"Tropos"

"Del Teatro del Mundo al Teatro del Político"
06/11/2015 06:17

    Adrián García Cortés

    “Hombres que salís del suelo por una cuna de yelo (sic) y por un sepulcro entráis, ved como representáis, que os ve el Autor desde el cielo”.
    Así les dijo el Autor del Universo a quienes fueron escogidos para representar los diversos papeles que a éstos les había asignado. Es el sentido y contenido de Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) en su auto sacramental El Gran Teatro del Mundo, compuesto todavía en su vida de soldado de fortuna y años antes de que se ordenara sacerdote.
    Imaginemos un rato que esa gran obra teatral del Siglo de Oro de la Literatura Española se trae a nuestros días para representarla en el mundo político que nos tocó vivir: muchas, muchas similitudes podremos hallar y tomar de ellas las lecciones que más nos ayuden a soportar o tolerar sus vicisitudes.
    En el argumento se asienta que a cada profesión o actividad humana se le encomienda una tarea, se le aportan los recursos para realizarla y al final de la jornada, a cada uno se le va llamando a que informe de su desempeño y de acuerdo a la calificación que merezca, se le premia o se le castiga.
    Unos van a la gloria, otros al purgatorio o al infierno, y alguno a la nada. Pero todos han de rendir cuentas y responder de la responsabilidad de sus actos. Si así fuera, en nuestros días en el desempeño del servicio público, ¡qué hermosa sería la política!
    Pero como dice uno de los personajes, quien hace el papel de Pobre: “este mundo triste al que está vestido viste y al desnudo lo desnuda”.
    En la obra de Calderón de la Barca destacan los siguientes personajes: el Autor del Universo, el Mundo como escenario teatral y el Hombre recitante, o sea el actor que debe hacer su papel conforme la tarea asignada.
    El Autor empieza por decirle al Mundo y al Hombre: “Yo a cada uno el papel le daré que le convenga, y porque en fiesta igual, su parte tenga el hermoso aparato de apariencias”. He aquí la esencia de la obra: en el mundo todos venimos a representar nuestro papel; lo que hagamos es sólo apariencia; pero al final todo se nos ha de reconocer o reprobar, hayamos hecho bien o mal la encomienda. Y de eso, todo autor en política debe estar plenamente convencido.
    Los personajes recitantes son: el Rey (el poder político), la Discreción (la religión, el poder eclesiástico, el contrapunto de la Hermosura), la Ley (la voz de la conciencia); la Hermosura (para ver y ser vista, la vanidad); el Rico (la ostentación, la pereza y las delicias, gula, envidia y ambición); el Labrador (no falte en mayo el agua al campo en sazón, que con buen paño y sin rey lo pasaremos mejor; el Pobre (mísero y mendigo), el Niño (el futuro, que sin nacer morirá); y una Voz (que desde lo infinito alerta quien va, quien viene, por el camino de la verdad).
    En nuestro teatro actual, entre Maquiavelo y Montesquieu, quienes más se muestran en la política para la representación democrática y del servicio publico, son el Rey (el poder), la Discreción (la religión, el poder de las iglesias), el Rico (los intereses económicos), el Labrador (el contribuyente, el pueblo que trabaja y produce) y el Pobre (el que nada alcanza y siempre está a la espera de lo que venga).
    El Rey se jacta: “Soy el absoluto dueño, soy el supremo señor; los vasallos de mi imperio se postran por donde voy.”
    Al que la Voz ha de decirle: “Rey de este caduco imperio, cese, cese, tu ambición, que en el teatro del mundo ya tu papel se acabó”.
    El Rico se solaza: “Comamos hoy y bebamos, que mañana moriremos”. El Pobre se lamenta: “Si yo pudiera excusarme de este papel, me excusara”; para luego reclamar: “¿Para mí ha de ser tragedia y para los otros no?” A los que el Mundo replica: “¡Qué encontrados al morir, el rico y el pobre son! El Rico: tristeza, aflicción, sentimiento, rigor; el Pobre: alegría, consuelo, dicha, ventura”.
    El Labrador se pregunta: “¿Es oficio o beneficio?; y se resigna: “Si yo errare este papel no me podré quejar de él: de mí me podré quejar”. A quien la Voz ha de cantarle: “Labrador, a tu trabajo término fatal llegó; ya lo será de otra tierra; ¿dónde será?, ¡sabe Dios!”.
    La Discreción a la Hermosura le dice: “En el vestuario ya somos parecidas todas, que en una pobre mortaja no hay distinción de personas”. Pero el Mundo acota: “siempre, lo que permanece más en mí es la religión”; por lo que la Discreción apela: “En efecto, en el teatro sola me he quedado yo”.
    A la hora del juicio el Autor sentencia: “Castigo y premio ofrecí a quien mejor o peor representase, y verán qué castigo y premio doy”.
    Al Rey le dice: “Deja, suelta, quita la corona; la majestad, desnuda, pierde, olvida (quita la corona), vuélvase, torne, salga tu persona desnuda de la farsa de la vida”.
    Al Rico lo envuelve en fuego, arrastrando su propia sombra; y la Discreción y el Rey se dan la mano; el poder y la religión se hermanan.
    Concluye el Mundo: “Y pues representaciones es aquesta vida toda, merezca alcanzar perdón de las unas y las otras”.
    Quizás no fuera del todo acertado este traslape de épocas, y más de alguno dijera que cuanto se ha dicho es un desatino; pero si empezamos a revisar lo que ocurre en nuestros días con esa representación teatral que vivimos en la política, en esta simulación que nos alienta como el pan de cada día, dígase que al más grande dramaturgo del Siglo de Oro se le tomó el nombre para bautizar el teatro que construyó en Culiacán el Gobernador Alfonso Calderón Velarde en 1980, nombre por demás acertado por ser escenario teatral; pero años después, otro Gobernador le cambió el nombre por el de un luchador político: Pablo Villavicencio, no tanto para honrar a este ilustre sinaloense, sino para evitar que el vulgo confundiera el teatro Calderón de la Barca, con el del Gobernador Calderón Velarde. Teatro del Mundo, sí; pero más teatro de la política que es lo que nos desayunamos todos los días.

    Comentarios: adriang@live.com.mx