Un centro comunitario debe ser justamente lo que su nombre propone, un punto de encuentro donde las personas compartan no solamente un espacio, sino también conocimientos, experiencias y aspiraciones que contribuyan al desarrollo de su comunidad. El Centro Comunitario Corerepe es un ejemplo de ello y mucho más.
Ubicado en el corazón agrícola del valle de Guasave, este proyecto muestra que una comunidad alejada de los grandes centros urbanos puede generar oportunidades de desarrollo mediante la participación de sus propios habitantes.
En esta ocasión quiero hablar sobre la relevancia de este proyecto comunitario, que se ha convertido en un modelo digno de seguir en Sinaloa, y aprovecho para agradecer el homenaje que recientemente recibió mi padre, Lorenzo Terán Olguín, uno de los impulsores de esta iniciativa desde su dimensión intelectual y cultural.
Los orígenes del Centro Comunitario Corerepe se remontan a 2012, cuando la familia Soto Cota, principalmente los hermanos Mario y Manuel de Jesús, junto con otros miembros de la comunidad, comenzaron a darle forma a un proyecto que abrió sus puertas en 2013 y que hoy cuenta con más de 13 años de historia.
Destaca también el papel de Edith Tornero Medina, esposa del ingeniero Mario Soto Cota y presidenta de la Fundación ICASA, institución que ha contribuido al desarrollo y sostenimiento de este espacio.
Lo que distingue a este centro es la unión armoniosa del interés genuino de una familia por contribuir al bienestar de su comunidad, de un grupo de intelectuales de la región, entre ellos mi padre, con amplia visión social y del espíritu de una población ávida de superarse.
Durante estos años, el Centro Comunitario Corerepe ha desarrollado actividades culturales, educativas, deportivas y de capacitación. Cuenta con espacios para la música, la lectura, las artes, el aprendizaje de oficios y la convivencia familiar, y acerca oportunidades que difícilmente estarían disponibles para muchas personas de esta región.
Su influencia también alcanza a comunidades vecinas, lo que sugiere que este tipo de iniciativas pueden beneficiar a una población considerable más allá de los límites del lugar donde se encuentran. A ello se suma la colaboración de instituciones como el Instituto Sinaloense de Cultura, el Icatsin y las autoridades municipales, que han contribuido al desarrollo de sus actividades.
Este es el tipo de experiencias hacia las cuales la sociedad sinaloense debería voltear. Hay muchas iniciativas que se emprenden con buenas intenciones, pero no todas consiguen sostenerse y generar beneficios a lo largo del tiempo. Corerepe lo ha logrado durante más de 13 años mediante la organización comunitaria y el compromiso de quienes participan.
Agradezco, en nombre de la familia Terán Bobadilla, el generoso homenaje dedicado a mi padre, Lorenzo Terán Olguín, un reconocimiento que originalmente se había pensado realizar en vida, pero que las circunstancias terminaron convirtiendo en póstumo.
Durante muchos años, mi padre mantuvo un profundo vínculo con Corerepe y su gente. Escribió sobre el ejido en su columna en este mismo medio, dedicó libros a su historia y, en ocasiones, apoyó al centro con aportaciones económicas que, aunque modestas, hacía siempre con convicción. Eran distintas maneras de expresar el cariño que sentía por esa comunidad.
Agradecemos especialmente a quienes nos acompañaron en este homenaje, en particular a mi tío Rito Terán Olguín y a su hijo Liber Terán Gómez, quienes viajaron desde la Ciudad de México para rendirle esta última despedida. Asimismo, a sus entrañables amigos, integrantes de una generación combativa y profundamente unida, entre ellos mi padrino Benito Félix, César Velázquez y el doctor Cuauhtémoc Pérez. Agradecemos también al resto de la familia, que se trasladó desde Culiacán a Corerepe, Guasave, para acompañarnos. Nos queda la satisfacción de saber que mi padre recibió en vida el cariño de su comunidad y que ese afecto permanece incluso después de su partida.
Finalmente, en medio de la situación que vivimos en Sinaloa, quizá debamos preguntarnos si los centros comunitarios pueden ser una de las alternativas para encontrar salida al nudo que enfrentamos. Para ello harían falta espacios que integren el esfuerzo de la comunidad, el conocimiento de sus intelectuales, el respaldo económico de quienes pueden contribuir y el acompañamiento de las instituciones públicas.