Durante siglos, las comunidades y pueblos costeros de México han moldeado su identidad a partir de la relación con el mar. Se trata de un elemento central de su cultura y fundamental para la continuidad de sus formas propias de vida.
Posterior a la Revolución Mexicana de 1910, las comunidades y pueblos indígenas lograron el reconocimiento de sus territorios ancestrales terrestres; mas el territorio marítimo quedó en manos de la jurisdicción federal. En algunos casos, esto ha limitado y dificultado la capacidad de las comunidades pesqueras para la defensa, protección y aprovechamiento de sus territorios conforme a sus costumbres. Las comunidades han debido adecuarse a la legislación actual e incorporar estrategias que les permitan mantener su relación con el mar y los recursos que de él aprovechan. Una forma de lograrlo es mediante figuras colectivas como las cooperativas.
El movimiento cooperativista surgió en México alrededor de 1870 como respuesta a la explotación laboral y al olvido en el que se encontraban las personas obreras y campesinas. Desde finales del porfiriato ha sido un actor clave en el fortalecimiento de los procesos sociales y democráticos del País. Posterior al triunfo de la Revolución, se establecieron una serie de cambios normativos para el aprovechamiento de los recursos naturales. Por ejemplo, en 1916, como consecuencia de la Primera Guerra Mundial, México se volvió un importante proveedor de alimentos marinos a los Estados Unidos de América.
Ante la creciente demanda, bajo la Presidencia de Venustiano Carranza se estableció que quienes quisieran practicar la pesca comercial necesitarían un permiso otorgado por la Secretaría de Agricultura y Fomento, lo que obligó a las y los pescadores ribereños a organizarse y depender de un permiso para realizar sus actividades.
Posteriormente, en 1925, entró en vigor la primera Ley de Sociedades Cooperativas, y se redactó también la primera Ley de Pesca, dando prioridad a las personas organizadas dentro del modelo cooperativista para el aprovechamiento de los recursos del mar. A partir de entonces, gran parte del sector pesquero ribereño adoptó el modelo de cooperativas para cuidar y aprovechar los recursos marinos, con un respaldo importante por parte del Estado.
Después de la Segunda Guerra Mundial, la visión del Estado comenzó a cambiar y se empezó a transformar la vocación social de la pesca. El Presidente Miguel Alemán impulsó la Ley de Pesca de 1950, que permitía otorgar permisos de pesca a privados en los lugares donde no existieran cooperativas. La inversión privada comenzó a ocupar el territorio marino y las cooperativas sufrieron ante la competencia de un nuevo actor ajeno a los territorios y, en ocasiones, con mayor capacidad de inversión. Empezó así un proceso de privatización de los mares y de debilitamiento del proceso cooperativista.
Hasta entonces, algunas pesquerías se habían mantenido exclusivamente para el aprovechamiento de los procesos cooperativos, pero en 1992 una nueva Ley de Pesca eliminó la exclusividad sobre las pesquerías restantes y la iniciativa privada tuvo carta abierta para competir con las cooperativas por el aprovechamiento de todos los recursos marinos. Durante la presidencia de Carlos Salinas (1988-1994) se redujo aún más el apoyo que recibían las cooperativas, dejándoles en un escenario de mayor vulnerabilidad y en plena competencia con la iniciativa privada.
La defensa de las cooperativas se volvió fundamental. Además de generar empleos, son un modelo de organización social que apuesta por el bien colectivo y al cuidado de los territorios, garantizando que los recursos pesqueros permanezcan para las generaciones futuras. Actualmente, no todas las cooperativas respetan sus principios fundadores; sin embargo, el modelo y la propuesta de organización cooperativista sigue siendo una alternativa al modelo capitalista–neoliberal de acumulación de riqueza y explotación desmedida del mar y, por ende, una posibilidad de mantener un vínculo fuerte entre comunidades y mares que garantice la perpetuidad de los recursos y las formas de vida pescadoras.
A pesar de la disminución de apoyos por parte del Gobierno a las cooperativas pesqueras, en 2015 estaban documentadas cerca de 3 mil 200 sociedades cooperativas pesqueras en nuestro País, según el Diagnóstico Nacional de las Organizaciones Pesqueras de México. El modelo de cooperativas sigue siendo fundamental para nuestra soberanía alimentaria, para la generación de empleos y para el cuidado de los recursos marinos.
De igual modo, para muchas personas el mantenerse organizadas y unidas es un mecanismo eficiente para enfrentar las problemáticas sociales de nuestro País e impulsar modelos de desarrollo que tengan como prioridad el cuidado de las relaciones sociales y del medio ambiente.
Cuidar los océanos es fundamental para mantener la identidad originaria y la cultura de los pueblos pescadores. Sin mares sanos, no es posible que las personas pescadoras sigan existiendo con su identidad propia y tradiciones. Por ello, es necesario exigir políticas públicas que fortalezcan nuevamente los procesos sociales de cuidado y aprovechamiento de los recursos naturales y, con ello, el cuidado de las identidades campesinas y pescadoras, como necesarias para hacer frente a la devastación ambiental.
Es fundamental recuperar la vocación social de la pesca, así como la posibilidad de crear mecanismos de gestión y aprovechamiento que beneficien a las comunidades costeras y no exclusivamente a individuos que han obtenido el permiso del Estado para aprovechar los recursos. Estamos ante la oportunidad de diseñar esquemas de aprovechamiento con una mirada social, ecológica y comunitaria.
Regresar a un enfoque de aprovechamiento cooperativista de los océanos implica la posibilidad de crear mecanismos que velen por el bien común de las personas y los mares, fortaleciendo la identidad de los pueblos pescadores y la capacidad de los mares para regenerarse. También es una oportunidad para reflexionar sobre el modelo de convivencia y relación que queremos con nuestro planeta.
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El autor es León Pérez, coordinador de los trabajos en campo de Oceana en México.