"Pólvora del Siglo 19"

"Tal como ocurrió el pasado domingo en la Colonia Lázaro Cárdenas, de Culiacán, donde una explosión de pólvora mató a dos niñas y su mamá, en 1881 un suceso similar cimbró a Mazatlán"
14/11/2015 09:38

    Tal como ocurrió el pasado domingo en la Colonia Lázaro Cárdenas, de Culiacán, donde una explosión de pólvora mató a dos niñas y su mamá, en 1881 un suceso similar cimbró a Mazatlán. Aquí se narra la historia con base en una carta de la época, proporcionada por el Archivo Histórico de Mazatlán 
    Colaboración del Archivo Histórico de Mazatlán Municipal
     
    Muy estimado y fino amigo:
    Ayer vino a buscarme a la casa el sota de la diligencia de los Torres, quien por indicaciones tuyas, deseaba saber si con lo del siniestro de hace unos días estábamos todos bien. Afortunadamente, lo estamos y con el mismo te estoy remitiendo una carta, en la que te doy algunos detalles de suceso.
    El pasado día 28 de julio nos despertó a todos en la casa una espantosa detonación quien no solo hizo retumbar el piso como si se tratara de un temblor, si no que rompió todos los vidrios de las ventanas que miran al norte, las que estaban cerrada por que había estando lloviendo desde la madrugada. Inmediatamente supuse que había caído un rayo sobre la casa vecina y me levanté a indagar. Vi aparecer en lontananza, sobre el rumbo del Cuartel Rosales, una ancha, espesa y oscura de humo, que me hizo de momento suponer que hubiera hecho explosión el parque de artillería que existe ahí almacenado. Pensé igualmente que como facultativo mis servicios pudieran ser útiles para atender los heridos que con seguridad había en el Cuartel, donde normalmente residen más de mil hombres; me vestí rápidamente tome mi maletín y me dirigí al lugar de la explosión. Cuando pasé por el mercado (1) me entere que el siniestro no había sucedido donde originalmente pensé, si no más cuadras más allá. Casi corriendo y empapado de pies a cabeza, llegue al lugar y observe atónito y horrorizado la visión más espantosa que cualquiera pueda imaginar. Dos o tres manzanas de casas habían caído hasta sus cimientos, sin contar con otras inmediatas que estaban prácticamente en ruinas. En los alrededores se observaba ya reunida mucha gente, la mayoría curiosos, aunque un piquete numeroso de soldados se encontraba trabajando en apagar las llamas que había de las maderas de que estaban construidas la mayoría de las casas. Curiosamente, fue tal la magnitud de la explosión que el fuego que causo fue relativamente poco, además que ayudo el agua que caía.
    Casi junto conmigo llegaron el prefecto Vázquez, el Presidente Municipal Santiago León y los Doctores Zúñiga Escobedo y McHatton así como el general Bernardo Reyes y el coronel Mariano Ruiz, quienes empezaron a dar órdenes a sus hombres. Nosotros los médicos nos dedicamos a atender a los heridos que fueron saliendo por su propio pie de los escombros o extraídos por los soldados, mientras los cuerpos de los muertos se apilan al otro lado. Llegaron tres carretas del ejército y ahí se subieron los heridos para llevarlos al hospital civil (2), que afortunadamente esta cerca, donde se fueron varios de los facultativos, de los que habían llegado algunos más.
    Muy pronto, era una verdadera multitud la que estaba ayudando: policías luchando por mantener alejados a los curiosos y otros auxiliando a los soldados a retirar escombros, todos los sacerdotes de la parroquia ejerciendo su ministerio con los agonizantes y los muertos y tres médicos dando los primeros auxilios y eligiendo a los más graves de los heridos para que fueran transportados de inmediato al hospital, donde obviamente se contaba con mayores elementos para su atención.
    Ahí estuve hasta entrar a la noche, cuando se determino que ya no había sobrevivientes en aquella maraña de maderas, ladrillos, adobes, lamina y tejas que el día anterior habían sido casa de un barrio de gente humilde. Entonces me fui al hospital, donde se habían colocado numerosos catres proporcionados por la Sociedad de Beneficencia, ya que las camas con que cuenta normalmente no alcanzaron para la gran cantidad de heridos que se encontraban en el lugar.
    La información que me dieron ahí otros colegas respecto a la causa del siniestro, fue que este horrendo suceso fue provocado por la explosión de un deposito de pólvora en barricas, de la que se trae para minas, alguna pólvora gigante y aun decían que cajas de Tonita, que algunas casa de comercio tenían depositadas en la casa de María Valdez. La opinión general que prevalecía en el lugar era que el culpable directo fue el Ayuntamiento, por haber permitido que se almacenaran productos fácilmente inflamables en un barrio tan poblado.
    Al día siguiente El Occidental dio la noticia del siniestro de manera prominente, así como que el número de muertos hasta ese momento eran treinta y cuando menos treinta y cinco los heridos. Claro que estas son las cifras oficiales, porque aunque no tuve la precaución de contar los muertos, que sacaron del lugar, estoy seguro que fueron mucho más de treinta, nada más mientras que permanecía ahí.
    Estuve la mayor parte del día siguiente en el consultorio y en el hospital pendiente de los heridos del siniestro de la mañana anterior, y en la nochecita fui, como es mi costumbre a la Anáhuac (3), donde estaban reunidos los parroquianos habituales: Cardinault, Kerdell, Retes, Canobbio, Beltrán, Gavica y Guzmán. (4).
    Obviamente el tema único de conversación era la explosión. Allí me entere que fueron doscientas barricas de pólvora y siete cajas de Tonita las que hicieron explosión, que estaban en un deposito que eran propiedad de Charpentier y Reynaud (5), pero que la mayor parte de tales explosivos pertenecían a Peña y Compañía y a Bartning y Compañía (6).
