Cada cabeza es un mundo

    Decía Ramón de Campoamor que “En este mundo traidor/nada es verdad ni es mentira/todo es según del color/del cristal con que se mira”. Afirmación que todos en alguna medida hemos podido comprobar en lo dilatado o breve de nuestra experiencia. Nuestra opinión de las cosas, la manera como las valoramos; la empatía, antipatía e inclusive apatía que nos despiertan, hacen que, de hecho, aunque podamos compartir el mismo espacio y tiempo, la misma patria y hasta la misma familia, cada uno de nosotros tiene su propio parecer, pese a los troquelantes medios de masificación que, consciente o inconscientemente, intentan igualarnos. Siempre se mantiene algo irreductible, un toque individual; y aunque, en efecto, en cada época haya estilos que marcan tendencias. Estilos como los que pueden identificarse en el arte: surrealismo, pero cada surrealista es irreductible; cubismo, pero Picasso y George Braque son únicos.

    Vivimos inmersos en un mundo (el nuestro) convencidos de que el mundo es como lo vemos y que así como lo vemos es para los demás; pero los demás también creen que el mundo que ellos miran es el verdadero y que nosotros “deberíamos” mirar las cosas como las miran ellos.

    Si lo que digo es cierto, la sociedad resulta literalmente un manicomio, un grupo donde “cada cabeza es un mundo” o, mejor aún, una estela de burbujas con su solitario habitante. Hay veces que esta imagen me atormenta y otras -las más- en las que me da mucha risa, pues miro a las personas desfilar por las calles con una pecera enfundada en la cabeza, como si cada una trajera un casco de cristal dentro del cual, cada quien está encerrado en su mundo: “las cosas son así”, declaran enfáticas señalando, obviamente, en distintas direcciones y, en consecuencia, oponiéndose unos a otros. Este encierro es tan pertinaz que hasta cuando parecen estar de acuerdo, lo que cada quien mira es diferente: hasta la supuesta comunión está fincada en un equívoco que nos permite confraternizar.

    La metáfora de la burbuja me gusta para referirme a los mundos portátiles; me parece más idónea que la de un archipiélago donde cada persona viviría en su isla, pues las burbujas como las visiones individuales del mundo duran poco, y no porque la vida sea breve, sino porque son tan efímeros los puntos de vista, las convicciones, las certezas, las emociones que suelen mantenerse lo que una pompa de jabón.

    El mundo es contemplado a través de algún momentáneo estado de ánimo: pasamos de la visión tétrica a la que nos encara la tristeza, a la visión radiante que puede producir en nosotros la sonrisa de una persona que nos gusta. Si se me permite otra metáfora, somos como un febrero loco de mañanas soleadas y tardes lluviosas. Vivimos al garete de nuestras emociones que nos decoran o desdecoran el paisaje.

    Hoy, por ejemplo, amanecí completamente convencido de lo que dicen los versos de Campoamor que cité al comienzo, y ahora, tras el rato que me ha llevado escribir hasta aquí el presente texto, ya no estoy tan seguro de su contenido de verdad... lo cual no sé si corrobora o falsifica la idea de fondo que dejo aquí.

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