Cuando el conocimiento tocaba a la puerta

EL OCTAVO DÍA
20/09/2026 04:01
    Casi nadie entendía el significado del concepto de “Mercadotecnia” y los comerciantes soñaban un paraíso donde la gente les diera su dinero a cambio de productos malos o inútiles, sin que ellos pagaran locales, seguros de vida o altos costos de inversión. En esa época ingenua, el vendedor de enciclopedias entraba en la casa con un invitado especial.

    Hubo un tiempo, no demasiado remoto en la historia de este país, en la que sólo había dos promotores de la lectura a nivel nacional: Jacobo Zabludovsky, que mostraba libros en su noticiero nocturno, y los vendedores de enciclopedias a domicilio.

    Tiempos donde la tele venta o compra a distancia eran absolutas quimeras.

    Casi nadie entendía el significado del concepto de “Mercadotecnia” y los comerciantes soñaban un paraíso donde la gente les diera su dinero a cambio de productos malos o inútiles, sin que ellos pagaran locales, seguros de vida o altos costos de inversión.

    En esa época ingenua, el vendedor de enciclopedias entraba en la casa con un invitado especial. No sólo le dábamos tiempo de calidad y se le invitaba algo de beber mientras mostraba sus folletos a color, sino que hasta le compartíamos direcciones y teléfonos de posibles clientes.

    Qué lejos estábamos de la paranoia de la invasión a la vida privada, hoy considerada el primer paso para padecer un delito.

    Incluso, dichos vendedores podían ir a las escuelas primarias a repartir su material. Los niños obedientemente llenaban un cupón con sus datos personales y el mercadólogo luego nos visitaba con ese aval de que lo suyo era algo ligado a la escuela. Nadie vigilaba eso.

    Quizás el vendedor de enciclopedias era el más alto grado del nivel callejero. Tenía más prestigio que el vendedor de vajillas o Fuller, y quizás algunos habían empezado laboralmente en eso.

    Tal vez se encontraba en la antesala de ascender a una oficina como jefe de supervisores o hacer otro tipo de ventas y cerrar tratos de alto nivel telefónico o personalizado en cafés o bares. No sólo nos hacía pasar un rato agradable: nos vendía conocimiento y futuro para los hijos. Gracias a ellos había casas en donde topábamos siempre con las mismas enciclopedias, a veces distribuidas de forma distinta, pero siempre similares tomos.

    La Enciclopedia Temática de Jackson Grolier, con sus tonos azules color acero y letras doradas, era la más común.

    Bastante asertiva, eficiente y algo pro yanqui, hace años cuando cité un fragmento y al revisar el pie de imprenta descubrí que fueron impresas, para toda América Latina, ¡en Panamá, territorio gringo entonces!

    Vaya, de modo que eran un útil instrumento de propaganda yanqui para educarnos durante la Guerra Fría, en el marco de la Alianza del Progreso que creó Kennedy para que el comunismo no nos convenciera de sus bondades. En su sección de historia mundial, no había país comunista que no saliera juzgado severamente.

    En cambio, de América Latina no se mencionaban sus gobiernos sin democracia o dominados por el departamento de estado gringo o las compañías trasnacionales.

    Una de las más caras y elegantes enciclopedias era “México a través de los siglos”, cuyo tomos al ponerse en orden conformaban una elegante serpiente. Estaba bien documentada y urgiría una edición revisada y más barata. Cada vez topo con más gente que ha olvidado o confunde la historia de este desmemoriado país.

    Otros grupos editoriales de aquella época eran los españoles Salvat y Quillet, de origen catalán y mas dedicados al libro científico, debido a la tenaz censura española, aunque yo empecé a tener conciencia latinoamericana al leer “El Quillet de los niños” en casa de mi tío Bernardo...

    Las fiestas familiares en su casa tenían como atractivo poder pasar un rato disfrutando del buen gusto de su biblioteca.

    Otra muy repetida era la historia de la Segunda Guerra Mundial, con mapas y formato de artículos y memes. Siempre me pregunté por qué no lanzaban una sobre la I Guerra Mundial: solo presumían a la segunda. Luego supe que esa edición era Argentina, hecha allá y bien hecha... en el marco de que esa noble nación se asfixiaba por gobiernos militares.

    El triunfo de los
    consorcios

    Las enciclopedias y sus vendedores tuvieron su tiro de gracia con la Internet. Antes, esos libros y colecciones eran un mercado lento, pero noble y constante.

    La industria editorial, por lo general crece un 4 por ciento al año. Puede parecer muy poco, pero en realidad es bastante positivo a largo plazo... si el capitalista no se deja llevar por la ambición.

    Nunca debe olvidar que vende libros, no bisteces, error muy común en este negocio.

    Hoy las editoriales son parte de grandes grupos. Cuando Planeta, España, se volvió alemana, comprada por el poderoso grupo Bertelsmann, el cambio fue notorio.

    Por ejemplo, ese grupo también era dueño de BMG Arriola, por lo que nos inundaron de biografías de John Lennon, Elton John y bastantes músicas o temas cercanos a las otras empresas controladas por ellos.

    Bruguera, una de las más dedicadas al género, quebró en los 90 y dejamos de ver en México sus enciclopedias y libros de bolsillo, aunque el sello sobrevivió como Ediciones B, donde por fortuna alcancé a publicar una de mis novelas.

    Hoy Ediciones B es parte del grupo Prisa, que incluye al diario El País, Alfaguara y Santillana, ésta última dedicada en España más al libro de texto, que por cierto, allá no es gratuito. Pero volvamos al romántico pasado. Curiosamente, el vendedor de enciclopedias había llegado a creer firmemente en su apostolado. El mejor vendedor es aquel que tiene un buen producto y es fiel a él, sean aguacates, medicamentos o diamantes.

    He conocido en ferias del libro a expositores que se iniciaron vendiendo cobertores y baratijas en ferias y temporadas navideñas. El respeto natural del mexicano por los libros hoy los ha cobijado y han crecido.

    Y ahora, en este país, nos faltan profesionistas que crean con firmeza que hacer bien su profesión es una autentica misión en la vida y no un palo ensebado para llegar a la riqueza y la irresponsabilidad completa.

    Y que nuestros hijos no compren y compren cosas innecesarias, con solo apretar un botón, y esperar que el repartidor llame a la puerta para olvidar a los pocos días el objeto de su deseo.