Ana Belén López, poeta que alejándose avanza (1961-2026)
La reciente partida física de la escritora y promotora cultural Ana Belén López Pulido nos dejó a no pocos de sus lectores y amigos con un inevitable halo de melancolía.
Además de su trabajo como poeta y participante activa como profesora en diversas instituciones, es importante reconocer la labor callada que, por muchos años, realizó Ana Belén como reseñista de novedades literarias o temas de libros de actualidad.
Su sección en Noroeste era bastante leída, incluso en un tiempo en que aún no se había instaurado la fuente cultural en Mazatlán. Así que leer sus comentarios semanales fueron una oportuna guía para no pocos lectores desprevenidos o desprovistos de información inmediata.
Me incluyo entre ellos, recalcando que esa es la mas noble labor del reseñista. No exentas de sentido crítico esas colaboraciones, lo hacía sin afán de imponerse como crítica literaria o jurista de las letras. Simplemente, como decía Paul Valery, contaba las experiencias de su alma cuando se paseaba entre las obras maestras.
En ocasiones, cambiaba el nombre fijo de su columna un tiempo y en un período usó una extraña combinación de letras y números. Ante la pregunta del porqué aplicaba ese nombre encriptado, me explicó que ese era el número utilizado a nivel internacional, en todas las bibliotecas del orbe, a la hora de clasificar los libros hechos por mexicanos. Entendí entonces la altura de su compromiso con los libros.
Otro detalle que aprecié mucho fue su educación personal y su gran capacidad para mantenerse fuera de las intrigas y lamentables circunstancias que a veces ocurren en la vida literaria, incluso en un sitio tan pequeño como Mazatlán.
Sin soberbia, ni desprecio, demostró que ella estaba más allá de eso y creo que seguido nos dio un ejemplo de convivencia. La única aristocracia es la del pensamiento y también la de la verdad y la sinceridad respetuosa.
Como a muchos, nos abrió la puerta de su casa y la amistad, y así logré tener unas agradables charlas con su suegra, Toy Pruneda, con su esposo Gaspar. Antes había convivido varias veces con su padre y suegro de Ana, el arquitecto Sergio Pruneda, gracias a la amistad del amigo Raúl Rico...
Vale la pena recordar el detalle de que el señor Pruneda colaboraba en la prensa con amenas crónicas de viaje fue un pionero en Mazatlán de la Internet. Algún día nos dijo a mí y al entonces joven Carlos Lizárraga, columnista de Noroeste sobre temas de Internet, que a veces se sentía viejo y distante al ver que todos los que se movían en el ciberespacio eran gente como nosotros.
Una de las mejores conversaciones de las que he sido testigo, fue una entre el amigo Élmer Mendoza y Gaspar Pruneda en un desayuno, donde estábamos Ana Belén y yo, conviviendo durante unas actividades culturales en Guanajuato.
Ahí hablaron ambos, ingenieros de formación, de cómo esa experiencia de dicha carrera y experiencia laboral dio forma para bien el resto de tu vida y en actividades inesperadas.
La forma de analizar una situación en la vida diaria, tal como la aplica un ingeniero, puede ser muy oportuna, incluso para temas culturales, por su visión de análisis de los problemas y la dinámica de planificar y armar una ruta crítica para un proyecto.
Gaspar Pruneda comentó que administraba el hotel familiar con esa visión en el trato de los empleados y también, el amigo Élmer, a la hora de organizar encuentros literarios y ferias del libro, labores que requieren mucho logística.
Ana Belén fue muy modesta en sus proyectos. Eso es un mérito y en este país, los poetas enfrentan un camino muy duro. No siempre es fácil publicar y es muy complejo acceder a reediciones, o ser traducido a otras lenguas. Su obra es bastante digna y en un tono confesional que le vino muy bien, y su último libro fue seleccionado por la amiga Socorro Venegas para reiniciar la famosa colección de poesía de la universidad de la UNAM, la ya clásica “Ala del tigre”.
A mi criterio, ese honor equivale a un premio literario; asunto que ni le interesaba a nuestra poeta. Una vez de veras le rogué que aceptara ser jurado del premio de poesía Clemencia Isaura, entregado en Mazatlán durante el Carnaval y los Juegos Florales; por fortuna aceptó y lo hizo muy bien, favor que más adelante aceptaría repetir.
El primero de su libros se llamaba “Alejándose avanza”, titulo que también tomé para nombrar esta columna, y fue el primer libro de un autor sinaloense en publicarse en la colección Tierra Adentro.
A la amiga Ana Belén López siempre le gustó el mes de abril. Así se llama su hija y me confesó que cuando hizo su tesis, dedicada a la obra de Octavio Paz, la terminó en un mes de abril, a quien entrevistó durante el proceso y logró tener un buen acercamiento. Le llamó la atención que Octavio Paz se fuera también en un mes de abril. Ella también lo hizo y sus amigos y lectores la recodaremos todos los días del año.
Y, recuerdo que en un homenaje que le hicimos a Octavio Paz a los pocos días de su muerte, en la Casa del Libro de la UAS, comentó que el nacimiento y la partida de Octavio Paz en ese mes formaban un arco de luz que alguien, en algún lugar, lo podía ver.
“Uno se descubre / rodeado de ausencias / cuando se descubre / abandonándose en la soledad de cada azulejo, / de cada peldaño, de cada muro de tiempo. // Se descubre / rodeado de nada en los siete veces aros de plata/ que los dedos acarician y juegan”.