Bienestar sin economía

ANTE NOTARIO
23/09/2026 04:01
    ‘Sí, pero... ¿quién le quitó los alfileres?’

    La frase se le atribuye a Pedro Aspe después de la crisis económica de 1994. Algunos críticos señalaron que había dejado la economía mexicana “colgada de alfileres”. Más allá de la exactitud de la anécdota, la respuesta contiene una reflexión relevante: construir estabilidad económica es difícil; preservarla suele ser todavía más difícil.

    Ahorita pasamos por un momento en el que el País requiere hacer una pausa y escuchar recomendaciones expertas. No porque quien habla sea infalible, sino porque la experiencia, la prudencia y la trayectoria de ciertas voces obligan, al menos, a reflexionar.

    Hace unos días recibí directamente del doctor Pedro Aspe Armella -a quien además de haber tenido como maestro de macroeconomía en el ITAM me une una antigua relación familiar- una presentación elaborada y expuesta por él en el MIT Sloan durante el Mexico MBA Summit 2026.

    El documento, frío en las formas y severo en el contenido, expone un diagnóstico estructural sobre la economía mexicana: crecimiento insuficiente, inversión deprimida, deuda creciente, productividad negativa y un desplazamiento progresivo de la inversión pública hacia gasto corriente.

    Más allá de simpatías políticas, el hecho relevante no es únicamente el contenido del diagnóstico, sino la persona que lo formula. Pedro Aspe no es un comentarista improvisado de coyuntura. Es, probablemente, uno de los economistas mexicanos más influyentes de las últimas décadas.

    Formado en el ITAM y doctorado en el MIT, participó en una de las etapas más complejas de modernización económica de México. Su nombre está vinculado a la consolidación de la estabilidad macroeconómica mexicana, a la renegociación financiera posterior a la crisis de los años 80, a la negociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte y a la arquitectura institucional que permitió construir un México económicamente más predecible.

    Quienes fuimos sus alumnos recordamos además otra característica: la prudencia.

    A diferencia de la estridencia que domina buena parte de la discusión pública contemporánea, el doctor Aspe ha mantenido durante años una posición institucionalmente reservada. No pertenece al ecosistema de la descalificación cotidiana ni al del comentario político visceral. Precisamente por eso adquiere relevancia que decida presentar públicamente un diagnóstico de esta naturaleza.

    En una breve conversación posterior al envío de la presentación, percibí además una preocupación genuina por el ritmo con el que se están deteriorando ciertos equilibrios fiscales y macroeconómicos. No advertí estridencia ni dramatismo político, sino algo quizá más relevante: la preocupación sobria de alguien que conoce profundamente la fragilidad de los equilibrios económicos y entiende que, tomar decisiones de manera tardía, implica la generación de grandes costos sociales.

    La presentación del doctor Aspe, como lo dije, no es una presentación política. Es una presentación técnica: como si estuviera analizando un paciente enfermo, y aporta datos clínicos que llevan implícita la manera de curar al paciente.

    Además, como era de esperarse y es característico del doctor Aspe, su presentación contiene gráficas e interpretación de las mismas. No se observa ninguna consigna partidiaria, ningún insulto ni mucho menos adjetivos, pues Aspe los evita siempre, con algunas excepciones, muy raras.

    Aquí inevitable acordarme de mi papá, que me decía que después de años de experiencia, con sólo ver a un paciente como caminaba desde la puerta de su consultorio y llegaba hasta el interior del mismo para subirse a la cama de auscultación, ese hecho le bastaba más o menos para saber qué le dolía.

    La experiencia de Aspe es muy similar y su estudio es más parecido a la valoración de un médico frente a un paciente cuyos signos vitales empiezan a deteriorarse. Habla de déficits persistentes, de caída de inversión, de productividad estancada, de presión sobre las finanzas públicas y de riesgos asociados al endeudamiento. Podrá discutirse la interpretación o el énfasis, pero sería irresponsable simplemente descalificar la advertencia por razones ideológicas.

    En las democracias constitucionales maduras, uno de los mayores activos institucionales consiste precisamente en escuchar a quienes saben, incluso cuando lo que dicen resulta incómodo.

    Hay además otro aspecto poco recordado de Pedro Aspe que ayuda a entender por qué su voz merece ser escuchada con seriedad: su participación en la concepción moderna del Inegi.

    En una entrevista difundida por la revista Expansión, Aspe relató que durante el gobierno del Presidente Miguel de la Madrid ocurrió un episodio revelador. Al solicitarse información económica indispensable para la toma de decisiones públicas, la respuesta fue inquietante: muchos de esos datos simplemente no existían con oportunidad ni precisión. México carecía entonces de una estructura estadística moderna y eficiente. Buena parte de los indicadores llegaban con años de retraso o eran insuficientes para construir política económica seria.

