Todos deseamos arribar a buen puerto, por más difíciles que sean los obstáculos y tormentas; sin embargo, no todas las tempestades desembocan en una calma dócil y yerta. Incluso, después de ralentizarse y desacelerar, cualquier vendaval puede volver a encenderse sin aparente justificación.
No obstante, en los puertos es posible encontrar resguardo en las tormentas, pues son puertas que se abren para dar cobijo a las naves en dificultad.
El vocablo latino “portus” viene del verbo “portare”, de donde se forma también la palabra “opportunitas”, o situación favorable de estar frente a la seguridad de un puerto.
El ideal es tener un puerto como objetivo, y no andar “de puerto en puerto”, según la icónica canción de Adolfo Salas: “Yo soy el barco aquel, sin fe y sin ilusión, sin rumbo por la vida. De puerto en puerto voy fingiendo que olvidé, que fuiste una mentira”.
Por eso, Séneca, en sus Cartas a Lucilio, expresó: “Si un hombre no sabe hacia qué puerto navega, ningún viento le es favorable”. Es decir, por más que te muevas, si no sabes a dónde vas, jamás llegarás a tu destino. De ti depende ser el capitán que encuentra su propio camino.
De ahí la eterna fascinación que produce el relato del regreso de Ulises, y, por eso, el éxito de la actual película “La Odisea” (aunque nada suple la lectura de la novela).
En el libro de Jorge Luis Borges, “El oro de los tigres”, existe un relato titulado “Los cuatro ciclos”, donde aseguró que son cuatro las historias básicas que se repiten con variaciones: La ciudad cercada (Troya), el regreso (Ulises), la búsqueda (Jasón y el vellocino de oro), y el sacrificio de un dios (Attis, Odín y Cristo).
¿Tengo claro un puerto clave como objetivo?