Es posible celebrar la caída de un régimen autoritario y, al mismo tiempo, cuestionar con firmeza los medios por los cuales se produjo, sostener ambas ideas no es tibieza ni contradicción moral, es pensamiento complejo. Sin embargo, en un clima público cada vez más polarizado, pareciera que cualquier matiz es leído como traición, ambigüedad o falta de carácter.
Celebro, sin rodeos, el fin de un régimen como el de Nicolás Maduro, un sistema que erosionó libertades, empobreció a su población y anuló los contrapesos democráticos no merece ser defendido ni romantizado, dicho eso, aceptar ese diagnóstico no implica, ni debería implicar, convalidar una intervención militar realizada por fuera del derecho internacional, ni normalizar la idea de que una potencia puede decidir unilateralmente cuándo una soberanía deja de ser válida y aquí aparece una tensión incómoda, pero necesaria, cuando la excepción se convierte en regla, el derecho deja de ser un límite y pasa a ser un relato, hoy se justifica con Maduro, mañana puede aplicarse a cualquier otro país, líder o conflicto. No se trata de simpatías ideológicas ni de elegir bandos emocionales, sino de comprender que las reglas solo importan cuando se aplican incluso, o sobre todo, cuando resultan incómodas para el más fuerte.
Ahora bien, defender el derecho internacional tampoco puede hacerse desde la ingenuidad, porque ese mismo derecho que se invoca para justificar sanciones, bombardeos o “capturas” extraterritoriales, muchas veces desaparece cuando se trata de tragedias humanitarias evidentes, como Venezuela, Gaza, Siria, Yemen y tantas otras geografías nos recuerdan que el derecho internacional no opera como un sistema neutral y automático, sino como un marco profundamente condicionado por el poder.
La historia reciente está llena de advertencias, la guerra del Golfo se sostuvo sobre la narrativa de armas de destrucción masiva que nunca aparecieron, en América Latina, dictaduras como las de Videla o Pinochet arrasaron a sus propios pueblos sin que hubiera “intervenciones humanitarias” que las detuvieran. Hoy, en Gaza, el horror cotidiano convive con un silencio moral que contrasta brutalmente con otros escenarios, el doble estándar no es una anomalía, es parte estructural del ejercicio del poder, por eso conviene sospechar cuando los conflictos se empaquetan bajo etiquetas morales absolutas, “dictador”, “narco”, “terrorista”, “enemigo de la libertad” y no porque esas categorías sean siempre falsas, sino porque su uso político permite habilitar cualquier excepción.
El lenguaje no es neutro, organiza la indignación, define lo decible y clausura el debate, nombrar no solo describe la realidad, también la ordena y cuando el nombre se vuelve total, pensar se vuelve peligroso, sin embargo, más allá del análisis geopolítico, necesario y legítimo, hay algo que me preocupa todavía más, nuestra creciente incapacidad para escuchar ideas distintas sin reaccionar con furia, burla o cancelación. Hemos reducido discusiones complejas a estructuras binarias, buenos y malos, víctimas y verdugos, conmigo o contra mí y en ese esquema no hay diálogo, solo alineamiento o expulsión.
Pensar se ha vuelto sospechoso, matizar es leído como relativizar, preguntar es confundido con justificar y así, en nombre de una supuesta claridad moral, empobrecemos el espacio público y anulamos la posibilidad de aprender algo nuevo y entonces no hay construcción colectiva posible cuando la única respuesta permitida es el aplauso o el linchamiento y lo paradójico es que esta lógica binaria se presenta como ética, cuando en realidad es profundamente perezosa, pensar en serio exige sostener tensiones, convivir con incomodidades y aceptar que dos cosas verdaderas pueden coexistir al mismo tiempo. La realidad, toda realidad, es más compleja que nuestros eslóganes, y negarlo no nos vuelve más justos, solo más dogmáticos.
La democracia no se sostiene únicamente con buenas intenciones ni con relatos morales bien editados, se sostiene con reglas compartidas, límites claros y una ciudadanía capaz de convivir con el desacuerdo sin convertirlo en enemistad, cuando perdemos esa capacidad, el autoritarismo deja de ser un problema externo y empieza a incubarse en nuestras propias formas de hablar, escuchar y reaccionar y tal vez el problema de fondo no sea solo lo que ocurrió en Venezuela ni la manera en que actuó Estados Unidos, sino lo rápido que renunciamos a pensar juntos, lo fácil que nos resulta refugiarnos en certezas cómodas y abandonar el ejercicio, mucho más exigente, de escuchar, reflexionar y dialogar con quien no piensa como nosotros.
Celebrar un cambio no debería exigir apagar el pensamiento crítico, al contrario, es precisamente en esos momentos, cuando algo parece “resuelto”, cuando más necesitamos detenernos y preguntarnos qué estamos legitimando, qué reglas estamos erosionando y qué lecciones estamos dispuestos a aprender.
Porque cuando dejamos de hacerlo, la historia suele repetirse y casi nunca del lado correcto.
Gracias por leer hasta aquí, nos leemos pronto.
Es cuánto.