Las inundaciones y encharcamientos parecen inherentes a la temporada de lluvias en Culiacán o cualquier zona urbana. Aunque durante el año se realizan algunas tareas para prepararnos, cada temporada de lluvias repite los mismos daños. Si las estrategias están bien planteadas y los trabajos preventivos se realizan a tiempo, cabe la pregunta: ¿por qué parece que siempre ocurre lo mismo?
La respuesta no es sencilla. La lluvia es un fenómeno natural con alta variabilidad: hay tormentas moderadas, lluvias intensas de corta duración y eventos extraordinarios que superan la capacidad de cualquier sistema urbano. Sin embargo, algunas afectaciones se repiten en los mismos puntos, con patrones conocidos y consecuencias previsibles. Ahí conviene preguntarnos si sólo reaccionamos ante el problema o si realmente aprendemos de él.
El multicitado pensador Nassim N. Taleb advierte sobre los eventos inesperados, aleatorios y de alto impacto: los cisnes negros. Los encharcamientos e inundaciones urbanas no son necesariamente cisnes negros, pues se repiten cada temporada, pero sí pueden derivar en un hecho trágico e inesperado. Basta recordar personas que han caído en alcantarillas, vehículos que han sido arrastrados por corrientes, o familias que han perdido su patrimonio en minutos.
Para enfrentar este tipo de riesgos, Taleb plantea el concepto de antifragilidad, una idea relativamente reciente y todavía poco conocida. Algo frágil se rompe ante el desorden. Algo resistente soporta el golpe y permanece igual. Pero algo antifrágil va más allá: mejora con la presión, aprende del impacto y se fortalece después de cada evento. En una ciudad, esto significa que cada lluvia intensa debería dejar no sólo daños y reportes, sino información útil para reducir riesgos futuros.
Un ejemplo de sistema antifrágil es la aviación comercial, donde cada accidente se analiza para mejorar protocolos, diseños y entrenamientos. Culiacán podría aplicar una lógica similar con las lluvias: estudiar cada inundación, identificar fallas y corregirlas para llegar mejor preparados al siguiente evento.
La antifragilidad urbana no consiste en eliminar por completo las inundaciones (eso sería poco realista), sino en diseñar una ciudad que aprenda de cada temporada de lluvias.
Antes de pensar en nuevas soluciones, conviene aplicar la vía negativa: identificar qué no funciona. El primer error es el paradigma del “tubo más grande”: creer que basta con pavimentar canales o instalar tuberías de mayor diámetro. En zonas como el bulevar Las Torres, Infonavit Humaya o Las Quintas, cualquier sistema puede saturarse si toda el agua llega al mismo tiempo.
También debemos cuestionar la pavimentación impermeable masiva: cubrir con concreto cada espacio libre en nuevos fraccionamientos reduce la absorción del suelo y acelera el flujo hacia las zonas bajas. A esto se suma el mantenimiento reactivo: esperar a junio o julio para limpiar arroyos y rejillas deja al sistema con demasiados puntos de falla.
Además, diseñar con base en lluvias promedio ya no basta: la variabilidad climática puede romper cualquier cálculo histórico. Una ciudad antifrágil debe dejar de repetir decisiones que aceleran el escurrimiento y mantienen los mismos puntos débiles cada temporada.
Si la vía negativa ayuda a reconocer lo que no funciona, la antifragilidad obliga a pensar distinto: un sistema urbano no sólo debe resistir la lluvia, sino aprender y fortalecerse con ella.
Una primera idea sería diseñar espacios de sacrificio programado (parques, canchas o plazas hundidas que puedan inundarse deliberadamente). En lugar de que el agua golpee directamente a las colonias, estos espacios funcionarían como zonas de amortiguamiento, al retener el volumen, reducir la velocidad del escurrimiento y ayudar a recargar el suelo y mantener áreas verdes.
Otra ruta sería pasar de las grandes obras únicas a soluciones distribuidas, como pavimentos permeables, jardines de lluvia, pozos de absorción y sistemas modulares en cada colonia. Si uno falla, los demás siguen funcionando, lo que haría menos frágil a la ciudad al no depender de un solo canal, tubería o gran obra.
También podríamos aprovechar la fuerza del agua mediante microturbinas instaladas en canales pluviales críticos, capaces de generar energía para baterías urbanas o iluminación de emergencia durante tormentas. Así, parte del problema se convertiría en recurso.
Finalmente, aunque aplicar la antifragilidad a las inundaciones es una vía poco convencional, vale la pena explorarla, porque a veces conviene salir de lo conocido en busca de un potencial beneficio. Una ciudad antifrágil aprende de cada lluvia. Los encharcamientos revelan puntos débiles, como basura acumulada, pavimentos dañados, pendientes mal diseñadas o drenajes insuficientes. Corregirlas convierte el daño en aprendizaje. La diferencia estará en si Culiacán se paraliza, resiste o se fortalece con cada tormenta.