    La opinión que culpaba ala Ayuntamiento se había generalizado a tal grado que se mencionaba que el Gobernador cesaría a los miembros de la Corporación por su terrible descuido al permitir que dentro de la ciudad existiera un depósito de explosivos, y que incluso había la posibilidad de presentar cargos del orden penal contra el presidente de la Comuna, Santiago León. Ello además de la responsabilidad que tenían los comerciantes. También publico ese día El Occidental un oficio dirigido por el Prefecto Bernardo Vázquez al juez de Primera Instancia, por el que le solicitaba su intervención en la averiguación del siniestro.
    El día 31 El Occidental publico una nueva nota del Señor Vázquez al Juez POR LO QUE LE RECTIFICA LA CANTIDAD DE POLVORA y explosivos que causaron el siniestro. De propiedad de Bartning Hermanos fueron veintidós cajas de pólvora Tonita con un total de 1,100 libras y veinte de cajas de pólvora Hércules o Gigante con 1,050 libras, mientras que de propiedad de Charpentier y Reynaud era veinte cajas de pólvora Gigante, con 1,000 libras, así como que el local lo rentaban estos últimos señores desde el año 1879 a la Señora Valdez por seis pesos mensuales, y que tal deposito lo constituyeron con la autorización verbal del entonces Prefecto, Don Antonio Gómez, y que ellos lo subarrendaban a Bartning y a Peña. Con tal cantidad de explosivos no entiendo como el siniestro no fue mayor.
    Es claro que el Ayuntamiento tuvo que defenderse ante las acusaciones de negligencia que se levantaron en su contra y es probable que le hicieran saber al Gobernador Martínez de Castro que la culpa debería recaer en todo caso sobre el Prefecto Vázquez, bajo cuyo mando directo ésta la fuerza pública y la aplicación de Bando de Policía.
    Por lo pronto el Juez dictó orden de aprehensión contra los Jefes de las Casas de Comercio propietarias de los explosivos, y como consecuencia fueron a dar a la cárcel Otón Bartning, Antonio de la Peña y Luis Reynaud. Pero solamente por una hora escasa, ya que usando de sus influencias, que son muchas, lograron que se les diera la ciudad por cárcel y andan tan tranquilos como si nada hubiese sucedido.
    El Gobernador envió el día 4 de Agosto un telegrama a Don Bernardo, donde le recriminada su culpabilidad y le advertía que ya el Supremo Tribunal de Justicia estaba Avocado a la investigación de los hechos.
    Seguramente atemorizado por la responsabilidad que pudiese fincársele, Vázquez contestó el telegrama del Gobernador haciendo una extensa apología de su supuesta inculpabilidad, asegurándole que el depósito no había sido autorizado por, él, ni podía estarlo, ya que el Bando de Policía no previene nada al respecto. Que además, nunca fue denunciado el depósito citado ni por la policía ni por ningún particular, ya que de haberlo hecho, él seguramente que habría fijado su atención en el inminente peligro que ofrecía para haber tomado las medidas que se requieran.
    ¡Válganos Dios, ahora resulta que de los doce mil habitantes de Mazatlán, el Prefecto del Distrito era el único que ignoraba la existencia de tales depósitos!
    Continua Don Bernardo diciendo que en el escaso año que tiene al frente de la Prefectura, difícilmente podría haber tenido tiempo para dedicarse a revisar el Bando de Policía, ya que muchas atenciones, también de alto interés público, lo han tenido entregado a tareas casi superiores a sus fuerzas. Y terminan pidiéndole que espere que el Gobierno no acepte ninguna de las inculpaciones en su contra, sino antes bien apruebe su conducta.
    Pues bien, si la Prefectura no había sido responsable, entonces lo debió haber sido la Autoridad Municipal, no existía otra posibilidad, y hacia el Ayuntamiento se cargaron todas las recriminaciones. Muy hábilmente, el Cabildo acordó entonces mandar publicar en El Occidental, El Decreto expedido por el Ayuntamiento de 1877, sancionado por el entonces Prefecto del Distrito Don Jesús Escobar por el cual quedo estrictamente prohibido tener dentro de la ciudad depósitos de pólvora o cualquiera otra sustancia, que pudiera causar estragos, así como el tránsito de dichos productos por las calles, ay que los mismos deberían ser siempre desembarcados precisamente en la Playa del Astillero para de ahí ser llevados a las casa Mata donde quedarían depositados.
    Quedo así bien demostrada la evidente responsabilidad de Don Bernardo, quien debió haber hecho cumplir tal disposición. Pero como tanto peca el que mata la vaca como el que le detiene la pata, la gran mayoría de los mazatlecos estamos consientes que ambos, Prefecto y Cabildo son tan responsables uno como el otro de la tragedia que causo la muerte de tantas personas inocentes, uno porque no hizo cumplir la ley y el otro por no exigírselo.
    Nadie sabe que poderosas influencias se movieron los altos niveles, pero ni el Juzgado correspondiente ni la prensa, ni ninguna autoridad volvieron a referirse al asunto. Como se dice coloquialmente, se le hecho tierra.
    Desde entonces el Ayuntamiento las únicas medidas que a tomado fueron ordenar retirar el depósito de más de mil de cajas de petróleo que existían depositadas de Doña Jesús Smithers por las Olas Altas (7), así como los demas depósitos de pólvora que existen en la ciudad, los que en el futuro deben de quedar localizados más de quinientos metros de toda habitación. Además, generosamente ordeno que se repartieran trescientos pesos entre las familias de los que fallecieron. Días después se supo que aprobó se pagara el costo de 98 palas y doce zapapicos que se pidieron a la Casa Charpentier y Reynaud para usarse en las labores de rescate y extracción de cadáveres. ¡Habrase visto mayor cinismo!
    Dudo mucho que en el futuro se vuelva a hablar de este crimen y quedará, como tantos otros, impune para siempre.
    Que Dios te conserve con salud y te dé prosperidad, son los más claros deseos de tu amigo. Fernando Díaz.
    De Mazatlán a Septiembre 7 de 1881.
    A Don Carlos Vega
    Domicilio conocido
    Cópala, Sinaloa.
     
