Alfabiotismo, quiroprácticos y truenahuesos (cuando el caldo sale más caro que las albóndigas)

    Cuando una persona lleva meses con dolor, duerme mal o experimenta síntomas que afectan su vida cotidiana, es comprensible que busque soluciones. Precisamente por eso debemos tener cuidado con quienes presentan una sola técnica como respuesta para problemas muy diferentes, sin distinguir sus causas ni explicar los límites de la intervención

    Hace un par de días iba caminando con mi esposa por el Parque Botánico cuando de pronto empezamos a escuchar a una persona que decía incoherencias. Al acercarnos, descubrimos que se trataba de un alfabiotista que, con una seguridad digna de quien acaba de descubrir una nueva ley de la física, explicaba cómo sus maniobras podían devolverle al cuerpo un supuesto equilibrio que, al parecer, la humanidad llevaba siglos sin saber que había perdido.

    En los últimos años, la búsqueda de alternativas para sentirse mejor ha abierto la puerta a todo tipo de prácticas que prometen aliviar el estrés, mejorar el sueño, reducir el dolor o recuperar el equilibrio del organismo. Algunas tienen fundamentos científicos sólidos; otras se encuentran en investigación y unas más hacen afirmaciones que no tienen ningún fundamento ni sentido. En este último grupo está el alfabiotismo, no solamente por lo que promete, sino también por los posibles riesgos que implica y por la manera en que se comercializa. Porque una cosa es ofrecer una experiencia de relajación y otra muy distinta es presentar una técnica como si tuviera efectos terapéuticos demostrados.

    El alfabiotismo es una práctica que promete recuperar el equilibrio corporal mediante determinadas maniobras, particularmente en la región de la cabeza y el cuello. Al igual que otras “terapias alternativas”, estas intervenciones prometen beneficios sobre el sistema nervioso, el funcionamiento del organismo o distintos problemas de salud sin contar con estudios clínicos rigurosos que respalden esas afirmaciones.

    Con las “terapias alternativas”, es muy común que una persona acude a una sesión, experimenta una sensación de alivio y sale convencida de que la técnica le ayudó. Su experiencia es válida y no hay razón para cuestionar que se haya sentido mejor. Sin embargo, desde el punto de vista científico, esa mejoría no demuestra por sí sola que el procedimiento haya corregido una alteración fisiológica. El dolor, por ejemplo, puede fluctuar de manera natural, mientras que la relajación, las expectativas y la atención personal pueden modificar la forma en que percibimos nuestros síntomas. Para saber si una técnica realmente funciona, necesitamos comparar sus resultados con los de otras intervenciones y evaluar si los beneficios se mantienen, si son reproducibles y si superan los riesgos.

    En el caso del Alfabiotismo, esto adquiere mayor importancia por que se realizan manipulaciones físicas del cuello. Esta región no es un simple conjunto de músculos que podemos mover sin mayores consecuencias, ésta contiene articulaciones, nervios y vasos sanguíneos importantes para el funcionamiento del organismo. Determinadas manipulaciones cervicales se han asociado con complicaciones potencialmente graves, como la disección de arterias cervicales y el accidente cerebrovascular.

    También existe un riesgo menos evidente que es común entre las “terapias alternativas”, que alguien retrase una consulta médica, abandone un tratamiento eficaz o gaste dinero en sesiones que no producen los resultados prometidos. Cuando una persona lleva meses con dolor, duerme mal o experimenta síntomas que afectan su vida cotidiana, es comprensible que busque soluciones. Precisamente por eso debemos tener cuidado con quienes presentan una sola técnica como respuesta para problemas muy diferentes, sin distinguir sus causas ni explicar los límites de la intervención. Los trastornos del sueño, por ejemplo, pueden relacionarse con alteraciones respiratorias, problemas neurológicos, enfermedades metabólicas, medicamentos o factores psicológicos. Pretender que todos esos problemas pueden resolverse mediante una misma maniobra es una simplificación que no refleja la complejidad de la fisiología humana.

    Pero el asunto no termina en la falta de evidencia o en los posibles riesgos físicos. Hay otro aspecto que merece atención, las estrategias de venta. En este sentido, las formas de promocionar el alfabiotismo son idénticas a las utilizadas por los llamados productos milagro. La semejanza está en la manera de presentar la oferta, la cual se promete una solución relativamente sencilla para problemas complejos, se utilizan testimonios personales como prueba de eficacia, se recurre a explicaciones que parecen científicas y se destacan los posibles beneficios sin dar la misma importancia a las limitaciones y los riesgos. Esto no significa que todos los practicantes actúen de la misma manera ni que pueda afirmarse, sin pruebas, que existe una intención de engañar. Significa que ciertas estrategias comerciales merecen el mismo escrutinio crítico que aplicamos a cualquier producto o servicio que hace promesas relacionadas con la salud.

    Los productos milagro suelen vender algo más que un producto, venden esperanza. Y esa esperanza puede ser especialmente atractiva para quien lleva tiempo buscando alivio sin encontrarlo. Un testimonio de alguien que asegura haberse recuperado, un video de una sesión o la historia de una persona que afirma sentirse diferente después de una intervención pueden resultar mucho más convincentes que una explicación científica llena de matices. Sin embargo, una anécdota no sustituye a la investigación clínica. Si cien personas reciben una intervención y algunas dicen sentirse mejor, todavía necesitamos saber cuántas habrían mejorado sin ella, cuánto duró el efecto y si se produjeron complicaciones. La ciencia no desprecia las experiencias personales; simplemente reconoce que, por sí solas, no permiten establecer una relación de causa y efecto.

    Otra estrategia consiste en utilizar palabras que inspiran confianza, como energía, equilibrio, sistema nervioso, alineación o neurofisiología. Todas pueden tener significados legítimos en determinados contextos, pero su uso no convierte automáticamente una práctica en científica. El lenguaje técnico puede dar una apariencia de precisión a explicaciones que todavía no han sido demostradas.

    La respuesta no consiste en burlarse de quienes recurren al alfabiotismo. Muchas personas buscan estas alternativas porque necesitan sentirse mejor, porque han tenido experiencias frustrantes con los servicios de salud o porque encuentran en ellas un espacio de atención personal. El problema no es buscar bienestar, sino que las decisiones sobre la salud se tomen a partir de promesas que no están respaldadas por pruebas suficientes. Respetar a las personas también significa ofrecerles información que les permita distinguir entre una práctica de bienestar, una intervención con beneficios limitados y un tratamiento cuya eficacia ha sido demostrada.

    La ciencia no tiene todas las respuestas, y reconocer sus límites forma parte de su fortaleza. Pero precisamente porque no lo sabe todo, necesita métodos para distinguir lo que funciona de lo que solamente parece funcionar. Cuando una práctica comercializa promesas de salud sin demostrar suficientemente sus beneficios, utiliza testimonios como sustituto de la evidencia y minimiza sus riesgos, comienza a parecerse a los productos milagro. Y cuando está en juego la salud, esa diferencia importa. El bienestar no debería depender de quién hace la promesa más atractiva, sino de quién puede demostrar que lo que ofrece es eficaz, seguro y honesto.