A propósito de las campañas

    En nuestras relaciones familiares y sociales la cuestión del perdón es distinta. Sabemos que en una conversación informal nuestros amigos, primos, hermanos, en ocasiones, nos echan algunas mentirillas omitiendo, exagerando o, incluso, inventando algunas cosas, sin que la afectación pase de que digamos ‘este me quiere ver la cara’.

    Esta semana la filósofa española Adela Cortina publicó un artículo periodístico que, por decir lo menos, resulta oportuno para entender el sentido del oleaje desatado por la marejada política en la que navegamos.

    Haciendo referencia a las elecciones en Madrid, Cortina señala que estas deberían “someterse a las reglas de un nuevo marketing político, radicalmente distinto al que venimos sufriendo y que ha ido degenerando en una guerra sin cuartel”. Este nuevo tipo de mercadeo se apuntala en el que las empresas realizan en el plano comercial, distinguiéndose, básicamente, por tres rasgos: a) informar a los posibles consumidores sobre la propia oferta; b) destacar los beneficios (reales) del producto, sin denostar al de la competencia; y, c) informar al cliente de manera veraz, es decir, sin engañarlo.

    La idea de Cortina tiene bastante sentido. Sobran ejemplos que demuestran la utilidad de tales pautas si se llevaran al terreno de la política. Va uno para clarificar mejor el punto.

    Imagínese a punto de comprar un coche. Para el asesor de ventas resultará obvio que usted quiera conocer de pe a pa el auto, especialmente si lo que se desembolsará es un monto considerable. El agente está preparado para responder cualquier duda sobre la seguridad, potencia, comodidad, estética, garantías, refacciones y otro montón de cosas asociadas a la marca. Siendo una parte del juego, él tratará de convencerle destacando las cualidades del coche, pero sin traer a la conversación otras marcas, ya que eso podría generar en usted alguna sospecha o, incluso, llevarle a sacar algunas conclusiones que a él le impedirían cerrar la venta. Esta pauta responde a una razón muy simple: dado que usted hará una compra única, el agente hará todo lo posible porque su atención esté puesta solo en ese producto; cualquier distracción podría hacerle titubear y llevarle a decidir por otro vehículo.

    Al momento el asesor ha tomado en cuenta dos de las tres pautas establecidas por el marketing. La siguiente es más puntillosa, porque en ella, además de cerrarse la venta, se cimienta la fidelidad en el futuro hacia la marca. Aquí hay una línea muy delgada que el asesor no debe cruzar, porque si lo hace usted se sentirá engañado, defraudado, embaucado.

    A lo largo del proceso, usted permitirá que el asesor le refiera el montón de cualidades y maravillas del coche, pero siempre estará alerta de que ninguna de ellas se convierta en una exageración difícil de creer. En el momento que el asesor cruza la línea que separa la veracidad de la mentira, la venta se cae.

    Pero no solo eso, dado que usted ya escapó de un peligro, lo que sigue es mantenerse lejos de él poniendo tierra de por medio desterrándose para siempre de esa agencia de autos. Quien sabe comprar no perdona el engaño, por mínimo que sea.

    En nuestras relaciones familiares y sociales la cuestión del perdón es distinta. Sabemos que en una conversación informal nuestros amigos, primos, hermanos, en ocasiones, nos echan algunas mentirillas omitiendo, exagerando o, incluso, inventando algunas cosas, sin que la afectación pase de que digamos “este me quiere ver la cara”. Pero en las relaciones comerciales, la cuestión es distinta porque la interacción no surge de los lazos de sangre o la amistad, sino del vínculo que genera el dinero. Como cliente usted quiere obtener lo más que se pueda por el desembolso que realizará, así como la agencia de coches quiere que usted haga el mayor desembolso posible. Así de claro.

    Traigo esta referencia de Adela Cortina, donde nos invita a impulsar “Un Nuevo marketing político”, por un caso que me parece grotesco por donde se le vea, y no me refiero a las candidaturas de Paquita la del Barrio, Blue Demon y demás personajes que, sin tener la más pálida idea de lo que es la política, andan en plena campaña. Me explico.

    Dándole seguimiento en las redes al chapulinazo de Ricardo Bours en la contienda por la Gubernatura de Sonora, me apareció un hashtag que decía “#Chichisparatodas”. Mentiría si dijera que no le di click de inmediato porque, más que a una promesa de campaña en toda regla, la cosa me sonó a chiste. Rápidamente la emoción que antecede a la broma, se convirtió en frustración al comprobar que Rocío Pino, mejor conocida como “La Grosera”, candidata al distrito tres de la ciudad de Hermosillo, por Redes Sociales Progresistas, no bromeaba.

    Su oferta se resume en lo siguiente: 1) “Empoderamiento de la mujer”; 2) “Chiquitas cabronas”; 3) “mamá luchona”; 4) “Mi Estado, mi gente”; y, 5) Leyes digitales”. El slogan de campaña forma parte de su primera propuesta y se levanta sobre una premisa bastante discutible: “Una mujer con chichis a su gusto es una mujer segura y empoderada”.

    Como era de esperar, la propuesta levantó polvareda, reacción que “La Grosera” tenía bien calculada. “Quienes critican mi candidatura, ni siquiera se han dado un tiempo de conocerme, de conocer mis propuestas, les molesta cómo me gano la vida, les enerva que sea diferente a ellos, que no sea una política convencional, no habrá poder humano que los haga cambiar de opinión. [...] Con ellos ya estoy perdida, por los que voy es por aquellas personas de mente abierta, que están dispuestas a conocer propuestas novedosas y, principalmente, a no prejuzgar a nadie por su apariencia...”.

    Y aunque más de dos despistados hicieron suyas las razones de la candidata, creo que su alegato está bastante desencaminado. Quien se moleste e indigne de ver en la calle un anuncio espectacular con una mujer tatuada, desnuda y con cinco meses de embarazo, tiene dos trabajos (molestarse y contentarse). El problema no es ese. La cuestión tiene que ver con el resto de cosas que vienen de la mano del marketing empleado por “la grosera”.

    Su fama no le viene del espectacular donde posa desnuda, sino de “Only Fans”, sitio web desde el que ella trabaja haciendo pornografía, y del que algunos entusiastas extrajeron fotografías y videos que hoy circulan en redes y muchos grupos de whatsapp. Me bastó una pequeña muestra para saber que “La Grosera” no solo no cumple con ninguno de los tres rasgos del marketing político propuesto por Adela Cortina, sino que su campaña se levanta desde el peligrosísimo terreno de las redes de explotación humana que sostienen el mercado de la prostitución.

    ¿Qué pasaría si la candidata gana la contienda? ¿Cómo llevaría a puerto propuestas como: “Mamá luchona”, “Mi Estado, mi gente” o “Empoderamiento de la mujer”, si su experiencia profesional proviene de la industria del porno?

    No estamos ante una cuestión de simple moralina, sino ante una cuestión mucho más aguda y compleja que, por un lado, refleja buena parte de los males sociales que debilitan nuestra ya de por sí enclenque democracia y, por otro, desvirtúa el verdadero sentido de lo que busca reivindicar y alcanzar una mujer empoderada.

    Y por no dejar, van unas cuantas preguntas al margen: ¿No habrá ningún tipo de sanción para esos que, como Ricardo Bours, chapulineen? ¿Cabría pensar en la posibilidad de inhabilitarles en futuras elecciones?