Podemos vivir rodeados de gente, pero anémicos de las relaciones de amor y amistad. La soledad es benéfica cuando se busca y retroalimenta, pero el aislamiento es perjudicial para el desarrollo y bienestar de la persona.
Hace muchos años, en 1886, el abate Joseph Roux escribió: “La soledad vivifica, el aislamiento mata”. En efecto, la soledad vivifica cuando se busca y aprovecha para reflexionar y crecer en interioridad, pero mata cuando se convierte en aislamiento que aniquila, empequeñece y encierra en una inhóspita cueva refractaria al retroalimentador contacto con los demás.
Es cierto que requerimos espacios de introspección, los cuales son fundamentales para fomentar nuestra estatura espiritual y retornar renovados al contacto con los demás; sin embargo, las prisas y disipaciones de la sociedad actual, así como los artilugios de los artefactos tecnológicos tienden a crear una armadura que nos aísla e incomunica.
Sí, a nadie se le oculta que el recurso de muchas personas a la televisión o redes sociales sea un enmascaramiento de su soledad. Claro, ellas dirán que lo que necesitan es no pensar demasiado, divagar su mente después del cansancio del trabajo; empero, muchas veces es una abdicación de la reflexión y miedo a encarar su soledad. Más que disiparse o relajarse, estas personas generalmente necesitan distraerse, que no es lo mismo que distenderse o entretenerse.
La experiencia del aislamiento la vivimos de manera más brutal durante la pandemia. Ahí se hizo patente la reflexión que plantearon Heidegger y algunos existencialistas al decir que nacemos y morimos solos, por lo que el aislamiento constituye una barrera insalvable.
La ventaja de la soledad fue subrayada por Montaigne en sus Ensayos, cuando escribió: “La primera de todas las cosas de este mundo es saber pertenecerse a sí mismo”.
¿Me reencuentro en la soledad?