Alimentar es prevenir

BANCO DE ALIMENTOS
09/03/2026 04:00

    Hay aniversarios que se celebran con pastel. Y hay otros que obligan a hacer cuentas, aunque sean incómodas. Este 9 de marzo, el Banco de Alimentos cumple 27 años de haber sido fundado.

    Veintisiete años. Se dice rápido, pero detrás de ese número hay miles de historias, madrugadas, bodegas llenas y vacías, camiones, voluntarios, donantes, beneficiarios y una misma terquedad: que a nadie le falte lo más básico.

    Porque sí, a veces se habla del hambre como si fuera sólo un dato de pobreza, una cifra en un reporte o una estadística más para una presentación. Pero no.

    El hambre no es un número. El hambre cambia el humor de una casa, desgasta a una familia, rompe rutinas, humilla, desespera.

    Y cuando la desesperación entra por la puerta, casi siempre algo más entra con ella. La falta de alimento no sólo vacía el estómago; también desgasta la paciencia, la estabilidad emocional y la capacidad de resistir sin romperse.

    Hace meses, Saskia Niño de Rivera entrevistó a “El Bart”, el sicario vinculado al atentado contra el periodista Ciro Gómez Leyva. En esa conversación aparece una pregunta durísima: qué tuvo que haber pasado en la vida de una persona para que el dinero terminara justificándolo todo, incluso, matar. Y la respuesta fue igual de dura.

    El entrevistado habló del hambre en su infancia, de momentos en los que en su casa apenas había qué comer, de días en los que dos huevos tenían que alcanzar para todos.

    Esa reflexión, viniendo de un sicario confeso, no absuelve a nadie ni justifica sus crímenes, pero sí obliga a pensar. Obliga a preguntarse cuántas personas más, en algún punto de su historia, fueron empujadas por la necesidad, el abandono y la falta de oportunidades a un camino del que después ya no pudieron salir.

    Eso es lo incómodo de este tema. Que el hambre no siempre se queda en la cocina. A veces se mete en la calle, en la escuela, en la casa, en la cabeza. Va deteriorando poco a poco el entorno de una familia.

    No significa, por supuesto, que toda persona con hambre vaya a delinquir. Decir eso sería simplón e injusto.

    Pero tampoco sería serio ignorar que la carencia permanente aumenta la presión, la frustración y la vulnerabilidad social.

    Por eso, cuando un Banco de Alimentos entrega comida, no sólo mueve kilos. Mueve posibilidades.

    Le compra tiempo a una madre para que no tenga que elegir entre pagar el camión o dar de cenar. Le baja presión a un padre que ya no sabía cómo estirar el dinero.

    Le quita un poco de angustia a una casa donde todo ya estaba demasiado tenso. Y eso, aunque no siempre se vea, importa muchísimo más de lo que a veces se reconoce.

    Vale la pena hacerse una pregunta que incomoda, pero que no debería evitarse: ¿cuántas personas hemos evitado que cometan un delito durante estos 27 años al brindarles alimento? Nadie serio podría dar un número exacto. Sería irresponsable inventarlo.

    No se puede medir con precisión cuántos robos no ocurrieron, cuántas discusiones no escalaron, cuántas decisiones desesperadas no se tomaron porque alguien tuvo algo que comer esa semana.

    Eso no cabe en una hoja de Excel. Pero que no se pueda contar con exactitud no significa que no exista.

    De hecho, ahí está uno de los errores más comunes cuando se habla de asistencia social: creer que sólo vale lo que se puede medir perfecto.

    Bajo esa lógica, parecería que alimentar a una familia sólo sirve para llenar el estómago. Y no. También reduce estrés, estabiliza un poco la vida diaria y protege, aunque sea parcialmente, el tejido social.

    La violencia tiene raíces mucho más profundas, claro: impunidad, adicciones, desintegración familiar, ausencia de oportunidades, corrupción, armas, abandono institucional.

    Pero si de verdad se quiere hablar en serio de prevención, entonces también hay que hablar en serio de alimentación.

    Y entonces viene otra pregunta, todavía más directa: ¿no son los Bancos de Alimentos una alternativa real para mitigar y disminuir algunos de los factores que alimentan la violencia que azota Sinaloa? La respuesta, siendo prudentes, es que sí pueden ser parte de la solución. No la única. No la mágica. No la que va a resolver por sí sola lo que otros han dejado crecer durante años. Pero sí una pieza importante.

    Porque reducir la inseguridad alimentaria disminuye factores de riesgo y vulnerabilidad social. Y eso, en cualquier estrategia seria de construcción de paz, debería importar mucho más de lo que hoy importa.

    Después de 27 años, quizá el Banco de Alimentos no sólo ha repartido despensas, frutas, verduras o paquetes alimentarios. Quizá también ha repartido calma. Ha evitado discusiones por dinero, ha reducido ansiedad en hogares completos, ha contenido crisis silenciosas. A veces la paz no entra con discursos ni con patrullas. A veces entra en una caja con arroz, frijol, aceite, verdura y un poco de dignidad.

    Cumplir 27 años no es poca cosa. Sobre todo en una institución que ha tenido que remar contra la indiferencia, el desgaste y la falta de recursos, y aun así seguir creyendo que vale la pena rescatar alimento y llevarlo a donde más se necesita.

    Eso ya dice mucho. Pero quizá hoy la reflexión debe ir más allá del aniversario. Tal vez la pregunta no es sólo cuántas personas hemos alimentado. Tal vez la pregunta correcta sea cuántos factores de riesgo hemos ayudado a disminuir sin hacer ruido.

    Y quién sabe. A lo mejor, en una de esas, el trabajo de un Banco de Alimentos no sólo ha quitado hambre. También ha ayudado a contener, aunque sea un poco, la violencia. Y eso ya sería razón suficiente para tomárselo mucho más en serio.