Los seres humanos tenemos la rara costumbre de ponerle precio a casi todo, incluso a aquello sobre lo que no tenemos ningún derecho de hacerlo: al agua, a los árboles, a los animales y, en los lugares donde la violencia se ha normalizado, hasta a la vida humana.
Por supuesto que una vida humana es invaluable. Lo sabemos, sobre todo, cuando la persona que muere tiene nombre y rostro. Cuando es nuestro padre, nuestra madre, un hijo o un hermano. Pero algo perturbador es que, para algunos, una vida puede representar una cifra.
Desde una lógica fría, criminal y meramente transaccional, distintas referencias periodísticas han documentado que el precio que puede cobrarse por asesinar a una persona en México oscila entre 5 mil y 500 mil pesos, dependiendo del objetivo. En una entrevista difundida por un medio internacional, un sicario hablaba de esas cantidades dependiendo el perfil del “encargo”.
Lo más escalofriante no es solamente la existencia de una tarifa, sino que exista un mercado clandestino donde una vida puede ser negociada. Un mercado donde el valor de una persona puede depender de quién es, dónde está, cuánto dinero tiene o qué tan difícil resulta matarla.
Pero hay otra manera de aproximarnos al problema. Una muerte violenta también tiene un costo económico. Y, aunque hablar de dinero en estos casos puede parecer inhumano, hacerlo permite dimensionar una parte de las consecuencias que deja la violencia.
Porque cuando asesinan a una persona, no desaparece solamente un individuo, desaparecen también décadas potenciales de trabajo, ingresos, conocimientos, consumo y aportaciones a la sociedad. Si esa persona era el principal proveedor de una familia, el impacto se multiplica.
La familia pierde ingresos, se reduce el consumo del hogar, aparecen las deudas, puede interrumpirse una carrera profesional. Una familia que aspiraba a mejorar sus condiciones de vida puede pasar, de un día para otro, a la miseria.
Y cuando estos hechos se repiten durante meses y años, la violencia se convierte en un obstáculo para el desarrollo económico. Eso es justamente lo que empieza a mostrar Sinaloa.
Desde septiembre de 2024, cuando comenzó la actual ola de violencia asociada a la disputa entre facciones del Cártel de Sinaloa, la economía sinaloense ha enfrentado un entorno mucho más complicado. Y aunque detrás de cada estadística existen historias humanas que ningún número puede contar, las cifras permiten ver que la violencia también tiene una factura económica.
De acuerdo con el Índice de Paz México 2025, elaborado por el Instituto para la Economía y la Paz (IEP), la violencia tuvo en Sinaloa un impacto económico estimado en 122 mil millones de pesos durante 2024. Y el mismo organismo estimó que en 2025 el impacto económico de la violencia en Sinaloa ascendió a 170.5 mil millones de pesos.
Los costos humanos son todavía más difíciles de contabilizar, porque una sociedad que pierde vidas pierde también capital humano, confianza, productividad, inversión y rumbo futuro. Por eso la pregunta que titula este texto tiene una respuesta sencilla: una vida humana no tiene precio.
Podemos calcular cuánto dinero deja de producir una persona. Podemos estimar el costo de un homicidio. Podemos calcular cuánto pierde la economía de una entidad por la violencia, pero no podemos ponerle precio a un hijo, a un padre o una madre. Porque la vida humana tiene un valor, pero nunca debería tener un precio.
Por 15 años, Pixel acompañó a mi hermana Rocío, hasta este fin de semana que murió. Pixel era un perrito mestizo con rasgos de varias razas pequeñas, con predomino de terrier; color beige y blanco. Fue su único compañero desde que se fue a estudiar y vivir sola al estado de Guanajuato. Estuvo con ella en las buenas y en las malas. Dormía a su lado y era el primero en darle los buenos días, y en darle la bienvenida después de un día de trabajo. Fue siempre fiel, siempre amoroso, siempre noble. Inclusive arriesgó su vida cuando en una ocasión un pitbull atacó a mi hermana. A pesar de la diferencia de tamaño, peso y bravura, se lanzó contra la enorme bestia.
La familia entera estaremos siempre agradecidos con Pixelito por cuidar de mi hermana y acompañarla por tantos años.
Es cuanto...