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"Lecciones de Alemania"

"Nunca... un muro más"

"Sigrid Seiferling de Ayala, alemana radicada en Sinaloa, recuerda cómo la edificación de aquella muralla de piedra que dividió a su país quitó a toda una generación el derecho a la libertad y al desarrollo"
07/11/2015 14:24

    CULIACÁN._Cada vez que la madre de Sigrid Seiferling escuchaba las sirenas en Berlín Occidental, en la casa familiar retumbaban sus llantos y gritos de angustia: "¡No, no, ya no!". Eran los años de la posguerra.
    Sus tres hijos intentaban tranquilizarla, diciéndole: "Ya no, mamá, ya pasó la guerra. Son las sirenas de las fábricas, porque los trabajadores están saliendo".
    Cerca de su hogar se erigía el Muro de Berlín, que había robado a todos los alemanes el aire, la libertad.
    Fue esa muralla, primero de alambre de púas y luego de piedra, la que esta alemana radicada en Culiacán vio edificar durante su juventud, y derrumbarse un 9 de noviembre de 1989.
    El Muro quitó a todos derechos civiles y libertades.
    A Sigrid le significó no ver ya con frecuencia a la abuela materna, viuda, y nacida en el "lado oriental".
    Ventiocho años pasaron para que la abuela volviera, definitivamente, a casa.

    Historias partidas
    Eran las 6 de la tarde del 13 de agosto de 1961 cuando Sigrid supo que estaban levantando el Muro, el que dividió al mundo en capitalismo y socialismo.
    "Yo tenía 14 años. Estábamos en la escuela. Llegó el maestro y nos dijeron que habían empezado a levantar el muro; era para no creerse; los muchachos empezaron a gritar '¡Es la tercera guerra mundial!'
    "Eso fue para mí muy doloroso, en ese momento pensé: 'jamás vuelvo a ver a mi abuela', quería mucho a mi abuela. Pero no tenía problemas como otros compañeros, con su mamá en un lado y a su papá en el otro.
    "Algunas llegaron hasta desmayarse, porque todos vivíamos con familias divididas en los dos lados de Alemania. 'Ya no voy a ver a mi mamá', decían, "el muro va a durar, y luego el muro fue creciendo, cada vez lo forzaron más, porque miles de personas todavía lograron escapar cuando estaba recién construido, pero cada vez lo ponían más difícil".
    Sigrid fue de las jóvenes alemanas que creció conociendo historias de vida y muerte alrededor del Muro.
    "Todos los días oía que habían matado gente, que trataban cruzarlo. La gente vivía sin libertad, sin alegría. Por ejemplo, los muchachos jóvenes de Berlín Oriental (lado comunista) no podían oír aquellas canciones de Elvis Presley, estaba prohibido todo eso (por el régimen comunista)".
    Tampoco, asegura, pudieron tener las oportunidades de progreso y superación de ellos.
    "Porque la parte de Alemania que quedó en manos de rusos, de educación rusa, comunista totalmente, entonces los jóvenes no podían escoger su carrera, todo estaba decidido por el Gobierno".
    El día que colocaron la primera parte del Muro, recuerda, una pareja iba a casarse. Pero los novios quedaron separados.
    "La muchacha se quedó vestida de novia, el novio estaba en el lado occidental y no podía pasar. A esa novia le hicieron un templete especial, y se brincó del tercer piso, para poder casarse, para estar con su novio de toda la vida".
    Y es que el Muro no sólo partió la vida política y económica de Alemania, sino sus afectos y sentimientos.
    Mucha gente, recuerda Sigrid, inventó cosas para poder salir del lado oriental, pero también hubo muchos muertos, por parte de los soldados rusos que custodiaban el Muro.
    "Berlín quedó como una isla, del lado británico, francés, americano; nomás el lado ruso no devolvió su parte; para poder pasar al lado occidental teníamos que pasar a fuerzas por el territorio ruso en carro, caminar a 50 kilómetros. Si caminabas más te 'balaceaban', llegabas a la frontera".

    Vivir entre guerras
    Sigrid nació en 1947, dos años después de concluida la Segunda Guerra Mundial.
    Su padre fue militar, nacido en 1899. Se casó ya "grande" con su madre, 25 años menor que él. Kurt Seiferling vivió las dos guerras mundiales del siglo 20. Por él supo del dolor de los campos de concentración.
    "Mi abuelo fue Almirante, mi padre quiso ser sacerdote, pero por tener un padre tan dominante no pudo ser. Tenía que ser militar a fuerzas.
    Fue el carácter bondadoso de Kurt, afirma, el que lo impulsó a usar el nombre de su padre, el Almirante, para tener acceso a los barcos y ayudar a judíos, perseguidos por el régimen nazi.
    "Él juntaba en el sótano de nuestra casa a un grupo de judíos y los echaba fuera; en una de esas lo agarran, lo meten a un campo de concentración junto con los judíos, pero como era de alto rango, y mi abuelo sí era nazi, entonces lograron sacarlo, en cuanto comienza la Segunda Guerra Mundial".
    A pesar de vivir dos "guerras feas" y soportar el maltrato incluso de los americanos, cuando cayó a un campo de concentración, su padre siempre fue un hombre con una paz espiritual, y lleno de Dios.
    "Eso me hizo la vida muy agradable", relata.
    A su madre, en cambio, le afectó emocionalmente la guerra.

