Los cristianos, resaltó el Papa León XIV, debemos actuar como si fuéramos los discípulos y creyentes del primer día. No en el sentido que afirma el conocido refrán, de tener arranque de caballo y parada de burro. Es decir, que comenzamos muy bien, con mucha energía y propósito al emprender una tarea, pero luego le aflojamos al impulso en todo lo que iniciamos.
No, el Papa nos llama discípulos del primer día, porque Jesús resucitó el primer día de la semana, con clara referencia también al primer día de la semana en que Dios comenzó su creación: “a aquel primer día en el que Dios creó el mundo, y nos anuncia, al mismo tiempo, que una vida nueva, más fuerte que la muerte, está ahora brotando para la humanidad”.
El Papa Francisco, en su primera Encíclica, Evangelii Gaudium, señaló que la resurrección: “no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable. Verdad que muchas veces parece que Dios no existiera: vemos injusticias, maldades, indiferencias y crueldades que no ceden. Pero también es cierto que en medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto”.
Es cierto que la muerte acecha, pero también es verdad que Cristo venció a la muerte. Por eso, no hay que desanimarnos: “cuando las preocupaciones o los resentimientos sofocan la alegría de vivir; cuando sentimos tristeza o cansancio; cuando nos sentimos traicionados o rechazados; cuando tenemos que hacer frente a nuestra debilidad, al sufrimiento, al cansancio de cada día, entonces nos parece haber caído en un túnel del que no vemos la salida”.
¿Soy verdadero creyente?