El miércoles 18 recibí un mensaje de mi estimado amigo, Sergio Orozco, el cual reproduciré a continuación. Pido anticipadas disculpas por aludir a los comentarios y retroalimentaciones que recibo, pero es necesario hacerlo para entablar más canales de diálogo que nos nutran y enriquezcan; no tendría sentido esta columna si se redujera a un simple monólogo.
El texto de Sergio, dice: “Hoy, en tu Éthos, mencionas a la gran Dama Socorro Astol, abriendo el baúl de mis más caros recuerdos. Le conocí a través de su hijo Manuel, mi compañero de trabajo, quien me invitaba a su casa a escuchar extraordinarias historias de su familia en el teatro y el cine; su esposo, don Manuel Sánchez, era distribuidor de películas nacionales, quien proveía a los exhibidores en salas de cine y ambulantes en numerosos pueblos y colonias de nuestro estado; ella, doña Socorro, con gran generosidad y visión inició el Teatro Experimental Universitario convocando a jóvenes estudiantes a participar; ahí surgieron personajes como Miguel Tamayo, Inga Powells, Armando López y muchos más impulsores del arte y el buen gusto cultural.
Gracias, mi estimado amigo Rodolfo, por seguir sembrando buenas semillas. Abrazos, Sergio”.
Agradezco la interesante remembranza de Sergio y el inmerecido elogio final, el cual aprovecho para hacer una breve reflexión suscitada sobre el valor de la tierra y la semilla.
En la parábola del sembrador (Mt 13,1-9), Jesús no duda de la calidad de la semilla (Palabra de Dios), pero insiste en la necesidad de que el terreno (el corazón del hombre) esté bien preparado.
Esta calidad del terreno, me hizo recordar también una de mis primeras lecturas: la novela de Pearl S. Buck, titulada “La buena tierra”, que obtuvo el Premio Pulitzer en 1932,
¿Preparo la tierra de mi corazón? ¿Es adecuada mi cosecha?