"Tropos"

"Tropos"
10/11/2015 09:44

    Adrián García Cortés

    El sendero liberal se
    hizo atajo de breñas

    Conformado el liberalismo en México como un mito, y deformado por el neoliberalismo como una abusión corrupta, las expectativas poselectorales y la presunción de un Gobierno que vuelve por sus fueros ancestrales, el País se avizora como una Nación sin rumbo, cuyo caldero que le refunda puede convertirlo en un bloque más del tercermundismo inhumano donde la vida pierde su sentido y su dignidad. Un sendero liberal convertido en atajo de breñas.
    De ello nos ha hecho una valoración académica, precisa y contundente José Antonio Aguilar, doctor en Ciencia Política y miembro del Sistema Nacional de Investigadores, quien en un nutrido estudio histórico y actual nos llama a estar alertas y a ponderar cuanto de experiencia México ha vivido en ensayos político e ideológicos hasta llegar a nuestros días bajo el ropaje de una mercadotécnica donde los únicos valores que han de mover al País serán el poder mafioso y los capitales lavados.

    El mito liberal, señor
    de la contrahistoria
    Aguilar, en su estudio denominado El Sendero Liberal (enviado por cierto por Guillermo Gómez García del diario digital Capital Empresarial), empieza citando al gran historiador del liberalismo Charles Hale ("Los mitos políticos de la nación mexicana: Liberalismo y Revolución".- Historia Mexicana, 1997), para decirnos que la mitificación liberal ha obstaculizado la comprensión histórica.
    "A diez años de la alternancia en la presidencia -cita- es hora de quitarnos las anteojeras, desechar las caras conocidas del mito que han distorsionado nuestro entendimiento. Las ideas sobre la libertad política y el liberalismo no son patrimonio de ningún grupo o partido".
    Aguilar Rivera nos explica qué es el liberalismo, y define, junto con Stephen Holmes ("The Anatomy of Antiliberalism, Harvard University, 1993) "como una teoría política y un programa que florecieron desde la mitad del Siglo 17 hasta la mitad del Siglo 19. Tuvo, por supuesto, importantes antecedentes y todavía es una tradición viva hoy".
    Supuestamente, añade Aguilar: "Las prácticas centrales de un orden político liberal son la tolerancia religiosa, la libertad de discusión, las restricciones al comportamiento de la policía, las elecciones libres, el gobierno constitucional basado en la división de poderes, el escrutinio de los presupuestos públicos para evitar la corrupción y una política económica comprometida con el crecimiento sostenido basado en la propiedad privada y la libertad de contratar".
    ¿Cuánto de ello disfrutan, en la actualidad los mexicanos?, habría que preguntarnos.

    El mito como soporte
    del poder autoritario
    "Las cuatro normas o valores centrales del liberalismo -agrega enfáticamente-, son la libertad personal (el monopolio de la violencia legítima por agentes del Estado que a su vez son vigilados por ley), imparcialidad (un mismo sistema legal aplicado a todos por igual), libertad individual (una amplia esfera de libertad de la supervisión colectiva o gubernamental, incluida la libertad de conciencia, el derecho a ser diferente, el derecho a perseguir ideales que nuestros vecinos consideren equivocados, la libertad para viajar y emigrar, etc.), y democracia (el derecho a participar en la elaboración de las leyes por medio de elecciones y discusión pública a través de una prensa libre)".
    ¿Cuántas de estas normas se cumplen hoy día cabalmente?

    La Revolución fue un
    escollo del liberalismo
    El liberalismo mexicano nació marcado por una obsesión con las constituciones y cierta pobreza filosófica. También hubo en el origen un consenso metafísico. En efecto, los mexicanos comulgaron con la idea del catolicismo como rasgo constitutivo de la nueva Nación.
    En el Siglo 20 incluso este liberalismo conservador naufragó contra dos grandes escollos, uno interno y otro externo. El primero fue la Revolución mexicana. El mito dice que la Revolución fue la consecución del liberalismo decimonónico, interrumpido por el porfirismo.
    Por el otro, la tesis de la continuidad del liberalismo entró en crisis junto con el nacionalismo revolucionario. El punto culminante de esa crisis ideológica ocurrió cuando el presidente Carlos Salinas (1988-1994) intentó botar al mar la parte revolucionaria y reconstituir el elemento "liberal" de la ideología del PRI. El resultado fue un breve periodo durante el cual el "liberalismo social" reemplazó al nacionalismo revolucionario.
    Tal vez esa operación estiró demasiado la liga de la ideología oficial de un régimen autoritario. Cuando se restauró al nacionalismo revolucionario en su sitio, el liberalismo quedó en una especie de limbo. Los tecnócratas en el poder eran firmes partidarios de la economía de libre mercado, pero el liberalismo —como legado ideológico o filosofía política— les tenía sin cuidado.

    El liberalismo le ha
    fallado a la historia
    En 1995 el historiador Lorenzo Meyer escribió un libro, "Liberalismo autoritario", que sintetizó bien el malestar compartido por muchos intelectuales: "el liberalismo siempre ha implicado el apego y respeto a la letra y al espíritu del marco jurídico vigente. Y es precisamente ahí donde históricamente ha fallado el liberalismo mexicano".
    El resultado era claro: "en la realidad mexicana el liberalismo sin adjetivos o el social, simplemente no han existido. En ningún tiempo el liberalismo ha pasado de ser un proyecto, y su discurso ha servido para encubrir autoritarismo, injusticia y corrupción. Entre nosotros y hasta hoy, la historia nos muestra que el verdadero liberalismo sólo se puede imaginar; que sigue siendo una meta por alcanzar".

    Reivindicar la Carta
    Magna como Acto de Fe
    Como corolario de dicho estudio, uno podría imaginar que, de volver al pasado liberal o neoliberal, la historia continúa, pero no la conformación de una sociedad sin fronteras, como es el de la Constitución misma tan parchada, tan pisoteada y demasiado violada por quienes, precisamente, se empeñaran en el ahora neomito del neolibralismo que está por venir.
    Es ahí, donde la ciudadanía mexicana ha de hacer valor su poder de decisión nacional, y conformar un País de realidades, eludiendo, por supuesto, los maleficios a los que ha comprometido su destino. Y por allí hay que buscar el meollo, y no en la preponderancia o los intereses de los partidos, los bloques catastrofistas o económicos con que nos amenazan nuestro futuro.


    adrian.garcía@noroeste.com.