Adrián García Cortés
El 19 de enero de 1994, el Cabildo de Culiacán, a solicitud del Patronato Culiacán, A. C., aprobó se instituyera como acto solemne conmemorativo de la enseña nacional un desfile cada día 24 de febrero, una sala de banderas y la edición de un libro con una pequeña historia para ilustrar a la niñez y la juventud.
Desde tiempo atrás, el Patronato venía organizando tal desfile con lucimiento de todas las banderas desde el Panquetzal prehispánico que en diversas épocas han representado el simbolismo patrio del país naciente y actual que es México, incluyendo el estandarte guadalupano (1810-1811) de González de Hermosillo que se halla en el museo de la exhacienda de La Labor en el municipio de San Ignacio. Vistoso fue por la avenida Obregón, que desde el balcón de Palacio Municipal, el presidente y su gabinete mostraban sus mejores sonrisas.
Este pasado 24 de febrero no hubo desfile, sino sólo una ceremonia, fastuosa y alegre, en el patio del Ayuntamiento, donde de nueva cuenta se exhibieron las banderas simbólicas, aunque escondidas entre la multitud sin desfilar al frente de templete de honor como hubiera de ocurrir. Vale decir que del decreto de Cabildo no se ha cumplido la instalación de la sala de banderas que se ubicaba en el Parque 87 (ahora Ernesto Millán Escalante), aunque sí el libro ilustrativo.
Una ceremonia digna
para el recuerdo
Pero en esta ocasión, que el cronista registra como una anécdota digna de recordar, haciendo eco al decreto del Presidente Miguel de la Madrid (1984)sobre los símbolos patrios, al rendirse honores a la bandera y entonarse el himno nacional, la solemnidad del acto perdió su seriedad para convertirse en jocosa. Sobre todo, fresco aún el recuerdo de Julio Preciado en Mexicali que no supo ni música ni letra de nuestro querido himno.
Ocurrió que al momento de rendir honores a la bandera, el locutor invitó a la concurrencia a entonar el himno, y la concurrencia respondió con devoción; a destiempo, la trompeta de mandos instruyó a la banda de guerra a que hiciera lo propio, y el centenar de niños que habían llevado para corear las estrofas correspondientes, también su sumó al estruendo sin darle seguimiento a la armonía general, en tanto que el tecladista, con el micrófono al lado, apagaba las voces infantiles que nunca se oyeron. El público empezó a reír, que por respeto no carcajeó, mientras aquello se convertía en un aquelarre.
Pero el colmo fue cuando el oficial militar, tras los honores a la bandera, al introducir el lábaro patrio en su guardapolvos, no pudo hacerlo, tal vez, porque el tal le quedaba chico, mientras toda la concurrencia se mantenía con el brazo extendido sobre el pecho, "con la palma de la mano hacia abajo, a la altura del corazón", como lo dice el artículo 14 de la ley federal, en largos, largos minutos de espera, en los que al final el oficial optó por hacer una bola con la tela para introducirla a fuerza en su capuchón. Espera infinita, inolvidable: todo por una falta absoluta de coordinación.
De la memoria al olvido,
por un himno no cantado
En cuando a que se cantó bien o no el himno -démosle el beneficio de la duda a los organizadores--, vale decir que no es la primera vez que ocurre incidentes como el de ahora, aparte de lo de Julio Preciado.
En la carrera artística de Jorge Muñiz se registra como baldón el haber olvidado la letra del himno al iniciar una pelea de box del mexicano Jorge (Maromero) Páez contra el argentino José Mario López. Mucho despliegue publicitario se llevó Muñiz, porque su yerro fue ante más de 30 mil mexicanos reunidos el 16 de septiembre de 1989 en la Plaza México.
En 2004, durante el encuentro entre Las Chivas del Guadalajara y el Monterrey en el estadio Jalisco, la cantante Guadalupe Madrigal del mariachi Las Perlitas también malinterpretó el Himno Nacional ante las cámaras de televisión. A partir de entonces, el gobierno decidió imponer sanciones en quienes incurrieran en tales desaciertos, seguramente basado en que todo mexicano debe saber de memoria música y letra de nuestro himno.