    Las brechas sociales
    Por la abuela que vivía del "otro lado", y que por su avanzada edad el Gobierno comunista la dejaba cruzar cuando mucho una vez al año a Berlín Occidental, con un permiso especial de la Cruz Roja, Sigrid supo cómo el sistema ruso iba rezagando cada vez más a Berlín Oriental.
    "Mi mamá le compraba zapatos cómodos, medias, no había cítricos en el otro lado, ni chocolates; estaba muy pobre, muy pobre".
    La frontera divisoria entre comunismo y socialismo ahondó las brechas sociales entre los alemanes, entre ricos y pobres, en ambos lados del Muro.
    "Fue toda una generación. La gente que había nacido en el lado oriental, cuando abrieron el Muro de Berlín, ni siquiera estaban informados de lo bien que vivíamos nosotros; desconocían todo eso.
    "Claro, en el lado oriental los que 'vivían bien' era la gente del Gobierno, la gente poderosa, de la 'alta', los políticos; esos importaban los productos que querían y vivían en casas lujosas, tenían muchas cosas, y ellos sí se informaban cómo progresaba Alemania Occidental".
    Y es que el sistema socialista controlaba todo: los medios de difusión, las universidades, los medios de producción.
    "No podía ser, no podías ser, no te dejaban ser. Entonces nosotros teniendo parientes en el lado oriental, y viviendo en el occidental, siempre valorábamos eso, ser libres. Por eso cuando vine a México me enamoré de la gente, con aquella sencillez, con el cariño que te reciben. Por la libertad que acá se respiraba".

    La reunificación
    Sigrid, que conserva la nacionalidad, llegó a Culiacán hace 44 años en una visita turística, invitada por un familiar. Acá se enamoró y casó con el arquitecto Alfredo Ayala, con quien procreó tres hijos.
    Pero nunca olvidó sus raíces, visitando con frecuencia Alemania, o manteniendo contacto con sus hermanos, e incluso enviando a sus hijos a su país natal. En Sinaloa promueve la cultura alemana.
    Desde hace 20 años es presidenta de la Sociedad México Alemana a nivel nacional. Da clases de Alemán en el Centro de Idiomas de la UAS y ha sido intérprete hasta de alemanes que "piden la mano" para casarse con culichis.
    Estaba en su país en el otoño de 1989, visitando a su padre de 89 años, para "despedirse de él". Ahí recibió la noticia: el Muro cayó el 9 de noviembre.
    De inmediato se fue a la puerta de Bradenburgo, la antigua puerta de entrada a Berlín, para atestiguar aquel hecho histórico, que puso fin a la "Guerra fría", coronó el triunfo de los ciudadanos por la libertad e instauró un nuevo modelo económico para Alemania, hoy potencia del mundo.
    "Nomás de ver la gente lloré de alegría. La gente encendía cientos de velas en el piso, toda la gente estaba muy emocionada, porque ese Muro que caía es un símbolo en el mundo entero, de cómo se puede dividir un país, cuando no hay libertad.
    "Las tiendas de Alemania Occidental comenzaron a abrir, para regalar comida, chocolates, regalaban todo a la gente, porque fue un acontecimiento, fue una alegría tan grande, ya éramos un país, el muro no dividió nada más a los alemanes, fue una generación totalmente de alemanes, que se dividió."
    Desde hace 20 años, Sigrid guarda como un tesoro un trozo de piedra de aquel muro, en uno de los rincones de su casa.
    "Es un pedazo de mi tierra, es un pedazo donde yo viví, de mi juventud. Es un pedazo de libertad".
    Hoy, dice, no cree que ningún país se atreva a repetir la historia alemana, porque con la caída del Muro dio lecciones de libertad a todo el mundo.
    Nunca un muro más, dice. "No, no, por ningún motivo va a pasar eso, por ningún motivo".


    "Nosotros teniendo parientes en el lado oriental, y viviendo en el occidental, siempre valorábamos eso, ser libres".

    "Todos los días oía que habían matado gente, que trataban cruzarlo (el Muro). La gente vivía sin libertad, sin alegría".

    "En la parte de Alemania que quedó en manos de rusos, de educación rusa, comunista totalmente, los jóvenes no podían escoger su carrera, todo estaba decidido por el Gobierno".