Aprendimos a pescar; ahora toca aprender a no vaciar el mar

Atarraya
28/09/2026 04:00
    El cambio climático está alterando la distribución y abundancia de las especies pesqueras, mientras la sobreexplotación, la contaminación y otras presiones agravan el problema. La respuesta no es aumentar las capturas, sino recuperar las pesquerías y aprender a pescar mejor

    La crisis climática y la crisis alimentaria están más conectadas de lo que solemos reconocer. Mientras millones de personas necesitan alimentos suficientes, saludables y accesibles, el calentamiento global está modificando los ecosistemas que históricamente nos los han proporcionado. En el océano, estos cambios ya afectan la productividad y distribución de muchas especies pesqueras: algunos recursos disminuyen, otros se desplazan y las comunidades pueden necesitar recorrer mayores distancias para encontrarlos. Pero esta historia de alimentación y pesca no comienza con la crisis climática. Comienza mucho antes.

    Hace 1.95 millones de años, nuestros antepasados que habitaban cerca del lago Turkana, en África, ya aprovechaban peces y otros animales acuáticos como alimento. En México, habitantes de la Isla Cedros en Baja California fabricaban anzuelos de concha y capturaban peces de aguas profundas hace más de 10,000 años. Nuestra relación con el mar es, por mucho, más antigua que la pesca como actividad económica. Durante generaciones ha significado alimento, conocimiento, tecnología y adaptación. Y hoy volvemos a necesitar de ella.

    En 2025, alrededor de 645 millones de personas padecieron hambre en el mundo y 2,100 millones experimentaron inseguridad alimentaria moderada o grave. Y para México la historia no es muy distinta. Según la FAO, entre el 2023 y 2025, más de 21 millones de personas vivieron algún tipo de inseguridad alimentaria. No obstante, el océano continúa quedando fuera de buena parte de la conversación sobre cómo alimentarnos.

    Los pescados y mariscos aportan más que solamente proteína. Son fuente de nutrientes esenciales como hierro, zinc, calcio, vitamina A y ácidos grasos como omega-3. Además, las pesquerías de pequeña escala generan al menos 40 % de la captura pesquera mundial y contribuyen a la alimentación y los medios de vida de miles de millones de personas. Por eso, hablar de seguridad alimentaria también debería significar hablar de océanos saludables.

    Pescar más no significa producir más

    Sin embargo, frente a esta crisis alimentaria podría parecer lógico aumentar las capturas. Pero un mayor esfuerzo pesquero no necesariamente se traduce en más alimento. Se ha demostrado que, cuando disminuye la cantidad de peces disponibles, las embarcaciones necesitan invertir más tiempo y combustible para obtener el mismo volumen de producto. Si además aumentamos la presión sobre poblaciones que ya están disminuyendo, podemos acelerar su agotamiento e incluso favorecer la desaparición local de recursos de importancia pesquera. En otras palabras, pescar más no siempre significa producir más y, en algunos casos, puede significar tener menos organismos disponibles en el futuro.

    Por ejemplo, en Oaxaca podemos ver parte de este problema. En el Istmo de Tehuantepec, El Universal documentó testimonios de pescadores que reportaron la disminución o desaparición local de capturas habituales de lisa, curvina y róbalo, en una región donde además existen problemas de vigilancia e incumplimiento de vedas. Cuando los recursos disminuyen, aumentar el esfuerzo para encontrar lo que antes era abundante no resuelve el problema de fondo: necesitamos recuperar las poblaciones que sostienen la pesca.

    Del otro lado del país, el Golfo de México muestra otro aspecto del mismo reto. Sus condiciones ambientales han cambiado y con ellas también la presencia y abundancia de distintas especies, mientras el ecosistema enfrenta al mismo tiempo presión pesquera, contaminación, desarrollo costero y derrames petroleros. En un mar sometido a tantas presiones, simplemente aumentar las capturas puede agravar el problema en lugar de garantizar más alimento.

    Necesitamos recuperar las
    poblaciones marinas sobreexplotadas

    Diferentes estudios científicos muestran que tener un manejo pesquero adaptativo, capaz de ajustar las capturas conforme cambia la cantidad y distribución de los recursos puede generar mejores resultados para las pesquerías que mantener las mismas reglas mientras el océano cambia. Esto significa evaluar periódicamente las poblaciones, respetar y fortalecer vedas, proteger zonas de reproducción y crianza, combatir la pesca ilegal y adaptar las decisiones de manejo junto con las comunidades pesqueras.

    La respuesta es clara: necesitamos recuperar las poblaciones sobreexplotadas y mejorar la manera en que pescamos. No necesitamos pescar más, sino pescar mejor.

    Por estos motivos, desde Oceana hacemos un llamado a que la recuperación de las pesquerías se convierta en una prioridad de la política alimentaria y climática de México. Recuperar una pesquería no es solamente conservar peces: es garantizar alimento, sostener empleos, proteger la cultura del mar y fortalecer la capacidad de las comunidades para enfrentar un océano cambiante.

    Es también una decisión de soberanía alimentaria: necesitamos apostar por mares saludables, comunidades pesqueras fuertes y un modelo de aprovechamiento que ponga en el centro el bienestar social y la salud de los ecosistemas. Recuperar nuestras pesquerías no debe entenderse únicamente como una aspiración ambiental, sino como una política pública estratégica para garantizar alimento, sostener economías costeras y fortalecer nuestra capacidad de adaptación frente a un futuro cada vez más incierto

    El reto ya no es aprender a pescar, sino aprender a seguir haciéndolo sin vaciar el mar.

    Sobre el autor: El doctor Antar Mijail Pérez Botello es especialista en Ciencia de Oceana en México.