La reciente alianza firmada entre Pemex y Petrobras apuelsta por la expansión de la actividad petrolera en una de las regiones más importantes del planeta: el Golfo de México. Este acuerdo se presenta como una posibilidad de desarrollo, pero detrás de conceptos como “cooperación estratégica y técnica” u “oportunidades exploratorias” se ponen en riesgo ecosistemas y comunidades enteras.
La discusión no puede reducirse a barriles de petróleo ni a proyecciones de inversión. ¿Cuánto vale un océano sano? Lo que está en juego es mucho más valioso. El Golfo de México alberga más de 15 mil especies marinas, es refugio de tortugas, cachalotes, arrecifes, manglares y ecosistemas de profundidad que la ciencia todavía no termina de conocer. Además, sostiene la actividad pesquera de miles de familias que dependen para vivir de especies como mero, robalo, huachinango, sardina, jaiba y langosta.
Pero el Golfo no solo alimenta comunidades; también protege al país. Actúa como regulador climático, captura carbono, amortigua el impacto de tormentas y huracanes y sostiene actividades económicas fundamentales para millones de personas. Su valor va mucho más allá de cualquier cálculo petrolero.
Por eso resulta preocupante que, en plena crisis climática, México siga apostando por profundizar su dependencia a los combustibles fósiles. El mundo entero enfrenta temperaturas récord, fenómenos meteorológicos cada vez más intensos y pérdidas económicas crecientes derivadas del cambio climático. Frente a esta realidad, insistir en nuevos proyectos petroleros no es una visión de futuro: es una apuesta al pasado.
A miles de metros bajo la superficie, la complejidad técnica de las operaciones petroleras reduce la capacidad de respuesta y multiplica los costos ambientales de un accidente. Basta recordar que incluso en aguas someras -consideradas menos riesgosas- los derrames recientes en el Golfo de México han dejado cientos de kilómetros de litoral afectados, impactando ecosistemas, actividades productivas y comunidades costeras.
Por si fuera poco, los proyectos de aguas profundas y ultraprofundas que la cooperación entre Pemex y Petrobras busca explorar, requieren inversiones multimillonarias y largos periodos de desarrollo antes de comenzar a producir petróleo. El caso de Trion, considerado el proyecto emblemático de aguas profundas en México, prevé producción hasta 2028.
El Golfo de México no es un espacio vacío esperando ser explotado. Es un sistema vivo que sostiene economías, culturas y ecosistemas enteros. Tratarlo como una zona de sacrificio para prolongar la era de los combustibles fósiles es ignorar tanto la evidencia científica como la responsabilidad que tenemos con las generaciones futuras.
México necesita una política energética capaz de mirar más allá del próximo proyecto petrolero. Una transición justa, ordenada y basada en energías renovables no es solo una alternativa ambientalmente responsable; es una necesidad.
El Golfo de México nos protege, nos alimenta y nos conecta con una riqueza natural extraordinaria. La verdadera pregunta no es cuánto petróleo queda bajo sus aguas, sino cuánto estamos dispuestos a perder para extraerlo.
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La autora es Edith Martínez, directora de comunicación en Oceana, la organización internacional más grande dedicada exclusivamente a la conservación de los océanos.