    Miguel de la Madrid le encomendó entonces estudiar modelos internacionales y recorrer distintos países para entender cómo funcionaban las instituciones estadísticas más avanzadas del mundo. De ese esfuerzo surgiría posteriormente la consolidación del Inegi como uno de los organismos técnicos más importantes del Estado mexicano.

    El dato no es menor. Habla de una generación de servidores públicos que entendía algo fundamental: primero se construyen instituciones capaces de medir la realidad; después se toman decisiones sobre ella.

    Y si algo explica la relevancia histórica de Pedro Aspe dentro de la arquitectura económica mexicana, probablemente sea también su convicción institucional respecto de la autonomía del Banco de México.

    Hoy damos por sentada la estabilidad de precios relativa que tiene el País. Las nuevas generaciones difícilmente alcanzan a dimensionar lo que significaba vivir en un México de inflaciones descontroladas, devaluaciones recurrentes y destrucción acelerada del poder adquisitivo. Pero durante décadas esa fue precisamente la normalidad mexicana.

    La autonomía del Banco de México surgió como respuesta a esa experiencia histórica. La idea era sencilla pero profundamente trascendente: evitar que la política monetaria quedara subordinada a las urgencias políticas de corto plazo. Cuando los gobiernos pueden financiar desequilibrios mediante emisión descontrolada de dinero, tarde o temprano aparece el impuesto más regresivo de todos: la inflación.

    Pedro Aspe fue uno de los grandes impulsores intelectuales y políticos de esa transformación institucional. Formó parte de una generación de economistas mexicanos que entendió que la estabilidad macroeconómica no era un lujo tecnocrático, sino una condición indispensable para proteger a las familias, el ahorro, el salario y la viabilidad misma de los derechos sociales.

    Decía un profesor de Derecho fiscal y financiero, que la inflación era un impuesto no legislado. Por un lado, la inflación afecta a todos, pero no a todos por igual. Quien tiene patrimonio sofisticado suele encontrar mecanismos de protección financiera. Quien vive de un salario, quien depende de una pensión, quien apenas puede ahorrar o quien recibe apoyos sociales, normalmente no tiene esa posibilidad. La inflación termina erosionando precisamente a los sectores más vulnerables.

    Y aquí aparece nuevamente una reflexión importante sobre los derechos del bienestar. A veces se presenta falsamente la estabilidad macroeconómica como si fuera una preocupación exclusiva de economistas ortodoxos o de mercados financieros. En realidad, la estabilidad monetaria también constituye una forma de protección social. Una moneda estable protege salarios, pensiones, capacidad de consumo y acceso efectivo a bienes esenciales.

    No puede existir auténtico derecho del bienestar en un entorno de inflación estructural descontrolada. El verdadero problema no consiste en reconocer la importancia de los programas sociales. Un Estado moderno tiene la obligación constitucional y ética de combatir la pobreza, ampliar oportunidades y proteger a los sectores vulnerables. Los derechos sociales no son concesiones graciosas del poder; son auténticos derechos humanos de naturaleza prestacional.

    Pero precisamente porque son derechos, requieren sostenibilidad. Y como lo han señalado diversos profesores de economía, los derechos dependen inevitablemente de los recursos económicos y del presupuesto.

    Por ello, es evidente que no existe derecho del bienestar posible sobre una economía permanentemente estancada. No hay salud pública fuerte sin finanzas públicas sanas. No hay educación de calidad sin productividad. No hay política social duradera cuando el crecimiento económico se debilita estructuralmente.

    La gran discusión de nuestro tiempo no debería plantearse entre “mercado” o “bienestar”, como si fueran conceptos incompatibles. El verdadero desafío consiste en entender que el bienestar sostenible necesita crecimiento, inversión, productividad e instituciones confiables. Un país que deja de crecer termina inevitablemente disputándose pobreza administrada.

    Sin temor a equivocarme, la ficha clínica del doctor Aspe merece mucha atención, y no, porque sea una verdad absoluta, Ningún economista se firmaría algo semejante. Pero el mensajero importa: conoce profundamente las estructuras macroeconómicas del País.

    Aspe durante muchos años eligió el silencio prudente antes que la participación estridente y a veces los países cometen un error peligroso: dejan de escuchar a sus técnicos y comienzan a escuchar únicamente a sus tribus.

    Debemos evitar a toda costa que el debate público se convierte en una herramienta escondida en el cajón de hasta abajo Para hacer sustitución por un mecanismo de reafirmación ideológica.

    Las sociedades que progresan prestan atención a los diagnósticos inteligentes. Tienen la capacidad de analizarlos, procesarlos, revisarlos y discutirlos. Las sociedades que no progresan y que están condenadas al fracaso hacen todo lo contrario.

    Ante Notario

    El autor es notario público y analista en temas jurídicos y económicos.