No es irresponsable preguntarse hoy a dónde nos llevan los autócratas. Lo verdaderamente temerario sería fingir que no vemos el rumbo. El mundo avanza entre sobresaltos, con democracias fatigadas, instituciones debilitadas y liderazgos que han sustituido la cooperación por la confrontación. Bajo la superficie de elecciones formales y discursos patrióticos, se acumulan tensiones económicas, sociales y geopolíticas que recuerdan, con inquietante familiaridad, los años previos a la Segunda Guerra Mundial. La pregunta ya no es si enfrentamos una crisis global, sino si la erosión de la democracia nos está empujando, paso a paso, hacia una nueva guerra mundial.
El Reporte Global de Riesgos 2026 del Foro Económico Mundial funciona como un espejo incómodo. Al mirarlo, lo que aparece no es una crisis aislada, sino una constelación de riesgos que se alimentan entre sí. En el centro del diagnóstico hay una ausencia decisiva: la colaboración. Aquello que, tras la Segunda Guerra Mundial, permitió construir un orden internacional basado en reglas, instituciones y cooperación, hoy se encuentra erosionado. En su lugar, la confrontación se ha instalado como método, como lenguaje y como reflejo automático.
Dos riesgos destacan con claridad: la confrontación geoeconómica y los conflictos armados entre estados. Ambos están íntimamente ligados a la desaceleración económica global, al aumento de la deuda, a la inflación persistente y, sobre todo, al crecimiento de la desigualdad. Cuando la economía se estanca y las expectativas se rompen, las sociedades se polarizan; y cuando se polarizan, el terreno se vuelve fértil para el autoritarismo.
La historia nos ha enseñado que las grandes guerras no estallan solo por misiles o ejércitos, sino por ideas, por discursos que convierten al adversario en enemigo y al enemigo en amenaza existencial. Por eso, la manera en que los países procesan estos riesgos desde su política interna es crucial. Allí donde existe inteligencia colectiva, instituciones sólidas y deliberación democrática, los conflictos pueden atemperarse. Donde no, lo que se pierde no es solo crecimiento económico, sino libertades básicas.
El problema es que las tendencias actuales del liderazgo político no invitan al optimismo. La erosión institucional comenzó dentro de los Estados y, desde ahí, ha contaminado también a los organismos multilaterales creados precisamente para evitar otra catástrofe global. Todo empieza en lo nacional, en lo local, cuando aparecen los artistas del engaño: líderes que vacían a la democracia de contenido, pero conservan sus rituales. Elecciones que parecen libres, discursos que invocan al pueblo, pero palabras que ya no defienden el pluralismo, la libertad de expresión ni los derechos humanos. Son grandes oradores, pero sin verdad.
En 2021, la periodista Anne Applebaum lo advirtió con claridad en The Atlantic: los malos están ganando. Los nuevos autócratas no llegan al poder con tanques, sino con votos. Ganan elecciones y, desde el Gobierno, erosionan lentamente la democracia. Manipulan el discurso público, controlan tribunales, asfixian a la Oposición y colonizan los medios. Todo de forma gradual, casi imperceptible. Por ello afirmo que la actual erosión democrática es un proceso incoloro, insípido e inodoro.
Este fenómeno no pertenece a una sola ideología. Hoy, gobiernos de derecha y de izquierda desafían el canon democrático con el mismo desprecio por las reglas. Hacia afuera, vulneran el derecho internacional; hacia adentro, restringen derechos fundamentales. El paralelismo histórico es inquietante. En los años previos a la Segunda Guerra Mundial coexistieron y chocaron democracias liberales, dictaduras totalitarias y regímenes autoritarios nacionalistas. Aquella guerra fue militar, sí, pero sobre todo fue una guerra ideológica.
La diferencia con los años 40 es que hoy los líderes cuentan con herramientas mucho más sofisticadas: algoritmos, propaganda digital, ingeniería social y cooptación institucional con fachada electoral. Todo esto ocurre en un contexto de crisis múltiples, competencia por recursos estratégicos y alta polarización geopolítica. El debilitamiento de las democracias, donde hay división de poderes, pluralismo y Estado de derecho, reduce los espacios para la paz y la cooperación global.
La democracia ganó la Segunda Guerra Mundial. No por azar, sino porque ofrecía un horizonte más humano frente a la barbarie. Evitar una tercera pasa, necesariamente, por defender y revitalizar la democracia. No solo votando, sino recuperando la verdad como valor público, la justicia como límite al poder, la igualdad como condición de dignidad y el diálogo como método.
Hoy, la gran contienda no es únicamente entre partidos o bloques geopolíticos. Es entre dos caminos: la guerra o la paz, la democracia o el autoritarismo. Recordarlo en cada elección, en cada debate público y en cada decisión colectiva ya no es un acto de idealismo. Es una cuestión de supervivencia.
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El autor es especialista en materia político-electoral, comunicación política e innovación.