En este 2026 se cumplirán cien años de un suceso histórico que aún provoca escozor en el pueblo mexicano y sus élites políticas: el movimiento cristero, la guerra cristera o “La Cristiada”, como prefiere llamarla su más conocido historiador, el francés mexicano Jean Meyer.
Es en agosto de ese año de 1926 que inicia la primera resistencia armada, motivada por la ejecución de un grupo de laicos religiosos en Huejuquilla, el Alto. Lo demás es historia que hay que repasar y aquilatar.
Se suele culpar a Obregón y a Elías Calles, pero se nos olvida que también Carranza ya había iniciado esa embestida contra el poder religioso, queriendo ser un Presidente juarista.
Durante la primera etapa de la Revolución Mexicana acaecieron ejecuciones de sacerdotes; el futuro beato Anacleto González Flores fue testigo de unas en Jalisco, siendo parte del villismo, y eso sembró su acercamiento a la rebelión, sobre todo porque el carrancismo también atacó iglesias y conventos en Jalisco.
También la Iglesia católica mexicana de entonces cometió errores en esa etapa temprana, al oponerse en momentos claves al gobierno de Francisco I. Madero, aunque no participaría en el complot que provocó su caída y asesinato.
Ambas partes tienen aciertos y yerros; hoy es momento de revalorar.
Detalle local: en casi todo el estado de Sinaloa no hubo conflictos visibles, más que nada fueron en el sur, en los municipios de Rosario y Escuinapa, donde se fundó el pueblo de Cristo Rey por un grupo exiliado de cristeros.
El 13 de marzo de 1929 se efectuó un tenaz ataque sobre el Rosario por los cristeros.
Liderados por Juan Beltrán y el padre Lamas, los atacantes en número aproximado de 150 atacaron el mineral, el cual fue defendido por el Presidente Pascual Ledón, quien al frente de los funcionarios y la policía, hicieron frente a la legión cristera.
Desde los altos de la antigua Presidencia Municipal, los altos del edificio “La Voz del Pueblo” (después Club Rotario), la Cárcel Municipal y la casa Gómez Castaños se armó la resistencia contra los asaltantes. No existían fortificaciones más que los techos altos.
La defensa del Presidente Municipal triunfó con la intervención de la Jefatura de Operaciones Militares, quienes enviaron a Rosario un aeroplano, piloteado por el Capitán Llerenas y un oficial de Estado Mayor, quienes desde las alturas lanzaron bombas y disparos. La tecnología superior se impuso así a la pasión religiosa.
Sobre la incursión aérea, asienta el diario El Demócrata que “se oyó resonar en el espacio el conocido trepidar de un aeroplano, que poco después describía círculos sobre la ciudad, cada vez más bajos, y abría fuego sobre las asaltantes y éstos gritaban ‘vámonos ya, viene el asfixiante”.
Es probable que se temiese el uso de gases tóxicos deletéreos. La I Guerra Mundial había concluido apenas 13 años antes y había sido su primer campo de uso, pero no hay testimonios de su empleo en esta etapa del conflicto.
La batalla de Rosario duró cuatro horas. Figuró en ella el comandante de la policía, Juan Millán, abuelo del exgobernador, Juan. S Millán, quien enfrentó al padre Lamas.
Más adelante acontecieron incidentes menores en varios pueblos como Cacalotán y Hacienda del Tamarindo.
Esas situaciones, en todo el país, fueron vistas por los revolucionarios como la intervención de un gobierno extranjero -el Vaticano, que entonces era más grande y muy monárquico-, aliado con obispos estadounidenses... quienes finalmente negociarían la paz con Elías Calles y Emilio Portes Gil.
No creyeron los hombres del poder que “La Cristiada” fuese una auténtica expresión del descontento ciudadano frente el movimiento armado y el camino audaz de las reformas políticas. Llegó a tener una gran base social -hubo mujeres que viajaron por todo el país transportando parque en las faldas- y un ejército fiel que peleaba sin miedo y con muchas ganas.
Mientras tanto, en Mazatlán, en la casa de la familia Haas, se reunía los domingos un grupo de costura que visitaba seguido a una dama que estaba impedida a caminar. En realidad era una misa clandestina que se daba cada domingo: un cura fugitivo entraba y salía de Mazatlán ese día vestido de arriero o leñador. Quizás también dejaba hostias consagradas para quienes no podían asistir al rito.
A esas misas prohibidas asistía la esposa del general a cargo de la plaza: era una forma de darles seguridad y avalar en privado ese acto de fe, Nunca se dio el menor incidente.
Inteligentemente, las autoridades aplicaron el precepto francés de “dejar hacer, dejar pasar” («laissez faire, laissez passer») y el “obedezco, pero no cumplo” de la colonia española.
Esto no fue exclusivo de Mazatlán, sino que en buena parte del país se aplicaron estas llamadas “reformas nicomédicas” al firmarse la paz e irse enfriando poco a poco el conflicto.
Los obispos mexicanos le dieron un nombre más latino: el “modus vivendi”, el modo de vivir que se canceló cuando Salinas de Gortari cambió la relación e incluso abanderó a los templos.