Arriba la tambora

ENTRE COLUMNAS
23/02/2026 04:01
    Cuando se habla de Sinaloa como destino turístico, los referentes inmediatos suelen ser sus playas, su gastronomía, el Carnaval o sus pueblos mágicos. Pero la música de banda es quizá el elemento cultural que más distingue al estado por encima de cualquier otro.

    No hace mucho tiempo, en Mazatlán se discutía seriamente la posibilidad de prohibir a los músicos de banda sinaloense ejercer su trabajo en las playas y en los espacios públicos. Hoy, ese mismo género no solo es motivo de orgullo colectivo, sino emblema identitario y producto turístico. Tanto que el Carnaval 2026 llevó como consigna el título de esta columna. La contradicción es tan clara: lo que ayer se quiso silenciar, hoy se celebra y se reconoce.

    Porque no se puede silenciar aquello que forma parte de una cultura. La música de banda no es solo un sonido, es también parte del paisaje. Es parte de lo que somos como sinaloenses.

    Cuando se habla de Sinaloa como destino turístico, los referentes inmediatos suelen ser sus playas, su gastronomía, el Carnaval o sus pueblos mágicos. Pero la música de banda es quizá el elemento cultural que más distingue al estado por encima de cualquier otro. Ese estruendo festivo de metales y percusiones, nacido en los pueblos serranos a finales del Siglo 19, se ha convertido pues, en el sello más reconocible de la identidad sinaloense en el mundo.

    Su origen se remonta a la fusión de instrumentos europeos y su tropicalización en las zonas rurales de la región, dando lugar a un estilo propio, profundamente popular y festivo. Lo que comenzó como música de pueblo, hoy llena estadios, auditorios y festivales en Estados Unidos, Europa y América Latina.

    Escuchar El Sinaloense o el Corrido de Mazatlán en ciudades como Los Ángeles o Chicago eriza la piel de cualquier migrante sinaloense. Más aún presenciar conciertos en vivo de agrupaciones como El Recodo, Estrellas de Sinaloa o la MS. Yo lo sé, porque lo he sentido en carne propia.

    Mazatlán, como capital turística del estado, ha capitalizado -quizá de forma natural más que estratégica- esta identidad. Sus playas se han convertido en un escenario natural donde turistas y locales contratan bandas al atardecer, improvisan fiestas y convierten la arena en pista de baile. Para muchos visitantes, esa vivencia resulta tan memorable como subir al Faro o probar un aguachile por primera vez.

    Y es que, el turista busca sol y playas, mariscos, sí, pero también busca música de banda. Busca esa experiencia sonora que no se replica igual en ningún otro lugar del país ni del mundo. Esa vocación debe entenderse como un activo económico, cultural y simbólico estratégico.

    El potencial es enorme. La banda es el género más escuchado en México. Mientras otros estados han logrado convertir sus expresiones musicales en patrimonio cultural y producto turístico, Sinaloa tiene todas las condiciones para hacerlo con mayor fuerza.

    Hoy, cuando los destinos compiten ferozmente por diferenciarse en un mercado turístico global saturado de ofertas similares, Sinaloa posee una ventaja que no se puede copiar ni importar: un sonido musical propio. Solo se vive aquí: en sus calles, en sus playas, en sus carnavales, en sus fiestas y en sus celebraciones.

    La música de banda es alegría, identidad y pertenencia. Es la marca sonora de Sinaloa y una de sus cartas de presentación más poderosas ante el mundo. Convertirla en motor económico y cultural no es solo una ventaja competitiva, es una obligación histórica, y requiere del respaldo conjunto de autoridades, empresarios y sociedad civil.

    Yo soy del mero Sinaloa, y por eso digo: ¡Arriba la tambora!

    Es cuanto...