Culiacán es una ciudad que respira fuego durante el verano. En nuestra búsqueda desesperada por el frescor de una sombra, hace un par de décadas adoptamos con fervor al árbol de nim (Azadirachta indica). Parecía la solución perfecta: crece a una velocidad asombrosa, sus hojas se mantienen verdes bajo el sol más inclemente y tiene propiedades insecticidas naturales. Sin embargo, lo que comenzó como una panacea ambiental se ha transformado en una de las mayores amenazas para la biodiversidad local y la infraestructura urbana de la capital sinaloense.
Recientemente, la presencia de nuevos ejemplares de nim en zonas emblemáticas como el Bulevar Pedro Infante ha reencendido las alarmas entre biólogos y urbanistas. A simple vista, ver nuevos brotes verdes en una de las arterias viales más transitadas de la ciudad podría parecer un triunfo de la reforestación, pero la ciencia nos dice lo contrario: estamos plantando un problema a futuro.
Desde una perspectiva ecológica, el nim es una especie exótica invasora. Originario de la India y Myanmar, este árbol no tiene “frenos” biológicos en nuestra región. Su capacidad de adaptación es tal que desplaza agresivamente a especies nativas como la amapa, el guamúchil o el palo blanco. Mientras que un árbol nativo forma parte de una red compleja de vida, alimentando aves locales y polinizadores, el nim es un “desierto biológico”. Sus hojas contienen compuestos químicos que resultan tóxicos o repelentes para muchas especies de nuestra fauna, alterando el equilibrio del ecosistema urbano.
El problema no termina en la biología; se traslada al concreto. El nim posee un sistema radicular extremadamente vigoroso y superficial. Aquellos pequeños ejemplares que hoy vemos en el Bulevar Pedro Infante, en menos de cinco años se convertirán en potentes arietes biológicos capaces de destruir banquetas y guarniciones, así como de obstruir drenajes e interferir con el cableado.
Un riesgo adicional detectado recientemente en Sinaloa es el ataque de plagas específicas hacia el nim. Cuando este árbol se siente agredido, segrega una sustancia espumosa y fermentada que puede resultar irritante o tóxica al contacto humano, un fenómeno que ya ha causado alertas en comunidades cercanas como Guasave. Plantar nim en zonas de alta afluencia peatonal, como el Pedro Infante, es exponer a la ciudadanía a un riesgo sanitario innecesario.
La divulgación científica no solo debe señalar el error, sino ofrecer la solución. Culiacán no necesita más nimes; necesita recuperar su identidad vegetal. Contamos con especies como el Tabachín enano, la Amapa rosa o el Palo Colorado, que ofrecen servicios ambientales superiores, son resistentes a la sequía y, lo más importante, han evolucionado para convivir con nuestra ciudad sin destruirla.
Ver nuevos nimes en el Bulevar Pedro Infante es un recordatorio de que aún nos falta camino por recorrer en la educación ambiental urbana. La próxima vez que busquemos plantar una sombra, miremos hacia nuestra propia selva seca sinaloense; allí están las respuestas que no rompen banquetas ni desplazan a nuestras aves.