"¿RESCATE DE LA SIERRA? | Marginación y la esperanza, 'Lo que quiere uno es comer'"
(Primera de tres partes)
CULIACÁN._ Para llegar a Morirato, Badiraguato, hay que recorrer más de 40 minutos en camioneta a partir de la cabecera municipal, y en el trayecto ver cosechas de maíz secas, montes verdes, gallinas flacas, aves de colores, vacas que se alimentan del monte, arroyos y espejos de agua cristalina.
Más allá: niños que caminan kilómetros para asistir a su escuela.
También hay que pasar por Los Ayales, uno de los pueblos fantasma que existen en lo largo y ancho de la sierra sinaloense: pequeños poblados que por la inseguridad, por vendettas familiares relacionadas a la venta y producción de drogas, se vaciaron, y sus habitantes dejaron casas, tierras y cosechas en pie.
En Morirato el que tiene con qué, siembra maíz, ajonjolí, pastorea ganado. El que no, se resigna a pescar diariamente en el río. El asentamiento es un lugar triste y callado, tan muerto como su nombre.
El rico del pueblo es el dueño del abarrote; el pobre es el común denominador. Sus pobladores todavía recuerdan con gusto una vez que el Gobierno les construyó pisos de concreto.
Viéndola así, a lo largo y ancho, la sierra sinaloense es como un cerro al que le da el sol y la sombra: unos viven debajo de una techumbre sin puertas ni ventanas, mientras que otros habitan verdaderos palacios con televisión satelital, vehículos último modelo y comodidades que el dinero da, como aquel rancho que fue asegurado por el Ejército en el municipio de Cosalá en mayo de 2005.
La vivienda que pertenecía al narcotraficante extraditado a Estados Unidos, Javier Torres Félix, "El JT", tenía 15 habitaciones y muebles costosos, 12 caballos, 3 cuatrimotos, 1 lancha, 28 sillas para montar, además de una capilla católica, cabezas de venados y animales de cuerpo completo disecados.
Y es que Badiraguato, el municipio más estigmatizado por el narco en Sinaloa, y probablemente en México, es también el más marginado del estado.
Aquí, hay unos que construyen sepulcros que hasta poseen sala de estar y aire acondicionado, y otros que apenas y colocan una cruz oxidada sobre la tumba del ser querido.
Para percibir la desigualdad, basta decir que Joaquín "El Chapo" Guzmán Loera, nativo del poblado La Tuna, Badiraguato, es uno de los hombres más ricos y poderosos del mundo (según la revista Forbes es el número 937, con una fortuna de mil millones de dólares).
Por eso, por más que se revise el listado, Melesio Quiroz Robles, un hombre de 37 años, con esposa y cuatro hijos, nunca aparecerá en éste. Se encontraba sombreando en cuclillas, al lado de la pared de una capilla destruida. No tenía qué hacer. No tenía empleo.
Él es un poblador de Morirato, uno de los asentamientos más pobres del municipio ubicado al norte de Culiacán. Pueblo de un puñado de decenas de familias que viven al lado de la presa Adolfo López Mateos.
Melesio jamás ha recibido ayuda del gobierno: ni para un piso de concreto, ni para un techo firme. Nada. Y aunque lo hubieran incluido, sería complicado que lo aprobaran porque el terreno en el que vive ni siquiera es de su propiedad.
Tampoco le han llegado despensas, proyectos productivos, microcréditos, árboles frutales para sembrar, ni ningún otro proyecto del programa estatal Rescate de la Sierra, iniciado en 2008 para combatir la pobreza y marginación en los altos.
Un proyecto que se creó para poner en igualdad de oportunidades a los pobladores serranos y, aunque la autoridad lo niega por seguridad, para darle una alternativa de empleo legal a los lugareños acostumbrados a la siembra de mariguana.
El Rescate de la Sierra es una iniciativa del Estado que trata de aglutinar en una sola estrategia los presupuestos y programas de los tres órdenes de Gobierno: municipal, estatal y federal. El éxito de éste se mide con el mejoramiento de las condiciones de vida de los pobladores de las montañas: educación, alimentación, salud, empleo. Este último factor es la mayor apuesta, y es que genera ocupación económica, autoempleo y mejora la economía familiar.
Las familias que han sido beneficiadas con este programa tienen fe en él: ven en los apoyos productivos una opción de rescate de sus hijos del negocio ilícito (de la siembra de esa yerba que le ganó terreno al opio y que enfila al narcotráfico) como contará Modesta más adelante.
Mientras que otros, como Melesio, que jamás han recibido apoyo por parte de este esquema, han perdido la esperanza de salir de la pobreza en la que se encuentran, y ni siquiera saben qué es "Rescate de la Sierra".
Para las autoridades el balance del programa es positivo: Martín Meza, Alcalde de Baridaguato, asegura que es una política pública que ayuda, pero no es suficiente.
'Si no me río, lloro'
De abajo hacia arriba, Melesio viste así: huaraches de vaqueta, pantalón de mezclilla, cinto piteado con mata de mariguana y "cuerno de chivo" en la hebilla. La muñeca derecha libre de objetos, la izquierda con un reloj Casio y una pulsera del Diputado federal priista Óscar Lara Salazar. Se cubre del sol con una camisa manga larga sin abotonarse y gorra oscura. Barba y cabellera descuidada. Flaco.
