En el caso de los políticos acusados por Estados Unidos de proteger al narco, la Presidenta sigue un guión desgastado y añejo: minimizar, exigir pruebas y prometer una investigación que termina en los sótanos del olvido. ¿Le funcionará?
Un precedente se dio en 1985, cuando el Cártel de Guadalajara asesinó al agente de la DEA Enrique Camarena. Una de las consecuencias fue la formación de una coalición de dependencias estadounidenses que exigía presiones sobre México. Uno de sus voceros y líderes era John Gavin, Embajador de Estados Unidos en México.
Miguel de la Madrid aceptó combatir la “complicidad de las autoridades [mexicanas] en asuntos ilícitos” siempre y cuando “hubiera responsabilidades concretas y pruebas suficientes”. El Embajador John Gavin le tomó la palabra y le dio nombres en su oficina de Los Pinos. Luego los filtró a la prensa de su país.
Gavin confió al Presidente que, entre otros funcionarios, “el hijo del [Secretario de la Defensa, Juan Arévalo Gardoqui] estaba mezclado” con los criminales; a los pocos días, el corresponsal en México de The New York Times, Richard Meislin, escribía que “al menos un integrante del Gabinete y el hijo de un miembro del Gabinete podían tener vínculos con narcotraficantes”.
De la Madrid cumplió con su palabra y convocó al General Secretario a su residencia. De frente le relató la acusación contra su hijo. Juan Arévalo Gardoqui le respondió que él “no creía que su hijo estuviera involucrado” para inmediatamente preguntar al Presidente “si todavía contaba con su confianza”. Como el Presidente era un hombre educado, le respondió que “sí, que tenía [su confianza] y que precisamente por ello le encomendaba que realizara una investigación a fondo sobre el particular”. Solemne, le lanzó una frase heroica: “sobre él quedaba la responsabilidad de guardar el honor del Ejército Mexicano”. Luego se les olvidó el diálogo, porque ni uno ni otro enseñaron los resultados de la investigación.
De la Madrid se aprovechó del poco interés de Ronald Reagan en el caso Camarena (no lo menciona ni una sola vez en sus memorias). Reagan buscaba algo más importante: que México adoptara la propuesta económica neoliberal. Tuvo éxito porque en octubre De la Madrid solicitó el ingreso al GATT, que desembocaría años después en el Tratado de Libre Comercio.
Donald Trump mandó esa tradición a la unidad de cuidados intensivos. Lo hizo a tuitazos y periodicazos; Morena y la Presidenta están desconcertados porque aprieta el cuello sin concluir con el procedimiento. La acusación contra Rocha y asociados carece de críticas a la Presidenta, a su predecesor o a alguna dependencia del Gabinete de Seguridad. Todas las maldades, crueldades e iniquidades fueron hechas por sinaloenses en contra de sinaloenses y estadounidenses. La Presidenta ya respondió con las licencias de dos de los imputados y con la promesa de que la Fiscalía General de la República hará una investigación (prudentemente no añadió que lo llevaría hasta las últimas consecuencias).
Dudo que cumpla por una frase incluida por De la Madrid en sus memorias: reconoció que su gobierno tenía “cola que nos pisen”. En los 41 años transcurridos desde 1985 se han multiplicado como la hiedra o el sargazo las colas pestilentes y perfumadas, sedosas y ásperas. El ramillete tiene el colorido del mercado Sonora: predominan los matices de guinda, pero también hay apéndices de un rojo proletario, de un verde parecido al dólar y no faltan las tricolores y azules. Campantes, viven felices alimentándose de presupuesto y demagogia.
En una entrevista con Aristegui Noticias del 2 de mayo, el analista Ernesto López Portillo delineó los elementos de una respuesta presidencial ideal: romper el pacto de impunidad extraditando a los 10 señalados de Sinaloa, aceptar la asistencia técnica de la Organización de las Naciones Unidas impulsada por el Comité Contra la Desaparición Forzada y atender en serio a las víctimas. Lo deseo, pero no lo creo.
En sus primeros años, la Presidenta ha sabido combatir a los criminales, pero todavía no demuestra el arrojo que se requiere para romper con el pacto de impunidad. Necesita que la acompañe y empuje su partido que, si no lo entiende, terminará en el basurero de la historia. No sería, por supuesto, el primer caso.
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Colaboró Elena Simón Hernández