Arturo Santamaría Gómez
La congestión del paseo costero
1. No todos los puertos del mundo tienen como su principal lugar de reunión la avenida que da la cara al mar. En Mazatlán sí.
Quizá el inconciente colectivo local se ve seducido por el infinito marino, el recuerdo de los atardeceres violetas, sanguíneos o naranjas, o los paseos infantiles en la playa; lo cierto es que los mazatlecos gustamos de reunirnos con la serpentina costera para cualquier pretexto.
Puede ser también que el trazo urbano que nos dejaron los arquitectos de antaño no consintió o no previó que hubiese amplias explanadas o plazas donde pudiera congregarse masivamente la gente.
También es muy cierto que no se construyeron avenidas, grandes y atractivas, que pudieran ser alternativas al paseo marino, el cual cambia de nombre muchas veces, pero mantiene una continuidad de más de 18 kilómetros.
Cualquiera que sea la razón o combinación de razones, lo que no podemos negar es que Paseo de Olas Altas-Paseo Claussen-Avenida del Mar-Camarón Sábalo-Sábalo Cerritos es la arteria por la que corre nuestra vitalidad.
Así ha sido, así es y así será.
No tengo a la mano uno de los libros de historia de Sinaloa donde Eustaquio Buelna nos narra las concentraciones políticas mazatlecas de mediados del siglo XIX, pero si la memoria no me traiciona tenían como sitio la Calle Principal, en la actualidad Belisario Domínguez, en su nacimiento frente al Puerto Viejo.
Ya a principios del siglo XX no tengo ninguna duda de las muchedumbres se reunían en Olas Altas porque hay fotografías que así lo constatan. La gira proselitista de Francisco I. Madero en 1910 y la de José Vasconcelos en 1929 pasaron obligadamente por Olas Altas.
Y ya no hablemos de los desfiles del Carnaval.
El destino que marcó la naturaleza está ahí, la obra de los arquitectos y las tradiciones también, pero la historia demanda cambios.
Mientras Mazatlán fue una ciudad pintoresca, risueña y pequeña el paseo marino, siendo el camino de todos, toleraba cualquier desfile, marcha, concentración política, fiesta o competencia deportiva, a cualquier hora y cualquier día. Pero ya hace varios años que Mazatlán dejó de ser eso.
Por el contrario, ya es una ciudad compleja, muy ocupada, muy transitada y diversa. Y si no es grande en población sí lo es en extensión.
Una ciudad así ya no soporta ruido a todas horas ni en cualquier lugar, ni que su principal rúa, un día y otro también, sea ocupada por desfiles de todo tipo, competencias de toda índole y fiestas de cualquier corte interrumpiendo continuamente la fluidez vial.
Si leemos cartas al director del diario y los comentarios a las noticias más leídas en la versión electrónica de Noroeste podremos darnos cuenta que hay un número creciente de ciudadanos que se quejan y protestan por los constantes usos extra viales del malecón.
La crítica no es gratuita ni respingona sino plenamente fundada. Se pierden muchos minutos, se llega tarde al trabajo o a la escuela, se contamina más, se provocan accidentes viales, se ensucia más la ciudad, etc; cuando se permite que eventos, con o sin autorización, se llevan a cabo en el listón costero.
Que el día del estudiante, que el día del niño, que el día de la primavera, que el día de la reina de no sé qué, que el desfile de los motociclistas, que el mitin de no se qué candidato, que el triatlón, que el maratón, que los juegos olímpicos juveniles, etc; etc. Todos invaden la parte más céntrica de la arteria marina, generando grandes y frecuentes desordenes viales.
Algunos teóricos de los desarrollos turísticos, como G. V. Doxey, ya han advertido en sus modelos analíticos cómo se pasa por diferentes tipos de relación entre los turistas y los habitantes de un lugar: euforia, apatía, molestia/irritación y antagonismo.
La etapa o tipo de relación donde predomina la molestia/irritación, como la que ya observamos cada vez más en Mazatlán, está cerca del punto de saturación de un destino y aparecen los problemas de congestión física que suscitan malestar. Es cuando los residentes empiezan a sentirse recelosos de la actividad turística. Los actores políticos y planificadores tienden a buscar soluciones que en realidad generan un aumento de infraestructura sin limitar el crecimiento. (Ver Estudio Comparativo de Playas: Mazatlán, Acapulco, Cancún y Los Cabos, de Adriana Barbosa y Arturo Santamaría, Ed. UAS, 2006).
Para no llegar a la fase del antagonismo entre mazatlecos y mazatlecos versus turistas, es urgente que las autoridades entiendan que la ciudad necesita un reordenamiento donde no se puede permitir que todo se celebre en la zona más congestionada del paseo marino. Deben buscarse alternativas en la Juan Pablo II, en la zona más lejana de la Sábalo Cerritos o en la Avenida la Marina, pasando la Colonia Pancho Villa, entre otras.
Es necesario prever para evitar problemas mayores.
Graffiti al lado del Riu
2. Es difícil imaginar que en otro espacio turístico del mundo se inaugure un hotel de lujo, de enormes proporciones y relevancia para una localidad, tal y como sucedió con el Riu en Mazatlán, al lado de otro edificio pintarrajeado por todos lados. Eso no sucede ni en la cercana Zona Dorada, muy desgastada y maltratada pero donde no hay ni un solo muro con graffiti. Sorprende que ni los propietarios del hotel, ni las autoridades del Centro Regional de Investigaciones Pesqueras (CRIP), ni las autoridades municipales hayan percibido que en un lugar turístico de altura no puede haber tales muestras de descuido.
Los ocupantes del CRIP han de decir ¿y nosotros por qué habríamos de borrar el graffiti para que el hotel luzca mejor? Además, podrían agregar, esos garabatos tiene ahí meses o quizá años. Quizá, si pensaran que una ciudad es de todos y que esas pintas dan una impresión de enorme descuido o indiferencia a la suciedad, podrían eliminarlas.
Si las autoridades locales entendieran que es importante que un hotel de esa categoría no puede estar al lado de un muro de rostro vandálico podrían haberlo pintado o pedirle a sus ocupantes o los gerentes del hotel que ellos lo hicieran.
Lo que sorprende todavía más es que los dirigentes de la nueva instalación turística no vean como relevante que su entorno luzca impecable y con aires de seguridad, y ellos mismos hubiesen procedido a blanquear las paredes rayadas.
Este tipo de situaciones, que parecen insignificantes, donde no hay cooperación ni sinergias, obstaculizan el mejor desenvolvimiento de una ciudad, sobre todo si es turística, donde los impactos visuales son muy importantes.
¿Es inevitable la suciedad?
3. Por si fuera poco lo anterior, al lado del CRIP y a unos cuantos metros del hotel, la lengua de mar que bordea el edificio público está permanentemente agredida por botellas de plástico, envolturas y basura de todo tipo. Si el levantamiento de la enorme masa de concreto daña de manera inevitable la naturaleza que yace a su lado pues, por lo menos, podría pedirse que sus empleados limpien un entorno que nos los ayuda a presumir.