Ayer una ciudad amaneció sitiada...
No importa cuál, las imágenes se repiten: autos incendiados, bloqueos, mensajes que piden no salir de casa, padres resguardando hijos, calles vacías, lo visible es el fuego, lo invisible es otra cosa.
La sensación de no poder hacer nada.
El ciudadano común no puede intervenir en un operativo, no puede negociar con un grupo armado, no puede modificar las decisiones que se toman en esferas lejanas, solo puede si tiene fortuna, resguardarse y esperar.
Esperar se vuelve rutina.
Y ahí comienza algo más profundo que el miedo, la normalización.
“Ni modo”.
“Así es esto”.
“Siempre ha sido igual”.
Esas frases parecen inofensivas, pero son peligrosas, porque cuando las repetimos demasiadas veces, dejamos de describir la realidad y empezamos a aceptarla como destino. Paulo Freire decía que la opresión no sólo se sostiene por la fuerza, sino por el lenguaje, cuando el oprimido adopta el discurso que justifica su propia impotencia, la dominación ya no necesita gritar, se instala en la conciencia.
La violencia no sólo bloquea avenidas, también bloquea imaginarios y nos convence de que no hay alternativa, parece que nos enseña que participar es inútil y nos entrena para sobrevivir, no para pensar.
Así, sin darnos cuenta, la impotencia se convierte en costumbre, porque no podemos controlar enfrentamientos, no podemos rediseñar estrategias nacionales, no podemos detener dinámicas criminales complejas y eso es verdad, pero hay una diferencia entre no tener control absoluto y no tener ningún margen de acción.
Freire hablaba de “concientización”, como el proceso de recuperar la capacidad de leer críticamente la realidad, no para negarla, no para maquillarla, sino para no asumirla como algo natural e inmodificable, y es que la resignación es cómoda porque reduce la ansiedad, si nada depende de mí, entonces tampoco soy responsable de nada pero ese alivio tiene un costo, nos reduce a espectadores.
Y una sociedad de espectadores es fácil de administrar.
Lo más delicado de estos episodios no es sólo el caos momentáneo, es el repliegue posterior, cuando el espacio público se vacía no solo físicamente, sino simbólicamente, cuando dejamos de hablar del fondo y nos quedamos en el chisme, cuando preferimos distraernos antes que incomodarnos.
La violencia no sólo necesita armas, necesita silencio crítico.
No el silencio del miedo, ese es comprensible, sino el silencio de la indiferencia y aquí es donde la pregunta cambia.
No es: “¿Cómo detengo lo que está fuera de mi control?”.
Es: “¿Cómo evito que esto defina completamente quién soy?”.
Podemos elegir no romantizar la violencia, podemos cuestionar las narrativas que la normalizan, podemos educar distinto, podemos fortalecer comunidades pequeñas, aunque el contexto sea incierto, y podemos negarnos a repetir frases que clausuran la posibilidad.
Eso no resuelve el operativo de ayer pero sí evita que el operativo se convierta en identidad permanente.
Freire insistía en que la educación verdadera no es adaptación, sino transformación y transformar no siempre significa cambiar la estructura completa de inmediato, a veces significa algo más humilde, conservar la capacidad de problematizar lo que otros quieren que aceptemos como inevitable.
La impotencia absoluta sólo existe cuando también cedemos la conciencia, porque mientras podamos reflexionar, dialogar, incomodarnos y construir significado compartido, hay una forma de acción que no depende del control total de las circunstancias, quizá no podamos impedir que una ciudad amanezca sitiada pero sí podemos impedir que nuestra imaginación quede sitiada.
Porque cuando dejamos de pensar críticamente, cuando asumimos que “así es y así será”, el fuego ya no está en las calles, está en la posibilidad misma de futuro.
La violencia busca imponer miedo, pero su efecto más duradero es la resignación.
Y frente a eso, tal vez la resistencia no sea heroica ni espectacular, tal vez sea algo más simple y difícil, negarse a aceptar como normal lo que no debería serlo.
No podemos apagar todos los incendios, pero podemos negarnos a aprender a vivir entre las cenizas como si ese fuera el único paisaje posible y en tiempos donde todo parece fuera de nuestras manos, conservar la conciencia crítica no es ingenuidad, es una forma silenciosa, pero profundamente transformadora, de dignidad.
Gracias por leer hasta aquí, nos leemos pronto.
Es cuánto.
PD: Un abrazo fraternal a las víctimas de días como el del pasado domingo.