Pasamos a su morada: una casa que construyó con láminas negras y lonas viejas de anuncios publicitarios, con piso de tierra, y sin paredes firmes. Una vivienda en un terreno que ni siquiera es de él, porque es parte del territorio del pueblo que no tiene dueño.
Una vivienda que mucho menos cuenta con servicios públicos, y es entonces que Melesio lo explica así:
Cuando él, su esposa, o alguno de sus cuatro hijos se quieren bañar, bajan al río; cuando defecan, se internan en el monte; cuando quieren comida caliente, queman leña; cuando tienen una moneda en la mano, compran maseca o frijol. Y en las noches, cuando duermen, hay que estar alertas para que los perros no se lleven algún paquete de galletas olvidado sobre los muebles viejos.
Melesio es de mirada sigilosa y sonrisa irónica. Esto último lo hace al contar su historia, como aquel que tiene presente ese dicho mexicano que dice "si no me río, lloro".
Resume su historia así: que el mayor de sus hijos, el de 12 años, no está en el pueblo. Que se ha internado en la sierra. Que se fue a limpiar surcos, a trabajar, a "taspanar". Que dejó la secundaria. Que no pudo seguir estudiando porque ellos no tenían dinero que darle para el transporte.
Simplemente, asegura Melesio, era comer o camión.
-- ¿Oiga, y hay mucha gente que se dedica a la droga?
-- Aquí de eso es de lo que vive la gente.
-- Pero no le gustaría que se dedicara su hijo a eso, ¿o sí?
-- No, por eso quiero que estudie, yo sé que si no estudia, ¿a qué le voy a tirar? A que él también siembre y coseche y venda. Estudiando él, yo ya lo estoy sacando de ahí.
-- ¿Además se exponen mucho, no?
-- Sí, Dios guarde; que esté en un sembradío y cae el boludo (helicóptero), se los lleva.
-- Y dicen que los hijos son lo que más duele.
-- Sí, me decía mi jefa cuando me iba a los bailes y llegaba en la madrugada y la hallaba despierta, 'y a usted qué le pasa amá, por qué no se duerme', me decía 'vas a ver hijo de la ching... cuando tengas hijos, vas a ver lo que se quiere a un hijo', yo le decía 'a usted que le valga mad..., yo ando a gusto allá diviertiéndome'; 'no no, vas a ver cabr...', y ahora con el morrillo le digo a la vieja: 'es cierto lo que me decía mi amá', cuenta Melesio.
Y sigue hablando de su hijo:
"Hay veces que lo dejamos ir a una parte y ésta se la pasa agüitada y le digo 'no te agüites, tiene 12 años pero ya sabe lo que hace, si él quiere agarrar un camino bueno, lo agarra, y si quiere agarrar uno malo también', y es que aquí hay muchos morrillos de 10, 11 años que, hay fiesta, y se la pasan bien borrachos, y el mío no", presume Melesio con ese gesto de padre orgulloso.
-- ¿Ha pensado en poner un negocio, en trabajar un oficio, algo extra además de pescar en el río una vez por día?
-- ¿Poner algo, dice?, no, yo soy muy cabeza cerrada. Mi mente no llega, no está capacitada. Ojalá el morrillo si llegara a estudiar para que no pase lo que yo".
Se lamenta de su desgracia resignado, como si el destino lo tuviera sentenciado. La actitud de Melesio es común en el poblado.
"Vivo en lo último de la pobreza, oiga, porque carece uno de todo. Lo que quiere uno es comer. Ni modo, dicen que así es el destino, que no todos pueden ser ricos".
Y es que este hombre no sabe de rescates de la sierra, porque a él no le llegan despensas, empleo temporal, cultivo de cítricos, proyectos productivos ni demás apoyos que se insertan en la dinámica de la estrategia oficial.
De lo que sí sabe es de pobreza, de desempleo, de falta de oportunidades, porque a él nadie lo ha rescatado, porque vive en un lugar donde las empresas lícitas se ausentan y aparecen esos empleadores ilegales que seducen con canto de sirena. Y el canto se hace más hermoso conforme el dolor estomacal se agudiza por falta de alimento.
De acuerdo a los pobladores de Badiraguato, la pobreza y falta de oportunidades abre la puerta al cultivo de mariguana en la sierra sinaloense.
BADIRAGUATO, EL MARGINADO
Badiraguato, el municipio más estigmatizado por el narco en Sinaloa, y probablemente en México, es también el más marginado del estado y uno de los 200 del país. Es el 183 según el Consejo Nacional de Población.
Aquí todos viven en comunidades menores a 5 mil habitantes; 5 de cada 10 baridaguatenses habitan en casas con pisos boludos de tierra; 5 de cada 10 duermen con algún nivel de hacinamiento, en moradas en las que no caben; 6 de cada 10 no tiene agua entubada, se ven obligados a tomar del río más próximo y, a los que bien les va, acarrean un caso con agua de la noria del pueblo; 4 de cada 10 de los mayores de 15 años no tienen la primaria terminada y casi la mitad de los habitantes del municipio carecen de energía eléctrica.
GEOGRAFÍA DE BADIRAGUATO
Cuenta con una superficie de 5 mil 864.75 kilómetros cuadrados. Ocupa el 10.1 por ciento de la superficie total del estado y el tercer lugar en extensión. Tiene una población de 32 mil 295 habitantes.