar por esta enfermedad es la poderosa decisión que ha tomado desde ese momento de extraer de sus entrañas toda la valentía y la fuerza que ya anidaban en sus venas y que tal vez la vida no le había dado la excusa suficiente como para mostrarlas a los cuatro vientos.
Lo que convierte en una guerrera a una mujer con cáncer de mama es esa determinación de reaccionar con pundonor y dignidad ante este tsunami celular. Porque si el cáncer de mama se ha presentado y ha atravesado alevosa y cínicamente la puerta de una mujer en todo el sentido de la palabra, así de alevosa y cínica deberá de ser la respuesta que habrá que darle a este intruso.
Si por algo se merecen todo nuestro respeto y nuestra admiración las mujeres que sostienen día con día una guerra sin cuartel contra el cáncer que ha invadido su bello torso, es por el brillo que adquieren en virtud de su deseo infranqueable e irrefrenable de aferrarse a la vida, la única vida que, por lo demás, tenemos. La mujer con cáncer de mama dice "esto es lo que hay" y entonces se prepara hermosamente para dar la batalla desde que amanece hasta que anochece. Una guerrera es quien ha demostrado que ha advertido que mientras respire, no puede parar de luchar; que mientras pueda contemplar los sonidos de este mundo, no puede abandonar su estoica voluntad de vivir hasta el último aliento. Porque la vida no se acaba hasta que se acaba.
¿Rosa suave, tierno, femenino? ¡Qué va! ¡Cuánto tendríamos que aprender los varones de estas mujeres incansables cuya agresividad nunca fue mejor canalizada! ¡Cuánto tendríamos que aprender algunos hombres de lo que significa vivir gracias al coraje que es digno de mejores causas como ésta de tener que hacerle frente día con día a este enemigo pendenciero, traicionero y, eventualmente, mortal!
No me cabe la menor duda que estas guerreras han transfomado el rosa en el color de la dignidad, del coraje y del deseo irrenunciable de vivir.
Octubre se tiñe de la lección rosa que muchas mujeres nos dan con su íntima guerra: esa que pelean a diario a veces secretamente y a veces gritándola para que otras no tengan que pasar por lo mismo que ellas. Toda mi admiración para ellas, y para ellos también, para quienes padecen cualquier tipo de cáncer: para quienes independientemente de su sexo, nos dicen a cada rato que la esperanza de un futuro mejor siempre es posible, justa y necesaria.
Octubre rosa: porque la vida no se acaba hasta que se acaba.
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