Participaré en la Alianza Democrática, una organización ciudadana que observará, de manera independiente e imparcial, los comicios de 2027. Lo hago por mi insatisfacción con la deriva autoritaria y porque aprendí a cazar mapaches electorales en los años 90.
En diciembre de 1993 nadie pensaba que en 1994 el Presidente entregaría el control de las elecciones a un consejo ciudadano y aceptaría otras reformas políticas.
El detonante fue la rebelión zapatista que después de las campanadas de año nuevo tomó San Cristóbal y otras ciudades chiapanecas. El Ejército reaccionó y se generalizaron los enfrentamientos mientras el gobierno de Carlos Salinas se dividía en halcones y palomas.
Presionado por los medios nacionales y extranjeros y por la solidaridad despertada por los insurgentes, Salinas se inclinó por la paz. También influyó que el 12 de enero 100 mil personas llenaron el Zócalo y hubo manifestaciones en otras 30 ciudades con un solo mensaje: no a la guerra.
La sociedad siguió movilizándose. Cuando en febrero iniciaron los Diálogos por la Paz en la Catedral de San Cristóbal aparecieron dos cinturones de paz: uno de la Cruz Roja Internacional y otro integrado por 300 voluntarios –la mitad de ellos, mujeres– provenientes de 130 organizaciones civiles de Chiapas y de otros 22 estados. Ahí estuvieron, firmes, durante más de un mes.
Entretanto, el Presidente había entregado el control del Instituto Federal Electoral a un consejo ciudadano independiente, lo cual fue un aliciente para una movilización cívica en la que destacaron el Grupo San Ángel y, sobre todo, Alianza Cívica; en un par de semanas ya estaba coordinando a más de 400 organizaciones sociales y convocando a organismos afines de otros países que enviaron 600 observadores.
En agosto de aquel año Alianza Cívica concluyó la primera radiografía integral de una elección presidencial. Demostró la existencia de dos elecciones: una en la que se manipuló el voto y otra en la que se respetó. Como formé parte de la Coordinación Nacional, recuerdo claramente el optimismo que dejó el esfuerzo. Conocíamos los obstáculos, pero creíamos que las fuerzas prodemocráticas tenían con qué derrotar siglos de autoritarismo y corrupción. Nos equivocamos.
El principal error fue creer en el compromiso democrático de los partidos opositores. Los ríos de prerrogativas públicas que empezaron a llegarles con la reforma electoral de 1996 transformaron la política en negocio, se cuarteó la ética opositora, floreció y se nutrió la corrupción y se abrieron las puertas al crimen organizado que penetró en los gobiernos locales.
Todo eso afloró después de que Vicente Fox ganara la presidencia en el 2000. Rubén Aguilar y Jorge Castañeda acompañaron a Fox y relatan en su libro La diferencia (2007) que el Presidente accedió a las exigencias del PRI: “nada de comisiones de la verdad, persecuciones, investigaciones”, nada de meterse en “los terrenos de la corrupción y de acusaciones a funcionarios del pasado”. Hay que reconocer a los panistas que lo compensaron aprobando organismos públicos autónomos que aumentaron los contrapesos y que no acosaron periodistas, activistas y académicos que siguieron ejerciendo la crítica al poder.
Andrés Manuel López Obrador se fue al otro extremo. En un evento académico realizado este lunes, el profesor Rogelio Hernández Rodríguez, de El Colegio de México, enumeró la deriva autoritaria de los gobiernos de Morena, el Verde y el PT: a partir de que se agandallaron la mayoría calificada en el Legislativo, desaparecieron seis organismos autónomos —fundamentalmente de carácter económico— y sometieron a su control a otros dos, el INE y la CNDH. A ello se suma el control del Poder Judicial. Ahora avanza el cerco contra los organismos sociales y los periodistas.
En este contexto nace Alianza Democrática que, con más entusiasmo que recursos, se lanzará a señalar las transas de partidos, cárteles y sindicatos que quieren apropiarse de las urnas para obtener tajadas del saqueo presupuestal en curso. ¿Estamos a tiempo de frenarlos?
No lo sé, pero la observación funcionará si incluye a partidos e institutos electorales locales que compartan objetivos y si obtiene la solidaridad de otras sociedades. La fortaleza de los autoritarios es tan gigantesca como los depósitos de energía ciudadana.
Es tiempo de cazar mapaches electorales.