"Topos"

"Periodistas: la escuela que se fue y no volverá"
15/11/2015 10:08

    Adrián García Cortés

    Estábamos en el parteaguas de la posguerra. Las naciones contendientes en la vieja Europa eran una ruina. La primera preocupación era rehacerse a sí mismas: en lo social, lo político y gubernamental. Lo visible, el desastre urbano, por ser de más lenta causación podría tomar más tiempo, pero el factor humano, desmembrado y caótico, parecía sumirse en la desesperanza, en la razón de su existencia. Así nació el existencialismo; así emergió la cultura del cambio. Pero en el oficio de informar, podría decirse, además de riesgoso por las venganzas inherentes, nuevas formas,  con técnicas y objetivos diferentes luchaban entre sí por los predominios unitarios. Los nuevos gobiernos, las nuevas naciones, no fueron ajenos a este despliegue comunicador.
    México, aunque sólo fuese por vecindad de uno de los contendientes bélicos, se vio involucrado en participar como "un estado de guerra".  Le hundieron dos tanques petroleros, se volvió "anti-nazi" sin saberlo: estableció el Servicio Militar Nacional, y durante la contienda se convirtió en proveedor de materia prima, y así supimos en los automóviles de las llantas sintéticas, y en Sinaloa  --¡oh destino!-- del cultivo de la amapola (el opio), dizque como analgésico de los heridos de guerra. La información fue censurada; los periódicos que "olían" a nazis cerrados (El Día en Mazatán y La Opinión en Culiacán)    
     
     
    Cambios radicales en
    la política nacional
     
     
    Terminada la guerra, concluía también el Gobierno de Manuel Ávila Camacho. La posguerra nos trajo cambios radicales en el quehacer político y económico. Salían los militares del juego electoral; pero llegaron los "cachorros de la revolución" con otras miras, otros intereses. Miguel Alemán Valdés fue el artífice de "otra revolución": el país debía encauzarse en una era industrial; los campesinos del reparto agrario, serían ahora obreros asalariados; se consolidaba el régimen corporativo de gobierno; y se abrían lar arcas presupuestales para todo tipo de innovación. En lo cultural se creó la Ciudad Universitaria, en lo político se fortalecieron los clanes. El partido del Gobierno dejó de ser Partido de la Revolución Mexicana, y se volvió Partido Revolucionario Institucional. En lo periodístico la información se trucó en mercadotecnia  y a la opinión pública se la sometió al delito de "disolución social". Se creó el sistema del "chayote" para acallar malas notas, y a los exaltados se les destruyeron sus herramientas de trabajo, si no es que hasta la salud. Se salió de la jaula el monstruo de la corrupción.
     
     
    Nacida para periodista
    pronto mostró su vocación
     
     
    La conocí en sus hermosos y floridos dieciocho años. Nacida en un ambiente periodístico, aunque de oposición, nunca tuvo problema de vocación. Su mayor privilegio fue tener que aprender a usar la información como una controversia entre  la fe y la negación de Dios: su madre, altamente religiosa; su padre, renegado de la vida pero presunto ateo por convicción. 
    Éramos casi vecinos en la Colonia Roma de la Ciudad de México. Yo hacía reportajes para diarios y revistas en las colonias aledañas. Un día, Lupita, su mamá, me preguntó si su hija podía acompañarme en algunas de mis giras por el Distrito Federal. Por supuesto le dije que sí, pero nunca me imaginé que me iba a poner como un acompañante más a su hijo menor, una especie de cancerbero que me vigilara y cuidara a la bella dama. De todas maneras, me queda a orgullo haber guiado sus primeros pasos en el difícil destino del periodista.
    El tiempo nos llevó por rumbos distintos: ella a sus estudios, yo a asegurar un medio de vida decoroso; ambos en mundos de disidencia sin par. Yo no tenía familia en Sinaloa; la única que reconocía como tal eran los Zazueta, y con ellos me reportaba cada vez que tuve oportunidad de visitar Culiacán.  
     
     
    Sus genes la volvieron
    maestra de generaciones
     
     
    No está por demás decir que, dada su tenacidad fue la primera periodista que incursionó en los medios metropolitanos. Sus genes familiares la acicateaban con vigor, y su entrega al oficio fue plena, asumiendo para sí carencias y desviaciones  como un compromiso de renovación, de superación y, sobre todo, de enseñanza que tanto requería la actividad informativa.
    La familia volvió a la tierra nativa; ella se quedó en la capital ejerciendo el oficio y apoyando sus estudios con experiencias internacionales. En 1964, para darle seguimiento a sus inquietudes de superación, inició la ELITED (una escuela experimental), y en 1977 la Escuela de Comunicación Social, primera en su género en el noroeste de México. En la Escuela Carlos Septién García había abrevado lo necesario para la enseñanza; y sobre los principios éticos que éste impulsó, se lanzó a su última aventura. Hoy se la recuerda con fruición. Su impacto fue contundente. Tan es así que, cuando Antonio Toledo Corro se propuso crear la Universidad de Occidente, había programado añadir la Escuela de Comunicación Social al rango universitario. La defensa de su autonomía fue muy eficaz; la escuela continuó.
    Pero nacía para ésta un adversario poderoso: las escuelas universitarias, en pleno despliegue, abarcaron el mercado, no sólo en cuanto a sus costos de matrícula, sino también en expectativas de trabajo: radio, televisión, publicidad, relaciones públicas y digitalización; la especialidad en periodismo se convertía en opcional.
     
     
    Un libro, modelo de historia
    oral para trascender el tiempo

     
    De esos avatares trata el libro que ayer se presentó públicamente; un trabajo magnífico de historia oral de una de sus alumnas mejor dotadas de conocimientos: Clara Leticia Ontiveros Hernández. Prologado por Rodolfo Díaz Fonseca, otro de los alumnos predilectos de la misma escuela. El libro lleva por nombre: MARÍA TERESA ZAZUETA Y ZAZUETA, PERIODISTA QUE ROMPIÓ ESQUEMAS.
    Lo lamentable de todo ello, es que la Escuela se cerró tras una treintena de años de formar periodistas. "Techa" como la llaman sus allegados, no soportó la competencia. Ella era absoluta. Y como tal dio fin a la aventura y a los medios sin abrevadero de buenos periodstas.
    Lo único que nos resta decir es que esa Escuela nunca debió de morir; Sinaloa la necesita. Pero pudo más la genética que la aptitud al cambio. La única herencia que nos deja es la del recuerdo, y como tal la guardaremos en nuestros corazones. ¡Que Dios la bendiga!