    (1) El mercado de la ciudad de esta época y hasta el año 1900 en que se cambio a su ubicación actual, ocupaba el espacio de la conocida hoy como Plaza Republica. (2) El Hospital Civil, en esta época ocupaba un edificio en la parte sur de la manzana comprendida entre las calles 5 de Mayo, Morelos, Belisario Domínguez y Zaragoza. (3) La cantina el Anáhuac, estuvo situada en la calle el Carnaval, entre las de Constitución y Mariano Escobedo, muy cerca de la Imprenta y Tipografía de Pablo Retes. (4) Se refiere a los empresarios Edmundo Cardinault, Federico Koerdeell, Pablo Retes, Luis Canobbio, Mauricio Beltrán, Juan C. y Ladislao Guzmán. (5) La Sociedad de Charpentier y Reynaud era propietaria del almacén Comercial llamado Mercería Francesa. (6) La Sociedad Bartning Compañía era propietaria del almacén comercial conocida como el La Voz de Pueblo. (7) La casa de la Señora Jesús Smithers se encontraba situada en el lugar que hoy ocupa el restaurante La Copa de Leche, en la Avenida Olas Altas.
     
    Fuente de consulta: De Mazatlan y otros tiempos OSES COLE ISUNZA 2001. Páginas .151-155
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    Una detonación en julio de 1881, que dejó varios muertos, cimbró la tranquilidad del puerto.
     
    Foto: Cortesía");