La reconocida actriz, Tatiana, también cometió amnesia, no obstante habérsele puesto un apuntador, durante un evento automovilístico, en la inauguración del Champ Car, en Monterrey, Nuevo León.
Mejor un apunte, no
sólo espíritu patrio
Por el contrario, Ana Bárbara, en otro evento automovilístico denominado Nascar, en el Autódromo Hermanos Rodríguez del Distrito Federal, se aseguró de no cometer error ni hacerse acreedora a sanciones o a la burla pública, llevó por escrito el texto del himno. Lo cierto es que ningún cantante se arriesga ahora a ser multado por esta causa.
En el caso que nos ocupa del pasado 28 de febrero, los niños llevaban su letra para no equivocarse; pero ninguno de los demás la tuvieron, de tal manera que no faltaría alguno que en lugar de citar al "bridón" dijera bribón, o que en vez del "rugir el cañón" interpretara como "crujir del camión". Quizás por ello algún "padre de la patria", como suelen ser los diputados, propuso que en las escuelas se cantara el himno completo para que los niños no lo olvidaran, a lo que el secretario de Educación Pública rápidamente replicó que hacerlo todos los lunes, como es ya costumbre, obligaría a suspender clases, "porque es muy largo".
Antes que la patria
honores al caudillo
Lo primero que habría que preguntarse es: ¿Cuál de los tres?. Porque en la historia de nuestro himno habría legalmente tres versiones: 1) la original donde se exaltan las figuras del "guerrero inmortal" (Antonio López de Santana) con su "brazo invencible" y a Agustín de Iturbide por haber creado la "sacra bandera"; 2) la corregida, desde 1855, al año de haberse estrenado el canto a la patria, cuando se eliminaron las referencias imperiales; y 3) la abreviada que de manera oficial debe cantarse con sólo seis de las diez estrofas originales ahora convertidas sólo en coros.
No obstante que el poeta potosino Francisco González Bocanegra hizo el poema épico con elogios al dictador, éste no quedó conforme porque esperaba más; es decir, lo que él quería al convocar la composición patria, que fuese, también, una exaltación de su personalidad desquiciada. Pero Juan Álvarez, en apoyo al Plan de Ayutla, asumió la presidencia de la República al año siguiente del estreno, y fue entonces que eliminó la jaculatoria a SAS (Su Alteza Serenísima).
Hoy, nuestro himno sigue siendo un clarín de bélico acento, donde se invita ocho veces a la guerra de hórrido estruendo y campiñas regadas con sangre.
¿Por qué tantos olvidos
en algo tan querido?
La cuestión del porqué a menudo se incurre en equívocos, olvidos o distorsiones en el canto del Himno, es cosa que debiera reflexionarse con ánimo analítico, porque no es cosa de que se impongan sanciones, se vitupere al que se equivoca o que se prodiguen esfuerzos para que todo mexicano lo cante en plenitud, como si los propios mexicanos fuéramos tan torpes que ni siquiera sabemos cantar su música u "olvidemos" lo dicho en su letra.
Valdría la pena, ahora con los festejos conmemorativos del bicentenario de la independencia y el centenario de la revolución, que se convocara a un coloquio nacional para revisar los porqués debe imponerse por decreto presidencial con anuncio de penas el respeto a nuestros símbolos, cuando quizás, sobre todo en la composición literaria y musical, no hubiera una plena identidad con nuestra realidad de pueblo amante de la paz, que no de la guerra, y de exaltaciones bélicas que mucho nos ha dividido.
Pareciera necesario abordar este tema en otra ocasión, cuando el ámbito social sea más propicio. Por ahora quedémonos con que hay cumplir lo que ya, desde 1943 el presidente Manuel Ávila Camacho no impuso la oficialidad del himno y su canto obligatorio en toda actividad pública oficial, escolar o cívica.